Blog dedicado a la biografía breve de personajes destacados y curiosos de la provincia de Guadalajara, hasta el siglo XX, por Tomás Gismera Velasco.-correo: tgismeravelasco@gmail.com

sábado, junio 15, 2024

LUIS MAZZANTINI

 

LUIS MAZZANTINI, EL TORERO QUE NOS GOBERNÓ

Famoso matador de toros fue, durante unos meses, Gobernador civil de la provincia

 

    A Don Luis Mazzantini y Eguía no le acompañó la suerte en los ruedos políticos de Guadalajara, en la misma manera que lo hiciese en los taurinos puesto que, desde los últimos meses de la década de 1870 hasta la de 1910, como poco, fue uno de los coletudos más famosos que pisaron las arenas de las plazas de toros de media España; también de la provincia de Guadalajara, ciudad, y alguno de sus pueblos.

 

Los lejanos orígenes

   No ha sido, por lo general, tierra de toreros la del nacimiento de nuestro hombre, pues vio la luz en las guipuzcoanas de Elgóibar, el 10 de octubre de 1856. Y tampoco en la familia se tenían demasiados conocimientos de la torería, puesto que su padre, don José Mazzantini, era un ingeniero de ascendencia italiana que recaló por allí, se casó con una guipuzcoana, Bonifacia Eguía, y al poco del nacimiento del torero regresó a sus originales tierras de Italia, donde se educó el futuro Sr. Gobernador, quien llegó a España unos años antes de tomar la decisión de vivir del toreo, acompañando, junto a toda su familia, a don Amadeo de Saboya, a quien pusieron en la mano el trono del reino de España. Luis Mazzantini era uno de los numerosos secretarios que acompañaron al cortejo del efímero rey, asistiendo al jefe de caballerizas reales, un tal Marchino y, cuando la Majestad de don Amadeo I tornó a su reino natal, nuestro hombre se colocó en una empresa de futuro prometedor, en la Compañía de Ferrocarriles del Mediodía. Llegó a ser factor en Navalmoral de la Mata, y jefe de estación en numerosas poblaciones de la línea de Madrid a Cáceres, Santa Olalla entre ellos. Oficio que no debió serle de demasiado agrado, puesto que lo abandonó con frecuencia, hasta que don José de Echegaray, Director de la Compañía además de político, literato de renombre y premio Nobel, lo puso, como quien dice, de patitas en la calle. O mejor, conociendo su afición, le dio a elegir: los trenes o los toros, y eligió los cuernos.

   Sucedía que Luis Mazzantini descubrió la tauromaquia, le gustó el mundillo del toro, se hizo maletilla y de aquí dio el salto a la novillería. Haciendo de las suyas por las plazas del norte, y las de Francia, con tamaño riesgo que se ganó un apodo afín a sus valentías: “el señorito loco”.

 


 

 

El torero Mazzantini

   Los orígenes toreros provinciales los reconocería tiempo adelante, siendo ya Gobernador de la provincia; por aquí anduvo echando el capote, y arriesgando la vida, como lo hizo por media España, hasta que le llegó el tiempo de tomar la alternativa, que lo hizo tras una arriesgada y exitosa carrera de novillero. La alternativa se la dio en la Maestranza de Sevilla, el 13 de abril de 1884, nada menos que Frascuelo; y la confirmación en Madrid, el 29 de mayo, Rafael Molina, Lagartijo. A partir de aquí, el éxito. Las puertas grandes y el dinero entrando a raudales en su casa, puesto que llegó a ser el torero que más cobró en su tiempo, tanto que dijeron de él que en unos pocos años se hizo de oro. Invirtió sus capitales en el mundo del toreo…, y los perdió. Cuenta la historia que para el año de su retirada, el de 1905, había acumulado una fortuna de cinco millones de pesetas.  La retirada la produjo la muerte de su esposa, Concepción Lázaro cuando, queriendo acompañarlo a Méjico, allí murió el 15 de marzo de aquel año. Aquel día se cortó la coleta y la puso en las manos del cadáver de su mujer, que siempre le pidió que abandonase ese mundo.

   Antes de ello le llegaron los pasodobles, pues unos cuantos le dedicaron.  La fama de valentía, e incluso la de señorito de moda, ya que, en los años últimos del siglo XIX, llegó a poner en boga el sombrero que gustaba llevar, el Mazzantini. Se cuenta que, a lo largo de sus veinte años de alternativa, intervino en 1.080 festejos.

   Siembre se le tuvo por un caballero a carta cabal, valiente y de palabra, y eso, en política, no suele traer buenas consecuencias. Para ser político hay que tener otras dotes que a nuestro hombre le faltaron.

 

El Señor Gobernador

   Retirado de los toros, Mazzantini se dedicó a la política y, entre los numerosos cargos que desempeñó desde entonces hasta su muerte, veinte años después de dejar los ruedos, fue nombrado, en el verano de 1919, Gobernador civil de Guadalajara; llegaba de desempeñar el cargo de teniente de Alcalde, por el distrito de Chamberí, en el Ayuntamiento de Madrid.

   A la capital llegó, para ocupar su nuevo destino, en el tren corto de las 11,20 del miércoles 6 de agosto de 1919; en la estación, a la llegada del tren, le aguardaban las altas jerarquías provinciales con el presidente de la Diputación y el Alcalde interino de la ciudad a la cabeza, además de directores de todas las altas oficinas y representaciones gubernamentales, y en el flamante vehículo que correspondía al cargo, marchó a tomar posesión de su despacho. Aquel día, a eso de las diez de la noche, la Banda Provincial le obsequió con una serenata de bienvenida, siendo ovacionado por el pueblo cuando salió al balcón de la residencia oficial a dar las gracias por la música.

   Aquel mismo día derogó los rígidos protocolos y anunció que las puertas del Gobierno civil estarían abiertas a cualquiera. Tan campechano se le vio por Guadalajara que se le auguró un éxito total en su mandato, a pesar de que a sus secretarios no gustó eso de que los protocolos de toda la vida se dejasen a un lado.

   Pero, como dice el viejo dicho, no hay mal que cien años dure, ni Gobernador que lo resista. A alguien, en Guadalajara, no debieron gustarle los rumbos que a la política provincial imponía el Sr. Gobernador D. Luis Mazzantini, así que, a las puertas de la Navidad de ese mismo año que lo trajo a la provincia, en otro tren y a distinta hora, don Luis dejaba atrás la capital de la Alcarria tras una campaña que buscó su cese, o su dimisión, sin que se conociese muy bien la razón, o sí, se le acusaba de que, en los cinco meses que llevaba en el cargo, tan solo había visitado dos poblaciones, el resto del tiempo se había ocupado a lo suyo en la ciudad, al despacho y escuchar a las gentes.

   El 27 de diciembre era nombrado para ocupar el Gobierno civil de la provincia de Ávila, mientras que a Guadalajara llegaba su sustituto, don Luis Maraver y Serrano. 

   Uno de aquellos pueblos que visitó fue Jadraque, el día del Cristo de septiembre, y desde el balcón del Ayuntamiento se dirigió al respetable: Ahí abajo, en esa plaza donde ahora bulle alegre la juventud, vestí por vez primera el traje de luces, traje que apenas pude alquilar, pues el humilde sueldo de jefe de estación que disfrutaba no consentía ahorros. Aquí cobré las primeras monedas, aquí recibí las primeras satisfacciones con los aplausos calurosos del público. Aquí, en Jadraque, dio comienzo mi vida de acción…  Ello fue en las fiestas del Cristo de 1879. El otro pueblo visitado fue Brihuega, asistiendo a la procesión de la Virgen de la Peña.

   Don Luis, alejado de la política, y casi del mundo, se retiró a vivir su soledad en un pisito de la calle de San Vicente, de Madrid; y en él le llegó la muerte el 23 de abril de 1926; tan solo le acompañaban un sobrino y el personal de servicio de la casa; y como no quiso dar publicidad a su fallecimiento, se enterró en la intimidad familiar al día siguiente, en la Sacramental de San Lorenzo.

   Quizá no nació para político, pero es lo cierto que cuantos lo conocieron dejaron testimonio de que, por encima de todo, fue un gran caballero.

  

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 14 de junio de 2024

 

 


 JUAN MARTÍN EL EMPECINADO Y LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA (pulsando aquí)

martes, junio 11, 2024

JUAN MARTÍN EL EMPECINADO Y La Guerra de la Independencia en Guadalajara

 

JUAN MARTÍN EL EMPECINADO

Y La Guerra de la Independencia en Guadalajara

 

    El día 2 de mayo de 1808 en las primeras horas de la mañana, y desde mucho antes del amanecer, hay en Madrid un inusual movimiento de carruajes en torno al Palacio Real que, dadas las circunstancias por las que últimamente atraviesa el reino, no pasan desapercibidos para los vecinos.

   Las puertas del Palacio Real se encuentran abiertas desde que comenzó a clarear y los cocheros parecen estar dispuestos para lo que aparenta ser un largo viaje.

   Los rumores de que los últimos miembros que quedan de la familia real se disponen a abandonar el edificio corren por los alrededores como un reguero de pólvora, y ese rumor es suficiente para que se vayan congregando a su alrededor un buen número de madrileños, que siguen con atención todo cuando ocurre en el entorno.

   Alrededor de las nueve de la mañana la reina viuda de Etruria, por su matrimonio con Luis de Parma, Su Alteza Real doña María Luisa de Borbón, junto a sus hijos, sale de Palacio y ocupa el primer carruaje, y sin que nadie se interponga en su camino ni aparente la más mínima ira, sale del recinto; eso sí la sigue la mirada curiosa de un buen número de ciudadanos que se apartan a su paso. 

   A la Infanta de España, puesto que lo es por hija del rey Carlos IV, los tratos secretos hechos con Joaquín Murat, quien ya se veía coronado rey de España, la han granjeado la antipatía del pueblo de Madrid, que no reacciona ante su partida.

   Meses después Juan Martín Díaz, a quien apodarían El Empecinado, llegaría a la Provincia de Guadalajara para convertirse en el primer guerrillero contra los invasores, hasta ser conocido como “El terror de los franceses”.

   La Guerra de la Independencia en la provincia de Guadalajara ha sido ampliamente estudiada por Anselmo Arenas López a través de su “Historia del Levantamiento de Molina de Aragón y su Señorío en Mayo de 1808, y guerras de su Independencia” (Valencia, 1913), a cuyos textos nos remitimos en cuanto hace al Señorío molinés; no faltando en cuanto a la provincia en general, los trabajos que en torno a este periodo desarrolló el historiador José Luis García de Paz, principalmente: “La Guerra de la Independencia en Guadalajara y Tendilla” (Revista de Estudios Wad-Al-Hayara; núms. 35, 36 y 37; años 2008, 2009 y 2010); tampoco dejamos de lado la obra biográfica en torno a Juan Martín Díaz: “Juan Martín El Empecinado; Terror de los Franceses”; de Florentino Hernández Girbal (Madrid, 1985).

   A través de la obra iremos descubriendo, hasta donde nos sea posible, sus acciones por los pueblos de una Provincia de Guadalajara que quedó, durante los años que mediaron entre 1808 y 1814, bajo el dominio francés, combatido por Juan Martín y sus hombres, los guerrilleros del Empecinado.

 


 Juan Martín el Empecinado, y la Guerra de la Independencia en Guadalajara, el libro, pulsando aquí

SUMARIO:

-I-

MADRID, 2 DE MAYO de 1808

El alzamiento del pueblo de Madrid /13

-II-

EL GUERRILLERO JUAN MARTÍN DIEZ

El Empecinado /33

-III-

LA JUNTA DE DEFENSA DE GUADALAJARA

La lucha por la libertad de la provincia / 43

-IV-

JUAN MARTÍN

La pesadilla de Guadalajara contra los franceses / 59

-V-

LA CAZA DEL GUERRILLERO.

El Imperio contra la guerrilla / 87

-VI-

DIVIDE Y VENCERAS

Amigos y enemigos / 135

-VII-

UNA PRIMAVERA DE INTRIGAS Y QUEBRANTOS

La guerrilla imprescindible / 193

-VIII-

ENTRE LA GLORIA Y LA MISERIA

El triunfo y el fracaso / 209

-IX-

LAS VICTORIAS DE LOS MUERTOS

Nunca des nada por perdido / 227

-X-

EL REY HA VUELTO

¡Viva el Rey! / 277

-XI-

JUAN MARTÍN EL EMPECINADO

El primer guerrillero / 295

-XII-

LOS OTROS HÉROES DE LA GUERRA

Los Guerrilleros / 303

 

 


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   El día 2 de mayo de 1808 en las primeras horas de la mañana, y desde mucho antes del amanecer, hay en Madrid un inusual movimiento de carruajes en torno al Palacio Real que, dadas las circunstancias por las que últimamente atraviesa el reino, no pasan desapercibidos para los vecinos.

   Las puertas del Palacio Real se encuentran abiertas desde que comenzó a clarear y los cocheros parecen estar dispuestos para lo que aparenta ser un largo viaje.

   Los rumores de que los últimos miembros que quedan de la familia real se disponen a abandonar el edificio corren por los alrededores como un reguero de pólvora, y ese rumor es suficiente para que se vayan congregando a su alrededor un buen número de madrileños, que siguen con atención todo cuando ocurre en el entorno.

   Alrededor de las nueve de la mañana la reina viuda de Etruria, por su matrimonio con Luis de Parma, Su Alteza Real doña María Luisa de Borbón, junto a sus hijos, sale de Palacio y ocupa el primer carruaje, y sin que nadie se interponga en su camino ni aparente la más mínima ira, sale del recinto; eso sí la sigue la mirada curiosa de un buen número de ciudadanos que se apartan a su paso. 

   A la Infanta de España, puesto que lo es por hija del rey Carlos IV, los tratos secretos hechos con Joaquín Murat, quien ya se veía coronado rey de España, la han granjeado la antipatía del pueblo de Madrid, que no reacciona ante su partida.

   Meses después Juan Martín Díaz, a quien apodarían El Empecinado, llegaría a la Provincia de Guadalajara para convertirse en el primer guerrillero contra los invasores, hasta ser conocido como “El terror de los franceses”.

   La Guerra de la Independencia en la provincia de Guadalajara ha sido ampliamente estudiada por Anselmo Arenas López a través de su “Historia del Levantamiento de Molina de Aragón y su Señorío en Mayo de 1808, y guerras de su Independencia” (Valencia, 1913), a cuyos textos nos remitimos en cuanto hace al Señorío molinés; no faltando en cuanto a la provincia en general, los trabajos que en torno a este periodo desarrolló el historiador José Luis García de Paz, principalmente: “La Guerra de la Independencia en Guadalajara y Tendilla” (Revista de Estudios Wad-Al-Hayara; núms. 35, 36 y 37; años 2008, 2009 y 2010); tampoco dejamos de lado la obra biográfica en torno a Juan Martín Díaz: “Juan Martín El Empecinado; Terror de los Franceses”; de Florentino Hernández Girbal (Madrid, 1985).

   A través de la obra iremos descubriendo, hasta donde nos sea posible, sus acciones por los pueblos de una Provincia de Guadalajara que quedó, durante los años que mediaron entre 1808 y 1814, bajo el dominio francés, combatido por Juan Martín y sus hombres, los guerrilleros del Empecinado.

 

 

 


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   Tras la firma del tratado de Fontainebleau (27 de octubre de 1807), España fue ocupada poco a poco por tropas francesas que se dirigían a invadir Portugal, puesto que esta nación no obedecía el bloqueo continental a Inglaterra decretado por el emperador francés Napoleón Bonaparte en 1806. La familia real portuguesa y la corte se marcharon el 29 de noviembre a Brasil. Poco a poco fueron ocupándose por tropas francesas, de grado o con engaño, las posiciones estratégicas en España, como Pamplona, Barcelona, Figueras, San Sebastián, Burgos, etc. Todo ello ante la pasividad del rey Carlos IV y su primer ministro Manuel Godoy.

   Debido al motín de Aranjuez, el 17 de marzo de 1808, Godoy fue depuesto y Carlos IV obligado a abdicar el 19 en su hijo Fernando VII. Precisados todos los anteriores del apoyo de Napoleón, este les atrajo a una reunión en Bayona donde, el 5 y el 6 de mayo, Fernando devolvió la corona a su padre y este la cedió a Napoleón, el cual se la entregó el 6 de junio a su hermano José Bonaparte. Mientras, sucedieron diversos pequeños movimientos contra las tropas francesas que culminaron en la rebelión madrileña el 2 de mayo de 1808, reprimida duramente por el general Joachin Murat. Poco a poco se fueron levantando y organizando las provincias españolas, y la declaración formal de guerra contra Napoleón se producen Sevilla el 6 de junio. Comisionados españoles enviados desde Asturias a Londres establecieron una alianza con Inglaterra contra Napoleón el 15 de junio. La guerra era un hecho cuando José Bonaparte es entronizado rey el 7 de julio, tras jurar la Constitución de Bayona, y llega a Madrid el 20. Tras la primera retirada francesa, en Guadalajara su ayuntamiento proclama como rey a Fernando VII el 17 de septiembre de 1808. El 14 de enero de 1809, Inglaterra reconoció en un tratado a Fernando VII como rey de España.

 

  (La Guerra de la Independencia en Guadalajara y Tendilla; José Luis García de Paz. Wad-Al-Hayara; núm. 35, 36 y 37; 2008-2010).

 

 


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   Recuerdo muy bien el aspecto de aquellos miserables pueblos asolados por la guerra. Las humildes casas habían sido incendiadas primero por nuestros guerrilleros para desalojar a los franceses, y luego vueltas a incendiar por estos para impedir que las ocuparan los españoles. Los campos desolados no tenían mulas que los arasen, ni labrador que les diese simiente, y guardaban para mejores tiempos la fuerza generatriz en su seno, fecundado por la sangre de dos naciones. Los graneros estaban vacíos, los establos desiertos, y las pocas reses que no habían sido devoradas por ambos ejércitos, se refugiaban flacas y tristes en la vecina sierra. En los pueblos no ocupados por la gente armada no se veían hombre alguno que no fuese anciano o inválido, y algunas mujeres andrajosas y amarillas, estampa viva de la miseria, rasguñaban la tierra con la azada, sembrando en la superficie con la esperanza de coger algunas legumbres. Los chicos, desnudos y enfermos, acudían al encuentro de la tropa, pidiendo de comer.

   La caza, por lo muy perseguida, era también escasísima, y hasta las abejas parecían suspender su maravillosa industria. Los zánganos asaltaban como ejército famélico las colmenas. Pueblos y villas, en otros tiempos de regular riqueza, estaban miserables, y las familias de labradores acomodados pedían limosna. En la iglesia, arruinada o volada o convertida en almacén, no se celebraba oficio, porque frecuentemente cura y sacristán se habían ido a la partida. Estaba suspensa la vida, trastornada la Naturaleza, olvidado Dios.

Juan Martín el Empecinado.

Benito Pérez Galdós

 

Detalles del Libro

  • ASIN ‏ : ‎ B0D6KJ4DVT
  • Editorial ‏ : ‎ Independently published 
  • Idioma ‏ : ‎ Español
  • Tapa blanda ‏ : ‎ 330 páginas
  • ISBN-13 ‏ : ‎ 979-8327882324
  • Peso del producto ‏ : ‎ 494 g
  • Dimensiones ‏ : ‎ 13.97 x 2.11 x 21.59 cm

 

 


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sábado, junio 01, 2024

BASILIO SEBASTIÁN CASTELLANOS DE LOSADA

 

LOS VIAJES DE CASTELLANOS DE LOSADA POR LA ALCARRIA

Viajó por los Baños termales de la Provincia, dando a conocer la comarca

 

   Don Basilio Sebastián Castellanos de Losada, o “Santos Bueno del Castillo”, o el “tío Pilili”, fue un hombre tan polifacético y ocupado que, visto desde la distancia del tiempo, sorprende el que dedicase una parte de su vida a los viajes, a recorrer la Alcarria de mediados del siglo XIX dejando constancia de ello en sus escritos, reseñando, para que nadie lo pueda poner en duda, su paso por nuestras poblaciones; cierto es también que lo hizo camino de los entonces famosos balnearios de Trillo y La Isabela; a los que acudió la nobleza madrileña. También, de alguna manera, don Basilio a ella pertenecía, sino por cuna, al menos por su dedicación: escritor, periodista, poeta, arqueólogo, biógrafo, dibujante, maestro, militar, escribiente, anticuario, seminarista… Y todavía tuvo tiempo, a más de para hacer viajes, de fundar la Academia Española de Arqueología, ejercer como anticuario en la Biblioteca Nacional, dirigir algún que otro periódico y revista, ser Director de la Normal de Maestros, Cronista de la Real Casa y Patrimonio e, incluso, entre otras muchas cosas, dirigir el Museo Arqueológico Nacional. Lo que se dice, un hombre sin tiempo para el aburrimiento, pues a más de todo ello dominaba alguna que otra lengua: italiano, francés, inglés, latín, griego, alemán, árabe y, para los ratos ociosos, hebreo.

   Nació en Madrid, el 14 de junio de 1807, y en Madrid rindió cuentas de su vida el 6 de junio de 1891, tras una vida tan intensa como novelesca. Al servicio de la Corona unas veces; de la Casa de Osuna, otras, y del Infante don Sebastián de Borbón y Braganza, algunas más.


 

 

Viajando por la Alcarria, a los baños de La Isabela

   Nos declara don Basilio que, por vez primera, viajó a la provincia de Guadalajara en el verano de 1842, apenas concluida la primera guerra carlista, que tanto daño causó en la Alcarria y, sobre todo, en algunos lugares a los que acudió la familia real, como los baños de Sacedón, o La Isabela, junto con los de Trillo; baños, de La Isabela, a los que se dirigió el Sr. Castellanos en el mes de julio de aquel año, después de haberse reconstruido las partes que dañaron las guerrillas: “y debemos confesar que nos sorprendió su bella y pintoresca situación, el hallar en él mayor comodidad que en cuantos establecimientos nacionales y extranjeros habíamos visto, y sobre todo, la bondad de sus aguas, que además de la salud que conseguimos en ellas, nos ofrecieron toda satisfacción…”

   Don Basilio, en su obra sobre La Isabela, nos dejará amplia reseña de la historia de los baños, puestos bajo el amparo del infante don Antonio, tío de Fernando VII, nominados así en honor de Isabel de Braganza, aunque la tradición cuente que ya eran conocidos en el siglo XVI y que, incluso, en ellos recobró la salud en 1512 don Gonzalo, el Gran Capitán.

   Don Basilio, como a las altas clases sociales que dirige su escrito, les cuenta lo que se han de encontrar quienes vengan; y lo que han de traer: ropas de abrigo y artículos de boca; a pesar de que nada de ello les ha de faltar en unas poblaciones que en aquel tiempo vivían, como hoy diríamos, del turismo, de balneario en este caso. De las gentes de alto copete que llegaban con la casa a cuestas y para su servicio empleaban a mozos y mozas de los pueblos del entorno: “al bajar del carruaje en La Isabela hallarán porción de jóvenes del Sitio y cercanías, criados fieles que le ofrecerán sus servicios, dando por fiadores de su honradez a personas respetables de la población”.

   Algo más de día y medio se empleaba en el viaje desde Madrid a Sacedón, recorriendo la hermosura de la Alcarria, entrando por el Pozo de Guadalajara para seguir por Aranzueque, Armuña, Tendilla, La Salceda, Alhóndiga, Auñón y, al fin, Sacedón.

   Contó La Isabela hasta 1835 con un teatrito, en desuso cuando llegó don Basilio, pues destrozado por los partidarios del pretendiente no había sido todavía reconstruido, si bien todo estaba a punto para el gusto y placer de la concurrencia, a la que aconsejaba visitar, como él hizo, el entorno. Un entorno que, a juzgar por lo escrito, maravilló a nuestro autor, quien dejó impreso en verso su sentimiento por la tierra recién descubierta. Desde los Saltos de Bolarque a las ruinas de Recópolis, sin olvidarse del recién desamortizado monasterio de Córcoles. La aventura estaba asegurada para los ociosos bañistas de La Isabela.

   Tampoco faltará el consejo de observar, desde los altos roquedales que circundan el Tajo, uno de los espectáculos de esta tierra, el paso de las maderadas que, procedentes de las altas sierras, descendían en busca del sosiego de Aranjuez.

   Unos años después, 1848, dejaría impresos sus versos a los “Baños de La Isabela”, que dedicó a Pedro Soriano, ciego de Huete que se ganaba la vida recitando romances, a cambio de unas perrejas.

 

EL LIBRO DE TRILLO, PULSANDO AQUÍ

 

Los Baños de Trillo y su entorno

   Don Basilio cantó en verso a la Virgen del Socorro de Sacedón; a Nuestra Señora de la Soterraña; a la Esperanza de la Vega de Durón, y a Salmerón y sus vegas.

   A Salmerón viajó unos años después de que lo hiciese a La Isabela; encontrándose, al final de la década de 1840, en los baños de Trillo. De los que, como los de La Isabela, escribió también su historia y, con detalle, lo que habían de encontrar y visitar en el entorno. Su “Manual del Bañista” se convirtió en un clásico que, desde que vio la luz en 1850, se amplió y creció con el pasar de los años. En la primera página de la obra ya se declaraba “Apasionado de la pintoresca Alcarria”; y es que a lo largo del decenio, de tanto correr y visitar localidades, no faltó pueblo en el que no dejó un amigo, un conocido, o un paisaje por admirar.

   Por la obra pasean los paisajes de Taracena, Valdenoches, Torija, Brihuega, Solanillos, Malacuera, Trillo, Gárgoles, Cifuentes; Viana y, por supuesto, Salmerón, donde dejó amigos y algún que otro familiar: “Salmerón es una villa del partido de Sacedón perteneciente a la provincia de Guadalajara, situado en la falda del monte de Santo Matías, y con valle o vega amenísima y poblada de frutales y de huertos regados por los riachuelos Valmedina y Valcastillo que se juntan en el valle. Fuera de la iglesia parroquial dedicada a Nuestra Señora de la Asunción, que es espaciosa, de buena fábrica y con altares muy regulares, y en la que tiene una lindísima capilla reedificada y adornada con lujo nuestro apreciable amigo D. Juan de Albisua, dedicada al Santo Cristo del Sepulcro (La capilla ha sido pintada en el año pasado por nuestro amigo el joven D. Román Sanz, de Sacedón), y de las casas de D. Francisco Tobar, catedrático de leyes de la Universidad de Madrid, y de las de D. José González Sanz, el caserío no destaca, pero es cómodo en lo interior. Este pueblo pertenece al ducado del Infantado, hoy de Osuna, cuyo señor poseyó un fuerte castillo en la población, sobre cuyas ruinas se halla el cementerio en la cima de un cerrillo.”

   De sus viajes por la provincia, como un siglo después hiciese el Nobel Camilo Cela, se ocupó la prensa de la capital del reino: “Como hace ya más de doce años que el Sr. Castellanos estudia este país recorriendo de pueblo en pueblo y visitando minuciosamente sus términos, en los que ha hecho a su costa excavaciones, levantando planos y adquirido la propiedad de algunos monumentos antiguos, se espera que su obra arqueológica sobre la Alcarria será muy útil para nuestra historia nacional y en particular para las de aquellas provincias”.

   Que lo fueron, sin duda, puesto que fue el primer propagandista de una tierra a la que la gente gustó siempre viajar.

 

  

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la Memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 29 de mayo de 2024

 

 

SALMERÓN, HISTORIA, PAISAJE Y GENTES (Pulsando aquí)

 

 

 

sábado, mayo 25, 2024

CRISTÓBAL CUADRADO Y TORRES, EL SASTRE DE LOS TOREROS

 

EL SASTRE DE LOS TOREROS

Don Cristóbal Cuadrado, que nació en Matarrubia

 

   En Matarrubia se encomendaban al Cristo de la Agonía, invocando su protección ante cualquier percance. Tal vez, de haberlo conocido, lo mismo hubiese hecho Pepete cuando, a cuerpo limpio, se lanzó al toro y…; Pepete salió del encuentro y se dirigió al burladero pero antes de alcanzar las tablas, dio un suspiro profundo y a cuantos presenciaban la corrida, les dio un vuelco el corazón; también a don Cristóbal Cuadrado cuando vio cómo, el traje de torear, o de luces, de amaranto y oro, bordado por él, se cubría con un color distinto al de los hilos de su taller.

   Don Cristóbal, como tantos más, se echó las manos a la cara… ¡no quería ver más!

 

MATARRUBIA, UN LIBRO Y UNA CRÓNICA (Pulsando aquí)
 

 

Matarrubia, en el confín

   Matarrubia es hoy, y lo fue siempre, una pequeña población en el casi confín provincial de Guadalajara, el que raya por la parte de la Campiña con Madrid. Entonces, cuando lo de Pepete, contaba con mucho más de trescientos habitantes; algunos más que cuando allí nació don Cristóbal Cuadrado y Torres, que lo hizo en 1840; más o menos los mismos habitantes que tenía cuando don Celedonio Torres, el tío de don Cristóbal, convenció a los padres para que se lo mandasen con él a Madrid, como chico de los recados, y que de paso fuese aprendiendo un oficio que, en la capital, tenía futuro prometedor. Cristóbal, el chiquillo de Matarrubia, tenía entonces apenas nueve años; despierto como él solo, y con toda la vida por delante; así que… ¡A Madrid!

   Matarrubia quedaba en su confín provincial con un chiquillo menos. Aquella Matarrubia que todavía trataba de recordar alguna que otra pasada gloria histórica. Cierto que no eran demasiadas. Matarrubia perteneció al Común de Uceda desde que Uceda se convirtió en una de las poblaciones más importantes de esta parte de Guadalajara; y creció, sin duda, con la anexión de Canrayado, un despoblado a medio camino entre la realidad y la leyenda. A Canrayado, el pueblo desaparecido, dedicó uno de nuestros paisanos de por aquí, de la Campiña, Sinforiano García Sanz, una de sus más sabrosas leyendas: “Las bodas de Canrayado”, a través de la que nos da cuenta de cómo el pueblo pudo desaparecer por causa de unos malos amores, que son los que más duelen.

   Con Uceda y su tierra pasó Matarrubia por el poder señorial de Doña Urraca, la fantástica reina que plantó a don Alfonso de Aragón; por el de don Fernando García de Hita, que fue gran señor del cerro que domina una gran parte de la Alcarria, por los tiempos en los que su Arcipreste tomó la pluma; o de los Arzobispos de Toledo, hasta que la majestad de don Felipe II les despojó de los señoríos y cada uno de los pueblos de la tierra de Uceda eligió destino; la mayoría, comprando su libertad a través de hipotecarse por media vida para adquirir el Villazgo y, con ello, continuar sirviendo al rey. El 5 de marzo de 1580, si las cuentas no fallan, don Pedro de Limán y Vera, comisionado Real, por ante el Escribano de S.M., don Francisco del Valle, dio posesión a los de Matarrubia de sus derechos. Y los de Matarrubia alzaron picota y horca y fueron, en lo futuro, dueños de su destino.

 

La sastrería de don Celedonio

   Apenas terminaba la capital del reino de salir de la primera Guerra Carlista cuando nació don Cristóbal; y casi estaba a punto de comenzar la segunda cuando a Madrid llegó el chiquillo. Dos guerras, y unos cuantos disgustos más, le costó a doña Isabel II el trono; que al final perdió en aquella partida de ajedrez que a lo grande se jugó sobre el tablero español del siglo XIX. A pesar de ello no dejaron de celebrarse los espectáculos que, mañana y tarde, dieron aliento al pueblo: Los toros. Arte taurino al que tan aficionada fue Su Majestad.

   Toreros que, al comienzo de la temporada, no dejaban de pasar por el taller de sastrería de don Celedonio Torres, en el que comenzó a dar sus primeros pespuntes don Cristóbal Cuadrado hasta que, al punto de iniciarse una más de las revueltas del tiempo, en los finales de la década de 1850, con apenas veinte años, el chiquillo espabilado entre hilos y agujas decidió establecerse por su cuenta y abrir taller de costura, dedicándose al impresionante arte del bordado torero. El taller no pudo estar en calle más aparente para el mundo taurino, en la madrileña calle del Siete de Julio.

   De allí comenzaron a salir los primeros trajes para los primeros espadas que se jugaron el tipo en los cosos de Madrid y, quizá por la suerte que aquellos obtuvieron; por el colorido y formas que don Cristóbal imprimió a las vestimentas, o por la cordialidad del trato; el taller en el que igualmente se elaboraban todo tipo de prendas, para toreros y caballeros, capotes de paseo y brega, o capas bordadas; ropas de campo, o trajes para garrochistas; se hizo un hueco grande en la Villa y Corte.

   Claro, con la fama, llegaron los cargos, y el dinero. Don Cristóbal comenzó a destacar en la sociedad madrileña de aquellos difíciles años del siglo XIX, en los que Madrid, con España, se vio inmersa en las epidemias que diezmaron pueblos, las del cólera, que llegó del Ganges. Don Cristóbal destacó como personaje habitual en ofrecer mano y caridad, como integrante de las juntas de socorro, en 1885. Y no faltó a la hora de inmiscuirse en aquellos asuntos políticos que alteraron también la vida. Los medios de prensa, cuando comenzaron a glosar su figura, dijeron que “ha luchado con valor y patriotismo por el establecimiento de las libertades”; que era tanto como decir que se las jugó, en los sucesos del 56, y en los inicios de la década de 1870, que tanto dieron de sí.

 

El sastre de los toreros

   Para esa década, la de 1870, la sastrería de don Cristóbal era una de las más afamadas, no solo de Madrid, también de España; entre oficiales, sastres y mozos, en el local de la calle del Siete de Julio número 5, trabajaban en torno al centenar de personas. Toda una industria textil, que hizo que su director pasase a formar parte de la élite empresarial de la capital, y que fuese elegido miembro del Congreso Mercantil, y de la Cámara de Madrid. También que fuese invitado a los mejores salones, y que no faltase, cuando la ocasión lo requería, a la plaza de toros. De su taller saldrían quienes en adelante seguirían sus pasos, convirtiéndose en maestro de ese arte costurero.

   En ella estaba, en la plaza de toros, la tarde fatídica del 20 de abril de 1862, cuando José Dámaso Rodríguez, Pepete, se enfrentó al segundo de la tarde. Un Mihura berrendo, ensabanado, de regulares libras, botinero y cornicorto, Tocinero de nombre. El toro derribó al picador en la de varas; Pepete fue al quite a cuerpo limpio; Tocinero fue hacia él y no más se supo hasta que, al llegar a las tablas, cayó sobre la arena. El Miura le había atravesado el corazón de parte a parte y el traje, de estreno, de la sastrería del mozo de Matarrubia, se tintó en sangre.

   A Pepete lo amortajaron con hábito de carmelita y depositaron su cadáver en la Sacramental de San Luis. La crónica dijo que “la tarde fue magnífica, la plaza llena, los revendedores hicieron su agosto y las naranjas se vendieron a seis cuartos”.

   Don Cristóbal dejó, a fin de ese siglo de duelos y quebrantos, la sastrería, en manos de su hijo, don Celedonio Cuadrado. Por aquí, por Guadalajara y su tierra, pasó por última vez en el mes de junio de 1904, después volvió a Sevilla, donde se buscó su retiro, al pie de la Giralda, junto a la Maestranza; y allí se quedó para siempre uno de nuestros artistas más desconocidos. Que lo fue.

  

 Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara,24 de mayo de 2024

 

 


 MATARRUBIA, UN LIBRO Y UNA CRÓNICA (Pulsando aquí)

 

 

 

 

sábado, mayo 11, 2024

ANTOLÍN GARCÍA LOZANO

 

UN OBISPO GUERRERO: ANTOLÍN GARCÍA LOZANO

De Atienza a Salamanca, pasando por Sierra Morena

 

  Todavía, en el último tercio del siglo XVIII Atienza era una de las villas más significativas de la vieja Castilla. Lugar de referencia en el comercio, la industria, y en algunas cosas más que el tiempo se encargó de ir arrinconando. Atienza conservaba todavía en aquel siglo la grandeza de su Cabildo de Clérigos, que renovaba estatutos para adaptarse a los duros tiempos venideros en los que terminaría por desaparecer. La lana continuaba siendo uno de los mejores y mayores productos con los que negociar, y a través del que alcanzar, además de poder, una riqueza que llevase incluso a lograr título de nobleza. Así lo hacían algunos de los pocos ganaderos que iban quedando en la villa, negociar y enriquecerse con la lana.

    A los Lozano Manrique, o Manrique Lozano, pues el apellido en primer o segundo lugar lo llevaron numerosos personajes de la familia, ganaderos originarios de la serranía, pertenecía Ana María Lozano, aunque como muchos de sus familiares nació en Atienza. Y es que, por aquellos tiempos, los pueblos comarcanos estaban relacionados entre sí mucho más estrechamente de lo que nos pudiera parecer. Ana María Lozano casó con Pedro García Baroín, natural del vecino Barcones. Del matrimonio nacería, entre otros numerosos hijos, nuestro Antolín García Lozano, quien vio la luz el 2 de septiembre de 1779.

   Sus hermanos y hermanas se dedicaron al engrandecimiento de la hacienda familiar; a Antolín lo destinaron al servicio de la iglesia. Cuentan las crónicas que, como hombre de talento y buenas virtudes, ingresó en el Seminario de San Bartolomé de Sigüenza el 25 de noviembre de 1795, saliendo de él como docto latinista. De Sigüenza marchó a la diócesis de Osma, allí se doctoró, en su Universidad, en Sagrada Teología.

 

 

HISTORIA DE LA VILLA DE ATIENZA (Pulsando aquí)

 

Sobre la vida de García Lozano

   Pasó nuestro paisano a la diócesis de Zaragoza, viéndose sorprendido en aquel reino por la invasión francesa que tantos descalabros dejaría en aquella capital. En Zaragoza, fue uno de los miembros de la Junta de Defensa de Aragón, del mismo modo que otros de sus familiares, en Atienza, Villacadima o Guadalajara, pasaban a formar en las diferentes juntas de defensa locales y provinciales que más tarde, unificadas las unas con las otras, tratarían de hacer frente al invasor.

   Pudiera decirse que nuestro paisano no debía de sentirse muy a gusto en aquel cometido y aquella capital, ya que inmediatamente después del toque a las armas, dejando a un lado los hábitos talares, tomó un caballo, se echó la espada al cinto y el trabuco al hombro, y marchó a combatir al francés por las sierras andaluzas, dejando rastros de su paso desde Sierra Morena hasta la capital del Guadalquivir, donde fue recibido no con pocas simpatías. Por aquella tierra, dan cuenta algunos viejos testimonios, anduvo don Antolín a modo de vigía de fronteras, dando cuenta de los movimientos de las tropas enemigas, hasta que definitivamente se retiraron de suelo patrio. A tanto alcanzaron los servicios prestados al pueblo español que, sin abandonar sus estudios religiosos, desde Sevilla, y antes de la pacificación total del reino, solicitó en 19 de enero de 1810, algún tipo de prebenda con la que cobrarse sus servicios.

   Terminada la gloriosa campaña de la guerra de la Independencia, en recompensa a los padecimientos anteriores, fue agraciado con una prebenda en la catedral de Osma, ejerciendo de catedrático en aquella Universidad hasta el año de gracia de 1816, en que después de haber hecho oposición a Calahorra, fue agraciado con igual prebenda en la segoviana Real Colegiata de San Ildefonso, lugar de descanso de la regia familia. En la Colegiata iniciaría lo que sería su ascenso en el ámbito de la iglesia de Segovia. La frecuencia con que Sus Majestades acudían al Real Sitio le facilitó desarrollar sus dotes oratorias, así como la finura de modales y extraordinaria sagacidad, cuentan, para conocer el corazón humano, lo que le granjearía lugar distinguido en los círculos de la más elevada aristocracia. En 1818 fue agraciado con los honores de inquisidor de Valladolid y más adelante le llegó el nombramiento de predicador de Su Majestad don Fernando VII.

    En 1820 se vio inmerso en las persecuciones de la época, dentro del trienio liberal, y a principios de 1823, el conde del Abisbal, don Enrique, hermano de don Leopoldo O´Donell, general de una división de tropas constitucionales, lo aprisionó con otros respetables eclesiásticos y particulares, quienes debieron la vida a la serenidad y energía que en tan crítica ocasión manifestó el penitenciario de la colegiata de San Ildefonso. Pasado el tenebroso momento en el que nuestro don Antolín estuvo a punto de ser ajusticiado por sus ideas liberales desempeñó el mismo cargo de Inquisidor en Segovia, al tiempo que Gobernador del obispado, ejerciendo de obispo interino en la sede. En 1824 Fernando VII lo nombró, a propuesta de la cámara, deán de la catedral de Segovia, cuya dignidad primera, post pontificalem, desempeñó por el largo y difícil tiempo de los veintisiete años siguientes. Su estancia en Segovia no pasó desapercibida, llegando a ser el autor de una dignísima Exhortación religiosa al benemérito cuerpo de Voluntarios Realistas de la ciudad, que pronunciada a modo de sermón en la catedral con motivo de la bendición de la bandera del cuerpo, el 30 de mayo de 1831, fue dado a la imprenta, constando como una de las obras señaladas de la época, y cuerpo, a juicio de su entonces Brigadier en Jefe.

   A pesar de todo, no siempre estuvo a favor de la realeza, puesto que parece ser que no guardó silencio ante las injusticias, lo que le valió más de una privanza. Pasando algún tiempo, tras la muerte de Fernando VII, desterrado y encarcelado en Ciudad Rodrigo. En prisiones anduvo desde el mes de febrero de 1837 hasta el de agosto de 1838 en el que se le conmutó aquel destierro por el más cercano de Ávila. Regresando a su iglesia al cabo de dos largos años, siendo encausado nuevamente en 1841 por no querer entregar títulos y papeles de la iglesia segoviana a la que servía.

   El pronunciamiento de 1843 le proporcionó algún descanso. El gobierno de S.M., doña Isabel II ya en el trono, dicen las crónicas, dejadas sabiamente aquellas malas pasiones, principió a proponer para el episcopado a las personas beneméritas del clero sin distinción de colores, dando en ello un nuevo ejemplo de tolerancia y conciliación.

 


  HISTORIA DE LA VILLA DE ATIENZA (Pulsando aquí)

 

Obispo de Salamanca

   En 1851, el 28 de marzo, cargado de años, contaba ya 70 nuestro paisano, fue propuesto para ocupar la sede episcopal de Salamanca. Su consagración como obispo, en el Madrid de la época, el 5 de noviembre en la catedral de San Isidro, fue todo un acontecimiento social. Don Antolín, con su corte de criados y familiares partió inmediatamente para tierras salmantinas, concretamente hacia Alba de Tormes, donde había de hacerse el tradicional recibimiento oficial por las autoridades de aquella provincia y obispado, para dirigirse a la capital atravesando las aguas del Tormes. Un gentío inmenso, cuentan las crónicas, salió de Salamanca a esperarle, circunvalando las calles de su tránsito y acompañándole con muestras de júbilo hasta su morada

   Apenas tuvo tiempo para comenzar a organizarse en la diócesis, el 14 de mayo siguiente, por la tarde, salió a dar un paseo por la ciudad. Aquella noche comenzó a sentirse indispuesto y se metió en cama, asistido por su sobrino, nuestro también paisano –de Atienza- y escritor romántico Pascual García Cabellos. A eso de las diez de la mañana su estado comenzó a empeorar; y a las cuatro de la tarde del 15 de mayo, tras sufrir una apoplejía, expiró, apenas mes y medios después de su llegada.

   Fue sepultado, con todos los honores de su dignidad, en la capilla contigua a la sacristía de la catedral nueva de Salamanca en la mañana del 18 de mayo de 1852, en un nicho de la pared, sin epitafio ni distinción alguna, tras haber permanecido expuesto su cadáver, como mandaba la costumbre, durante tres días, en la capilla del palacio episcopal.

   La historia, y la vida, tan caprichosas siempre.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la Memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 10 de mayo de 2024

 

 


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