Blog dedicado a la biografía breve de personajes destacados y curiosos de la provincia de Guadalajara, hasta el siglo XX, por Tomás Gismera Velasco.-correo: atienzadelosjuglares@gmail.com

miércoles, agosto 17, 2011

LORENZO ARRAZOLA GARCÍA

Político. Jurisconsulto. Escritor.
Checa (Guadalajara), 10 de agosto de 1795 – Madrid, 23 de febrero de 1873.

   Lorenzo Arrazola García nació en Checa el 10 de agosto de 1795, dicen las crónicas que en una familia de clase media dedicada a la agricultura.
De la mano de su tío José García Ugalde, corregidor de Benavente, pasó a estudiar en aquella localidad, iniciándose en el conocimiento de Latín y Humanidades. En Valderas estudió Filosofía y Teología, y posteriormente Derecho Político, licenciándose también en Jurisprudencia.
Contrajo matrimonio en 1829 con Micaela Guerrero Barrio en Villanueva del Campo (Zamora), de cuyo matrimonio nacerían trece hijos.
En 1835 fue designado procurador síndico en Valladolid, comenzando a partir de entonces una intensa vida política con el partido moderado, siendo designado Ministro de Gracia y Justicia, iniciando entonces una carrera profesional y política que llegaría a su cima en 1864, al ser nombrado Presidente del Consejo de Ministros.
Autor de un gran número de obras en prosa, sobre la situación política y la filosofía, fue igualmente miembro de la práctica totalidad de las Academias Reales.
Su biografía, hasta aquí esbozada, fue recogida por los hombres de su tiempo al momento de su muerte, como resumen de lo que fue su vida, según aquellas crónicas, fue:
   “Uno de los hombres más respetables y más dignos de elogio por su talento, aplicación y honradez, cuya biografía es un ejemplo que puede servir de aliciente a muchos jóvenes que por falta de recursos y de protección desconfían de obtener una recompensa en el porvenir.
   Su padre era vizcaíno y aunque su madre pertenecía a una familia respetable ambos carecían de recursos por lo que tuvieron que confiar la educación del joven a su familiar José García Ugalde, con quien estudió latinidad, francés, retórica y geografía en Benavente, de donde pasó a Valderas.
   Acaeció a revolución de 1820. Procuraba el nuevo Gobierno reformar el sistema de instrucción y dispuso entre otras cosas que se crease una cátedra de constitución en los seminarios y universidades. Faltaba en Valderas un profesor y se encontró a Arrazola como uno de los jóvenes con más talento, y profesor más distinguido.
   Ocupado se hallaba en estos estudios cuando le cupo la suerte de soldado en la última quinta de la época constitucional. Invitóle su tío a que no abandonase el seminario y le ofrecía rescatarle del servicio; pero lleno él de entusiasmo y pundonorosa delicadeza, no aceptó la generosidad de su pariente y respondió gustoso al llamamiento de la patria. El escolar dejó entonces los libros para tomar el fusil, se despojó de los hábitos para tomar el uniforme y descendió de la cátedra para marchar al campamento.
   En las filas, así como en el seminario cumplió con su deber; hizo la guerra en el cuerpo de operaciones de Galicia y siguió la suerte que cupo a este ejército en la invasión francesa de 1825.
   Cuando volvió de esta desgraciada campaña encontróse pobre y destituido de todo auxilio, porque perseguido por liberal su tío el corregidor no podía dispensarle la protección de otras veces. Sin embargo logró incorporarse en la Universidad de Valladolid.
   Recibió los grados de Bachiller y de licenciado, y cuando los reyes Fernando VII y María Josefa Amalia pasaban por Valladolid de regreso de Cataluña fue escogido Arrazola para recibir el grado de doctor en presencia de los monarcas.
   Al poco tiempo ganó la cátedra de instituciones filosóficas, que sirvió hasta que los negocios públicos lo trajeron a Madrid, y cuya propiedad ha conservado hasta que le despojó de ella la Junta revolucionaria de Setiembre. También sirvió en la misma Universidad de Valladolid la cátedra de elocuencia, y la de historia y literatura.
   La ciudad de Valladolid lo eligió síndico de su Ayuntamiento, y la Sociedad de Amigos del País le nombró censor, la Academia de Nobles Artes, Socio Honorario, la Milicia Nacional, Capitán de una de sus compañías; la Academia grecolatina, individuo de su seno; la inspección de estudios comisionado para examinar el sistema de enseñar latinidad en seis meses por D. Cirilo González; y el gobierno, juez privativo del Canal de Castilla.
   En las elecciones de 1837 le nombró su provincia de Valladolid, Diputado, y desde 1838 a 1840 se le ofreció la cartera de Gracia y Justicia. En 1844 fue nombrado consejero de la Corona, y de nuevo regresó al ministerio de Gracia y Justicia entre 1846 y 1849.
   Después de haber desempeñado durante algunos años la presidencia del Supremo Tribunal de Justicia, fue también ministro en el último año del reinad de Isabel II, exiliándose en Francia junto a muchos de los suyos”.
   Aquello, el exilio, sucedió después de haber sido ocho veces ministro bajo el reinado de Isabel II. Y desempeñar, durante los últimos días del reinado de Isabel II, el cargo de Presidente del Consejo de Ministros.
   Fue igualmente autor de numerosas obras en torno a la administración del Estado, y la justicia, entre las que figuran: la Enciclopedia Española de Derecho y Administración o Nuevo Teatro Universal de la
Legislación de España e Indias, 1848-, en varios volúmenes. Compuso en latín numerosos discursos de apertura de la universidad de Valladolid, por ejemplo la del 1836 (Oratio in auguratione studiorum Universitatis Vallisoletanae) y la Oratio in regia vallisoletana universitate pro solemni studior: apertura (1839), así como un Promptuarium in que praecipua et selectiora institutionum philosophicarum continentur (1828). También se interesó por el vulcanismo (Ensayo sobre volcanes y terremotos, 1829) y escribió un volumen de poemas: Poesías o Cantos lúgubres a la sensible y prematura muerte de nuestra  soberana María Josefa Amalia, 1829.
   Falleció en Madrid a las nueve y cuarto de la noche del 23 de febrero de 1873, a los 78 años de edad. Fue enterrado, igualmente en Madrid, la mañana del día 25, en el cementerio de San Luis y San Ginés.

Tomás Gismera Velasco