Blog dedicado a la biografía breve de personajes destacados y curiosos de la provincia de Guadalajara, hasta el siglo XX, por Tomás Gismera Velasco.-correo: atienzadelosjuglares@gmail.com

viernes, marzo 15, 2019

MEMORIA DE BRUNO PASCUAL RUILÓPEZ. El político que batalló por la Sierra de Guadalajara


MEMORIA DE BRUNO PASCUAL RUILÓPEZ.
El político que batalló por la Sierra de Guadalajara


   Tal vez uno de los personajes más desconocidos de Atienza y su comarca, a pesar de su reciente historia,  sea Bruno Pascual Ruilópez, nacido en la villa el 6 de octubre de 1858, y fallecido en Madrid el 13 de marzo de 1921. En Atienza se le recuerda, escasamente, por haber regalado un Rosario de faroles a la patrona, la Virgen de los Dolores, que acaba de cumplir 350 años de permanencia en la villa, y si se pregunta, pocos sabrán decirnos sobre él más allá de que es el nombre oficial de la Plaza de San Juan del Mercado, en la que nació.

Memoria de Bruno Pascual Ruilópez


   Sin embargo, a más del famoso Rosario de Faroles donó al pueblo y sus gentes algunas cosas más; entre ellas la restauración, a fin de convertirlo en colegio público, del viejo edificio del Hospital de Santa Ana. Fue el fundador de una institución de enseñanza para chiquillos sin recursos; luchador empedernido por las mejoras del distrito de Atienza-Sigüenza; y un ciento de iniciativas más que le valieron, entre otros, el título de Hijo Predilecto de Atienza, con placa sobre la fachada de su casa natal, desaparecida en la última reforma llevada a cabo en esta plaza en torno a los años de 1966-67.

   Hijo de hacendada familia, y huérfano a temprana edad, se trasladó muy joven a Madrid, donde estudió Derecho y posteriormente se hizo Notario, estableciendo su gabinete en la calle Núñez de Arce, en el número 17. Al parecer se trató de un hombre serio y formal, de ideas fijas y buena presencia; integrado en su juventud en una logia masónica que no le impidió mantener sus acendradas creencias religiosas a los patronos de Atienza. Murió sin herederos forzosos y sus bienes, bastante cuantiosos, se perdieron en legados, donaciones y obras de caridad que llegaron hasta cincuenta o sesenta años después de su muerte.



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   Su reconocida labor jurídica en la provincia lo llevó a la política, presentándose por vez primera a unas elecciones generales, como Diputado a Cortes por la provincia de Guadalajara y el distrito Sigüenza-Atienza, en 1886, sin obtener la representación, ya que obtuvo un número muy contado de votos. Competía con Antonio Botija Fajardo, Ramón de Lorite, el Marqués de Retortillo, Francisco Ruíz Fuentes, Ildefonso Fernández, Antonio María Ballesteros y Rafael Gutiérrez. De los 2.882 votos emitidos en la zona, 1.779 fueron para Botija –candidato por Jadraque. Don Bruno tan solo obtuvo 35 votos.

   Volvió a presentarse nuevamente en 1893, obteniendo el acta de Diputado, que conservó en sucesivas elecciones, hasta que en 1898 se presentó al Senado, obteniendo el acta, que renovaría en sucesivas batallas electorales hasta 1919. Representando a la provincia y al partido de Atienza-Sigüenza, salvo entre los años 1914-17, que representó como Senador a la provincia de Córdoba.  Igualmente, y desde 1904, en que fue elegido, hasta pocos meses antes de su fallecimiento, fue Decano Presidente del Colegio de Notarios de Madrid. 

Gracias a Bruno Pascual se reconstruyó el viejo Hospital de Santa Ana


   Su paso por el Congreso de los Diputados resultó bastante anodino en cuanto a intervenciones, sin embargo logró una serie de objetivos. La mayoría de las carreteras que unen Jadraque, Atienza y Sigüenza con los pueblos del entorno se deben a su directa intervención, y como Miembro de la Comisión de Ferrocarriles, trató de enlazar por trenes de vía estrecha primero, y por la red nacional de ferrocarriles después, a un buen número de pueblos. Batalla perdida que dio comienzo con su llegada al Congreso de los Diputados en 1893 y concluyó pocos meses antes de su muerte, con lo que podríamos definir como una de las mayores “travesuras”, por decirlo de alguna manera, del Conde de Romanones, quien aseguró a los comarcanos de Cogolludo, Hiendelaencina o Atienza que por sus términos pasaría el tren internacional Madrid-París, y luego de obtener sus votos sacó el proyecto de la provincia para trazar la línea por la de Segovia.

   Aquellos fueron tiempos en los que la oratoria parlamentaria estaba muy por encima de lo que estamos acostumbrados a ver en nuestros actuales políticos. Aquellos utilizaban un léxico digno de figurar en todos los manuales, y digno también de mostrarse, por aprender de aquella fácil oratoria. La de nuestro paisano, recogida en los diarios de ambas cámaras es digna de estudio, como la de sus coetáneos. Por la fácil dicción y la exclusión de ataques y descalificaciones verbales a que nuestros políticos de hoy en día nos tienen acostumbrados.

   Presidía el Senado don Arsenio Martínez Campos el 6 de noviembre de 1899 cuando don Bruno Pascual pidió por vez primera la palabra. En la Cámara Alta hizo su entraba el Ministro de Gracia y Justicia, al que interpeló, durante 17 minutos, para que solucionase, de una vez por todas, un serio problema surgido en la localidad serrana de Hijes, a cuenta de la construcción de la fuente pública. El Ministro de Gobernación había dictado una ley condenando al pueblo a pagar unas obras que no habían llevado a efecto, en favor de un constructor portugués, relacionado con el Gobierno. El pueblo de Hijes ganó la batalla.

Una placa señaló, desde la casa natal de Bruno Pascual, Hijo Predilecto de la Villa de Atienza

   Tal vez uno de sus mayores quebrantos, fue tener que responder en 1920, a las interpelaciones que otros senadores hicieron al entonces Ministro de Gracia y Justicia, señor Garnica, a cuenta del injusto desahucio del que fue objeto don Bruno de su bufete de Notario. Le aumentaron la renta de 300 a 3.000 pesetas mensuales, ¡que atrocidad!, gritaron sus señorías al conocer el dato. Buscaba el casero, un renombrado general de Ejército español, su desahucio, por lo que, además, no le pasaron los recibos al cobro. El caso fue comparado en la prensa de la época con el crimen de la calle de Fuencarral, que por entonces tenía alterada la vida madrileña. Don Bruno Pascual, tras escuchar cuanto se dijo en torno a la justicia, y en uso de la palabra, concluyó su discurso con algo que hizo pensar a quienes lo escuchaban:

   -Si esto se hace con una persona de posibles, que puede pagar la renta o comprar la casa, ¿qué no hará la justicia con los humildes y con aquellos que no tienen recursos?

   La respuesta del señor Ministro fue digna de enmarcarse más allá del Diario de Sesiones, pues le vino a decir que:

   -Entonces no se queje su Señoría si tiene para pagarlo, el problema de la vivienda tiene esas cosas en Madrid, y la justicia actúa mal en medio mundo, y no se queja nadie.

   Sin embargo, aquella sesión, en la que la oposición abucheó al señor Ministro, y que duró casi tres horas, no tiene cuenta en este caso, puesto que don Bruno fue uno de los ponentes en la Ley de Sucesiones de comienzos del siglo XX. Se expusieron los articulados, y pidió la palabra para defender sus alegaciones a aquella Ley, que al parecer constaba de 57 artículos, en los que a su juicio se trataba al contribuyente como un defraudador en potencia.

   Su primera intervención duró cosa de tres horas, al cabo de las cuales, el señor Presidente de la Cámara, Marqués de Aguilar, pidió que se cumpliese, y continuase en el uso de la palabra.

   Atestigua el Diario de Sesiones, que lo hizo durante dos horas más. El Presidente, tal vez aburrido, preguntó a nuestro paisano ilustre:

   - ¿Por qué no hace su Señoría una alegación a la totalidad y concluimos antes?

   La respuesta:

   -Resulta, señorías, que el primer y último artículo, son correctos, más si lo desean, visto que me restan 17 alegaciones y estamos fuera de reglamento, por no cansarles a ustedes, y estimando que tienen cosas mejores que hacer, mañana continúo.

   Don Bruno Pascual Ruilópez fue en Atienza y su comarca uno de sus grandes valedores; auxilió al necesitado, y batalló en todo momento por los pueblos a los que políticamente representaba, sin importarle los colores de sus banderas políticas. Su muerte, a los 62 años de edad, fue sentida en toda la Serranía.


Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la memoria
Periódico Nueva Alcarria
Guadalajara, 15 de marzo de 2019







viernes, marzo 08, 2019

VICENTA ORTIZ CUESTA, UNA MUJER DE MEDALLA. Natural de Sotodosos, fue la primera mujer de la provincia de Guadalajara en recibir la Medalla al Mérito en el Trabajo.

VICENTA ORTIZ CUESTA, UNA MUJER DE MEDALLA.
Natural de Sotodosos, fue la primera mujer de la provincia de Guadalajara en recibir la Medalla al Mérito en el Trabajo.


   Puede que en la actualidad, por aquello de la igualdad, no resulte llamativo el que una mujer tenga los mismos derechos que un hombre, que lógicamente los debe de tener, pues iguales somos ante Dios y la Ley. O que reciba el mismo trato en todas las instituciones; o que se la conceda una medalla. No una cualquiera, sino la Medalla al Mérito en el Trabajo. Y es que las Medallas al Mérito siempre han sido cosa que colgar de la solapa de los grandes personajes de nuestra historia; como si  el matachín, el cedadero o el cardador no hubiesen hecho méritos a lo largo de una vida como para recibir un homenaje.


Vicenta Ortiz Cuesta, una mujer de medalla

   Guadalajara, pueblos y provincia, han sido y lo siguen siendo poco dados a esto de los reconocimientos de los propios; suele suceder que se admira más al que viene de fuera que al vecino de al lado, que puede ser por aquello de que al que viene de fuera hay que adularlo y el vecino, como lo conocemos de toda la vida no necesita coba.

   Tampoco, si echamos la mirada al glosario de concesiones de medallas encontraremos que las hayan recibido muchas mujeres a lo largo de la historia. Y no es culpa de estos tiempos que vivimos, que han ido evolucionando hasta hacernos iguales; a lo largo del transcurso de la historia la mujer, por aquello de que según la Biblia fue creada de una costilla del varón, ha estado relegada a la voluntad del hombre, y por ello escasamente figura, en relación con el varón, en ciertos asuntos patrios. Pero no vamos a enredarnos en algo que daría mucho de qué hablar y que, al final no llevaría a muchas conclusiones, pues de lo que aquí tratamos es de hacer memoria de la Medalla al Mérito en el Trabajo, en coincidencia con estos días en los que se celebra el de la mujer trabajadora. Una Medalla, la del Mérito en el Trabajo, que fue creada, según su historia, por real decreto de 1926 para premiar una conducta útil y ejemplar en el desempeño de cualquier trabajo, profesión o servicio, habitualmente ejercido.

   Quienes por aquellos años, va para cien, recibieron estos honores en cualquiera de sus tres categorías, oro, plata o bronce, fueron personajes relacionados con la política, la cultura o el mundo empresarial; en esto ha cambiado poco la sociedad, y los otorgantes. 

Vicenta Ortiz Cuesta fue la primera mujer de Guadalajara en recibir la Medalla al Mérito en el Trabajo


   La provincia de Guadalajara recibió alguna de ellas para premiar la labor de algunas de nuestras gentes, mayoritariamente, como anteriormente se decía, de fuera de la provincia, aunque residentes en ella.

   Con motivo de los fastos celebrados en Guadalajara en el mes de septiembre de 1927, en aquella magna empresa de exaltación provincial que se llamó “El Día de Guadalajara”, y que daría origen a la creación de la “Casa de Guadalajara en Madrid”, dos obreros de la capital recibieron el tributo municipal con la concesión de una Medalla del Trabajo, no otorgada por el Ministerio ni el Gobierno. Fueron los obreros Antonio Olmeda y Juan Granizo Alcolea, de 74 y 75 años de edad, en quienes se quiso reconocer a los trabajadores guadalajareños.

    Un mes después, entrando ya en la oficialidad ministerial, se solicitó, y concedería, dicha Medalla, a don Francisco Aritio, como vicepresidente de La Hispano-Suiza; dos o tres meses después para D. Ernesto Villar, coronel director de la Academia de Ingenieros, ambos la colgaron en sus solapas en la categoría de plata, con el tratamiento de ilustrísimos señores; y se solicitó, aunque le llegó la muerte antes de que se formalizase el expediente, para D. Ramón Corrales, que fue secretario del Ayuntamiento de Guadalajara por espacio de cerca de cincuenta años, entre los últimos del siglo XIX y los comienzos del XX; y en junio de este año del que hacemos memoria, 1928, le fue prometida, aunque de bronce y tercera clase, a Lino Bueno, el picador de la roca que se convirtió en la Casa de Piedra de Alcolea del Pinar, en este caso llevaba el tratamiento de “Caballero”, la recibiría en septiembre de 1929. Este mismo año, 1928, en el mes de octubre, se solicitó para quien era médico de Jadraque, aunque natural de Barcelona, D. Domingo Bris Castellet, a quien se le concedió meses después. En los meses finales de 1929 se le concedió a don Cayo Vela, ilustre compositor quien, a pesar de haber nacido en tierras aragonesas pasó casi toda su infancia en la localidad de Horche, donde su padre ejerció de zapatero; meses, los últimos del año 29, en los que también se solicitó para el director de la banda provincial, don Román García Sanz. El Ayuntamiento de Guadalajara la solicitó para el inspector municipal, veterinario de profesión, don Narciso Valle, a los cincuenta años del ejercicio de su profesión, en 1930, y por fin, en el mes de enero de 1931 llegará la primera medalla conocida en Guadalajara, para colgar en la solapa de una  mujer, en la de doña Elena Sánchez de Arrojo, Presidenta de la Comisión Provincial de la Cruz Roja, entre otras muchas cosas.

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   Había pasado desapercibido para la provincia el que, a poco de que se crease la condecoración, una guadalajareña, Vicenta Ortiz Cuesta, natural de la pequeña población alcarreña de Sotodosos, la llevaba colgada. Vicenta fue una de aquellas mujeres que en los últimos años del siglo XIX salieron del pueblo con dirección a cualquiera de las capitales próximas a la provincia, para “servir”, como solía acontecer, hasta que el paso del tiempo las concediese un novio, después marido, que las retirase del oficio.

   Vicenta fue a servir a la casa de un conocido periodista don Manuel Troyano, director de alguno de los periódicos de postín de su tiempo, además de diputado, senador y unas cuantas cosas más, que contrajo matrimonio con doña Rita  Mellado, a su vez hermana de otro ilustre de las letras, don Andrés Mellado.

   Vicenta entró a servir en la casa de doña Rita y don Manuel, en la calle de Alcalá número 89, en el año de gracia de 1888, cuando contaba con diecinueve años de edad y llevaba cuatro ejerciendo el oficio en Madrid. Por la casa de los señores de Troyano ya había pasado otra de sus hermanas, que emigró a la Argentina, dejándole el puesto.

   Cuarenta años después los hijos de don Manuel Troyano solicitaron para la mujer que cuidaba de su madre la Medalla al Mérito en el Trabajo, y se la concedieron, en el apartado de bronce y para llevar el honroso título de “Señora”. Le fue impuesta por el entonces ministro de Trabajo, don Eduardo Aunós, en el mes de septiembre de 1929. El mismo mes en el que se la enviaron a Lino Bueno.

Vicenta pasó casi toda su vida en la casa de doña Rita Mellado


   Se había casado treinta años atrás con un obrero a quien terminaron colocando en la Casa de la Moneda, Felipe Hernández, y sin hijos que los sucedieran, a la muerte de ambos, Felipe en 1940 y Vicenta a los 86 años de edad, en 1957, sus sobrinos recibieron en herencia una casita en el número 44 de la carretera de Aragón, en el entonces pueblo de Vicálvaro, a donde el matrimonio, tras la muerte de doña Rita y la jubilación de Felipe, se retiró a vivir la soledad de sus últimos años de vida.

   Y la provincia nunca supo, quizá su pueblo tampoco lo conociese, que esta mujer, Vicenta Ortiz Cuesta, de profesión criada, o doncella, fue la primera mujer guadalajareña que, sin estar emparentada con la política, la cultura de las academias o la nobleza, recibió la primera Medalla al Mérito en el Trabajo que llegó a manos de una mujer de Guadalajara. Y su nombre saltó a las páginas de muchos de los periódicos nacionales. Lo mismo que su pueblo.

   Con ella se reconocía, o debía de reconocerse, a todas aquellas que  por aquellos, y los años que siguieron, salieron de sus pueblos a buscarse la vida de la única manera que pudieron, de criadas, cocineras o chicas del servicio. Las primeras que mandaron a sus pueblos y familias las primeras pesetas con las que las familias comenzaron a prosperar y que, habitualmente, no suelen ocupar titulares de prensa.     

Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la memoria
Periódico Nueva Alcarria
Guadalajara, 8 de marzo de 2019



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lunes, marzo 04, 2019

ISABEL MUÑOZ CARAVACA. La mujer que soñó un mundo justo

ISABEL MUÑOZ CARAVACA.
La mujer que soñó un mundo justo


Tomás  Gismera Velasco


   Doña Isabel Muñoz Caravaca (Isabel María Magdalena Josefa Muñoz-Caravaca y López de Acebedo), nació en Madrid el 3 de agosto de 1848; hija de un acaudalado matrimonio originario de Ciudad Real y Madrid. De Ciudad Real (Alcázar de San Juan), era el padre, Francisco; y de Madrid su madre, Alejandra.

   En Madrid estudió sus primera letras, y lo que era algo más extraño en una mujer de aquella época, estudio Bachillerato, música, francés…, e incluso obtuvo el título de maestra. Probablemente sin intención de ejercer ninguna de ellas ya que por aquel tiempo el futuro de la mujer se centraba en el matrimonio. Ella se casó el 7 de diciembre de 1874, en Madrid, con Ambrosio Moya de la Torre, hombre mayor que ella, catedrático de profesión, con varias especialidades, matemáticas, física, química, e incluso delineación.

   Doña Isabel, a la muerte de su esposo veinte años después de contraer matrimonio, solicitó una plaza de maestra, obteniendo la que en Atienza había dejado libre doña Escolástica Téllez. Llegó a Atienza en el verano de 1895

   Pero doña Isabel Muñoz Caravaca no era una maestra como las que Atienza había conocido hasta el momento, limitadas a enseñar a sus alumnas las nociones básicas, sino que llegando mucho más allá trataba de que sus alumnas entendiesen que en una sociedad dominada por los hombres, tenían los mismos derechos que ellos, entre otras muchas cosas. Lo que la llevó a constantes enfrentamientos con la sociedad atencina, con la iglesia, con el Ayuntamiento, e incluso con aquellos sectores que durante años dominaron la vida de la comarca.

   Presionada por esa sociedad que trataba de combatir, dejó su cargo de maestra a sueldo del municipio o del ministerio, en el mes de septiembre de 1902; no obstante continuó dando clases particulares, al tiempo que instauró lo que se llamó escuela de adultos, en lo que durante los años que continuaría residiendo en Atienza sería su domicilio particular, en la calle de la Zapatería, frente a la capilla de San Roque.

   A raíz de dejar de dar clases, doña Isabel comenzó una nueva labor, la periodística, que ya había  esbozado en la revista que, en 1898, vio la luz en Atienza, pasando después a Jadraque como “Alcarria Ilustrada”, donde escribió algunos artículos sobre lo que podríamos llamar “costumbrismo atencino”. En aquellos primeros conocidos combatió una de las festividades que ella entendió “bárbaras”, en Atienza, el descabezamiento de gallos el día de Jueves Lardero, y ya venía combatiendo otra de las fiestas nacionales con tanto arraigo en Atienza como fuera de la villa, las corridas de toros, como también la pena de muerte; al tiempo que trataba de que la mujer alcanzase los mismos derechos que los hombres.

   De su trabajo literario quedan decenas de artículos, la mayoría de ellos publicados en la prensa de Guadalajara, el semanario Flores y Abejas principalmente, así como en las revistas que republicaron en Atienza y Jadraque, “Atienza ilustrada” y “La Alcarria ilustrada”, así como, entre otros medios, en “El Briocense”.

   Su escritura es crítica y combativa. No hay aspecto de la sociedad que, imaginándolo discriminatorio o injusto contra algún sector, no lo combata. Al tiempo que se aventura a ofrecer soluciones para una tierra que ya, en aquella época, comenzaba a experimentar una creciente emigración por falta de iniciativas que renovasen la vida rural.


ISABEL MUÑOZ CARAVACA, MAESTRA DE ATIENZA  
   Doña Isabel, desde Madrid, llegaba a una población en la que había de dejar una profunda huella: “las personas se gastan rápidamente, yo cuando menos pertenezco a la historia local. Pero desde la historia podré aun ver a las que fueron mis alumnas aprovecharse de lo que fue el más firme empeño por mi parte”, escribió años después,  y así debió de suceder.

     La escuela de niñas se encontraba entonces en un viejo edificio junto a la muralla,  justo encima del que hoy todavía se llama “puerta de las escuelas viejas”, paralela al arco de la Virgen. El edificio, antes de dedicarse a escuela de niñas fue un antiguo telar al que se denominó la “fábrica”, edificio ya prácticamente ruinoso que había sido la Casa Grande los Bravo de Laguna: “Era una construcción tan rara que no tenía edad; había en ella tornapuntas y entarimados de hace cincuenta años, y sillarejos sentados hace siete siglos; era un caserón de varias épocas, apoyado en un lienzo de murallas que tuvo un metro y setenta y cinco centímetros largos de espesor. Se alzaba en el lienzo superior del lienzo de murallas, porque la inferior sirve para contener el terreno, y debió ser construido hace trescientos años. El interior era casi todo un salón destartalado”.  

   En el edificio había vivienda para la maestra, aunque no tardaría, debido al estado del edificio, en pasar a residir a una nueva vivienda de alquiler, en la calle de la Zapatería. Casa cómodo desde la que pudo ser testigo de primera mano de la vida social atencina, puesto que la calle era, sino la principal, una de las más transitadas de la población.

 



   Llegaba para dirigir una escuela a la que acudían poco más de treinta niñas, puesto que en aquellos años la mujer todavía está siendo educada para ser ama de casa. Isabel luchará con todas sus fuerzas, incluso acudiendo de puerta en puerta para hablar personalmente con los padres, para que las niñas asistan con regularidad a la escuela, algo que hasta antes de su llegada, no sucedía:

   Llama la atención en Atienza por sus extraña costumbres, a doña Isabel le gusta acudir al atrio de la Trinidad para ver la salida de la luna o la puesta de sol, y allí, cuando sus obligaciones se lo permiten, se la puede encontrar. Obligaciones que suman doce o catorce horas de trabajo diario.      

   No tarda en incorporarse a uno de los grupos atencinos que tratan de cambiar la población, para bien, el capitaneado por el entonces político, abogado y notario, Bruno Pascual Ruilópez, con quien comparte ideas uno de los médicos del pueblo, el doctor Solís y Greppi; el farmacéutico, algún que otro funcionario y poco más.

   No obstante ser una señora de ciudad, su llegada a Atienza, creará una gran expectación, por aquellas ideas que no tarda en dar a conocer, y aquella misma sociedad que la recibe con los brazos abiertos no tardará en oponerse a sus ideas, tan solo defendidas por su grupo de íntimas amistades, puesto que no tardará en comenzar a combatir las rancias creencias religiosas, y eso, en una población en la que la religiosidad está firmemente asentada desde siglos atrás, y que en esa época cuenta con no menos de seis sacerdotes, influirá para que de alguna manera incluso los padres de sus propias alumnas se vuelvan contra ella, aunque nada de eso le parezca importar.

   Desde su llegada luchará para que se edifique un nuevo colegio para las niñas, e incluso, asomada, como ella cuenta, al balcón que se cuelga sobre la muralla, ideará el edificio, con un amplio jardín y mucha luminosidad: “Desde el único balcón de mi labor, en lugar elevado y dominante yo me dedicaba por las tardes, concluida la sesión, a investigar los alrededores, buscando un local nuevo para escuela o un solar para construirla”. Claro que sus peticiones primeras serán desoídas por la primera autoridad municipal que no tardará en recriminarla con aquello que ella misma apunta de “está usted llena de caprichitos señá Isabel”.

   A lo largo del tiempo se la acusará de muchas cosas. De pertenencia a algunos partidos políticos o cofradías o hermandades masónicas prohibidas; ella, conforme contó, tan solo pertenecerá, a lo largo de su vida, a una hermandad, la Sociedad Astronómica.

   A lo largo de su vida se mostrará como una persona escéptica en lo religioso, con unas creencias propias. Cree en la realidad, en lo que puede verse o palparse; en lo que tiene una explicación razonada y razonable, lejos de interpretaciones más o menos místicas o supersticiosas.

   Luchará por lo que cree justo e incluso abogará porque se prohíba el uso de armas de fuego, pues como ella misma escribirá en alguna ocasión “parece que todo hombre que se precie necesita llevar una pistola”. Y, por supuesto, aunque acepte críticas a su labor u opiniones, no guardará silencio fácilmente. Hará contrarréplica a quienes la critican, argumentando sus razones, en ocasiones, con un deje de sarcasmo:

  Verán ustedes, a mí, que me han llamado tonta, por traslación, quiero decir, calificando mis actos de tonterías, no me enfado. Si eso de que soy tonta ya me lo sabía yo. Yo interpreto la palabra tontería como si me dijeran: ¡que mona, qué graciosa, qué bonita! Yo no tiro chinitas, suelo hacer observaciones diciendo con franqueza lo que pienso o lo que siento”.



ISABEL MUÑOZ CARAVACA Y LOS DERECHOS DE LA MUJER
   Isabel Muñoz Caravaca se declara abiertamente feminista en un tiempo en el que el feminismo, tal y como hoy lo conocemos tiene otro significado, puesto que en los años en los que doña Isabel se muestra como tal, las mujeres apenas tienen derechos en la sociedad: “Si, soy feminista, estoy en mi derecho”.

   En el artículo que titula “Mi cuarto a espadas”, da su definición sobre su feminismo: “Las feministas aspiran a la igualdad de todos ante la ley y en la familia, y quieren para nosotras y para vosotros todo el respeto, todas las consideraciones que individualmente merecemos y merecéis; las no feministas se entretienen, acertada o desacertadamente, en formar para ellas una moda, es decir unas costumbres, unas tendencias, en fin, femeninas”.

   Se opondrá a algunas ideas de Carmen de Burgos, Colombine, antes de que ésta se manifiesta abiertamente por los derechos de la mujer, y la criticará en varios artículos cuando Carmen de Burgos, residente en Guadalajara en el primer decenio del siglo XX, trate de aconsejar a las mujeres sobre algunos detalles de la vida, o ciertas supersticiones heredadas a través de los tiempos.

   Una de sus mayores cruzadas será a favor del voto de la mujer:
   Las mujeres son, moral e intelectualmente, iguales a los hombres; tienen derechos, los mismos que los hombres; si estos votan, aquellas deben votar, cuando estos sean legalmente aptos y elegibles para desempeñar cargos, aquellas deben serlo también. La mujer debe votar y admitir votos, pero esto en la plenitud de derechos, civiles y políticos, sin depender de nadie; es decir es un estado de equilibrio social más lógico y más equitativo que este que tenemos, y no se asuste nadie, esto, lo actual, es lo injusto y lo falso”.

   Ella no llegará a conocer los derechos adquiridos por la mujer, pero aquello, como tantas otras cosas, formará parte de sus sueños:

   Día llegará, pese a quien pese, en que la vida social, política, administrativa, literaria, estén a la par, en manos de hombres y mujeres. Entonces el ambiente, él solo, se moralizará. No quiero decir que las mujeres aporten nuevas virtudes, pero si cualidades, hoy negativas, positivas y creativas mañana. Las mujeres son seres morales como los hombres; intelectuales como los hombres, y por lo más o por lo menos, valen lo mismo que los hombres”.


ISABEL MUÑOZ CARAVACA Y LA ASTRONOMIA.
   Es, igualmente, una apasionada de la astronomía. De la observación de los astros y del universo y, por supuesto, observadora de los eclipses que tienen lugar en su época:

   “¡Hermoso espectáculo que, por desgracias, no tiene todos los seguidores que se merece!”

   Son varios los eclipses, tanto de luna como de sol, que tiene ocasión de contemplar, y de los que da cuenta a través de extensos artículos que, en la mayoría de los casos, son discutidos por quienes no la creen capaz; o piensan que una mujer no puede ser capaz, de alcanzar a conocer una ciencia, hasta ese momento dominada por los hombres; ciencia que, igualmente, transmite a su hijo Jorge, quien acompaña a su madre con ocasión de la visita del astrónomo francés Camille Flammarión a España a fin de seguir el eclipse total de sol que tiene lugar a finales del mes de agosto de 1905, y para el que, por mejor observarlo, ya que se ha establecido que aquel será el mejor punto, se desplazan hasta Almazán.

   Jorge Moya será el corresponsal especial que cuente, para Flores y Abejas, el desarrollo del acontecimiento desde el campamento que montan en las cercanías de Almazán, lugar al que se desplazan importantes periodistas de toda España; dando cuenta, igualmente, del recibimiento que se le hace al astrónomo francés:

   “A las diez y pico llegan Flammarión y su señora. El Ayuntamiento los acompaña al antiguo palacio de Altamira, propiedad de los señores Martínez Azagra, quienes galantemente ofrecen su casa al astrónomo. Las notas de la marsellesa se encargan de demostrar los sentimientos y el entusiasmo del pueblo de Almazán por la misión francesa… Vamos a la instalación del provisional observatorio, y queda constituida la misión Flammarión”.

   Su relato es apasionado, tanto por lo que observa, como por la calidad de las personalidades que allí se encuentran, entre ellas su madre, doña Isabel, pertenecientes la mayoría de ellos a la Sociedad Astronómica de Francia.

   El estudio de Isabel Muñoz Caravaca sobre el eclipse será ridiculizado por algunos periodistas españoles, no porque sea mejor o peor que el de otros astrónomos, sino porque es una mujer, lo que no causará en ella la más mínima molestia, aunque contestará firmemente a quienes la critican, ante todo al periódico madrileño Gedeón.

   De la mano de Flammarión visitará Francia en más de una ocasión. Unas veces para conocer los estudios de este, y otras para participar en asambleas de la Sociedad Astronómica, y continuará, desde Atienza, observando los astros, la luna, y dando cuenta de sus descubrimientos.




   Incluso en Atienza, escéptica para con ella en tantas cosas, se la respeta por la observación de los cielos, como sucede cuando, en el mes de agosto de 1907, se observa sobre sus cielos un extraño fenómeno que ella describe como el “cometa Daniel”, lo que le da pie para dar toda una lección sobre los planetas que giran alrededor de la tierra, desechando las supersticiones que suelen acompañar estas apariciones. Supersticiones que volverán con ocasión del paso del Cometa Halley en 1910.  Tras su paso, el 19 de mayo, y no sin cierto sarcasmo, se dirigirá a sus lectores:

   “En fin, se acabó el miedo. Ahora quedan comentarios para unos días. Con que adiós hermoso, que no tengas novedad; ya nos dejaste, ahora te veremos cómo te alejas…”

   Todavía tendrá ocasión de observar otro eclipse de sol en el verano de 1912, será el último para ella:
   Yo conocí, y recuerdo, el eclipse total del 18 de julio de 1860; tenía yo doce años aún no cumplidos; hizo un día espléndido y vi maravillada aquella magnífica corona solar… Después… a medias, muy a medias, me ha favorecido la suerte en los eclipses totales”.


ISABEL MUÑOZ CARAVACA Y LOS DERECHOS DE LOS MAESTROS.
   Para Isabel Muñoz Caravaca, el maestro ha de ser, ante todo, amigo del alumno, al que ha de respetar para obtener su respeto, oponiéndose por tanto al castigo físico, tan en boga en la época: “el castigo en las clases es el más antipedagógico de los procedimientos, sus resultados son negativos. No hay motivo jamás para pegar a un niño, para encerrarlo, para maltratarlo. Con los niños tenemos contraída la inmensa responsabilidad de educarlos, y esto no se consigue pretendiendo vengar en ellos nuestras humillaciones y nuestro abatimiento voluntario”.

   Su queja constante, que los maestros no están bien considerados: “Convengamos que los maestros, al menos los maestros españoles, no tenemos suerte. Hemos sido durante largo tiempo risible modelo para los caricaturistas”.

   Del mismo modo que reclamará, permanentemente para los maestros, incluso dirigiéndose al ministro del ramo (en esa ocasión el conde de Romanones), un salario digno que hasta ese momento no han tenido: si los sueldos son mezquinos que se aumenten, si son suficientes sufran sus descuentos como los demás sueldos del Estado; si se nos quiere privilegiar sin descuentos, venga el privilegio, pero no a consta de otro.

   Su pensamiento es que los maestros de primera enseñanza forman una de las colectividades más dignas; su misión es quizá la más honrosa de todas las misiones.

   Su concepto de la enseñanza es igualmente innovador: “Yo no podía hacer comprender a mis alumnos que 10 por 10 por 10 son 1000, al punto de hacerles admitir que un decímetro cúbico contiene mil centímetros cúbicos, hasta que hice construir mil piececitas de a centímetro y se las di para que jugasen con ellas”.

   Del mismo modo que celebrará que, por fin, en 1902, las maestras puedan pasar a formar parte de las Juntas de Enseñanza, hasta entonces dirigidas única y exclusivamente por los hombres.



ISABEL MUÑOZ CARAVACA Y LA IGLESIA.
   La falta de religiosidad, o de cultura religiosa, es una de las acusaciones que la perseguirán a lo largo de su estancia en Atienza y que la acompañarán durante el tiempo que viva en Guadalajara, hasta pocos días antes de su fallecimiento.

   Ella nunca se declarará como ferviente católica, más bien es una persona escéptica que analiza el por qué de las cosas y que, tratando de predicar con el ejemplo, más una vez se hará la misma pregunta: “Han pasado dos mil años, ¿cuantos pasarán hasta que seamos cristianos de veras?”

   Entiende que es una “devoción viciosa” la vieja costumbre arraigada en la iglesia, algo las rogativas. Ella se siente obligada a formar a sus alumnos: “los deberes de maestra ponen la pluma en mi mano, y apoyada en lo que dicen los pedagogos de que la Escuela educa a los padres por medio de sus hijos, obedezco a mi obligación, no solo de educar sino de contribuir a que se difunda la luz y la verdad más allá de mi escuela, si es posible”.

   El comentario viene a consecuencia de combatir el que sean sacadas las imágenes de las iglesias para pedir agua, o que cese una plaga de langostas: “En las escuelas de niños está mandado que se estudien principios de Agricultura: cualquier tratado elemental de esa materia enseñaría a los niños a despreciar supersticiones, y les diría que existen medios racionales para preservar en lo posible a las plantas de sus enemigos”.

   Estas opiniones no solo pondrán en su contra a los sacerdotes del municipio, igualmente lo harán los de fuera de él: “¿por qué nos dice que es una patraña el creer que el hisopo libre a los campos de los azotes ordinarios? ¿Por qué asegura que los conjuros no son medios racionales para preservar a las plantas  de sus enemigos? Por Dios señora, ¿quiere usted decir tanto como dicen estas frases?”. Le pregunta el cura del vecino pueblo de Hijes, Patricio Sánchez.

   La respuesta de doña Isabel es larga, la reduciremos a unas líneas que resumen todo su contenido: “Yo no voy contra las creencias religiosas de nadie; yo no hablo una palabra de religión en todo esto; porque yo no llamaré nunca creencias religiosas a las inconscientes credulidades del vulgo. Y ahora que me dirijo especialmente a un señor capellán pregunto: Si hay herejía  ¿dónde está? ¿En mis afirmaciones o en lo que llama mi contrincante prácticas del pueblo católico? No son católicas esas prácticas. El catecismo llama culto vicioso a la superstición, y en plena superstición nadamos”.

   Isabel defiende la igualdad, una igualdad que no se ejerce y va contra el cristianismo que predica la iglesia católica: “El Cristianismo se predicó y se extendió por el mundo. Hoy, prescindiendo de matices y detalles, es la religión de todos los pueblos cultos; la única creencia religiosa que cabe dentro de la moderna civilización. ¿Podemos decir que hemos cumplido exactamente el mandamiento que se nos dio? Nada más bello que la misión que se impuso el Cristianismo, pero la misión completa, aquella en que cabe lo mismo el soñador idealismo de su origen oriental que la lógica positiva de nuestros días; reunir a los humanos sin distinción, a todos, altos y bajos, grandes y chicos, sabios e ignorantes, hombres y mujeres… Nuestro Padre está en el Cielo, nuestra morada es la tierra. Dios no ha creado castas, ni clases, ni especies, esas son obras nuestras”.

   Su enfrentamiento con el padre Cadenas, predicador en Atienza que exacerbó a los vecinos contra ella, llamándola impía, continuó en Hiendelaencina, donde Cadenas hubo de ser rescatado por la Guardia civil. Parece que se atrevió a insultar a los mineros por no acudir a la iglesia. En cambio Isabel, al conocer la noticia, no carga contra él, sino que lo compadece: “El buen sentido de todos debe remediar y mejor, evitar estos sucesos lamentables, el de los oyentes haciendo caso omiso de las exageraciones de la misión, el del misionero recordándole que las imposiciones ya no son posibles para nadie, ni viniendo de nadie; que deje en paz la conciencia de todos, que la independencia y la libertad de esa conciencia es la más grande, la más bella de las conquistas de nuestro tiempo”.

   En uno de sus artículos, 28 de abril de 1908, que titula: “Ayuno con Abstinencia”, Isabel crítica esta práctica sin que le falten argumentos para hacerlo: “En Atienza el jueves y el viernes santo no se comen manjares vedados, pero como no se veda beber en día de ayuno, aquí se bebe, es la costumbre. Se bebe limonada, en exceso, y los excesos conducen a lo todo lo malo”.

   Aunque sin duda lo que más le duele es que, residiendo ya en Guadalajara, las mujeres preguntan a su servidumbre cuáles son sus opiniones religiosas, que el 10 de noviembre de 1912, explica en un largo artículo que titula: Explicaciones.

   “Respeto las ideas religiosas de todo el mundo; todas las opiniones religiosas civilizadas las respeto; que cada cual crea lo que mejor le parezca o lo que le hayan enseñado”.


ISABEL MUÑOZ CARAVACA Y LA PROVINCIA DE GUADALAJARA
      “Sin salir de casa tenemos en la provincia parajes amenos, lugares que nadie celebra porque apenas se conocen”.

   Lo escribe doña Isabel con motivo de uno de sus muchos viajes por la comarca de Atienza, el que la lleva, en el verano de 1901, hasta Bustares.

   El viaje, como no puede ser de otra manera puesto que no existen las carreteras, lo realizarán, en compañía de su hijo Jorge, del hijo del médico de Bustares y de uno de los conocedores del terreno, Perico Rodríguez, perteneciente a su círculo de amistades atencinas, más andando o a lomos de los humildes pollinos del país, hechos a llevar cargas de todo género. En Bustares se alojará en la casa del médico, don Claudio Casado.

   En el artículo, que titula “Al través de la provincia”, desgrana todas sus dotes de auténtica narradora y animadora a la formación de una nueva cultura, la turística que, según ella, ha de ser el futuro económico provincial.

   No faltan las acotaciones a su pasión astronómica: “no he de olvidarme las noches espléndidas que seguían a los días de nuestro viaje. Júpiter, Saturno, la Luna en creciente, estrellas a millones de todas magnitudes, contempladas sin aparatos, es verdad, pero también sin obstáculos, sin límites, sin brumas, y en la disposición de ánimo necesaria para comprender y admirar”.

   Las descripciones de los lugares, tanto de los que pasa, como de las poblaciones adyacentes, constituyen una evocadora remembranza de la vida rural de aquellos entonces apartados lugares: “Dejamos atrás a Zarzuelilla, un pueblecito encajado en bouquet de verdura semejante a un lindo juguete, y llegamos a Valverde, el pueblo de las cerezas, a que debe su celebridad por estos contornos. Es precioso, sus casas, completamente rústicas, hechas de una mampostería primitiva que se reduce a la superposición de láminas de pizarra, y piedras rojas de óxidos de hierro; de poca elevación y amplias cubiertas, de corte elegante. Todas ostentan una parra, cuyos tallos verdes se enroscan caprichosamente por las desigualdades de la fábrica. En la plaza un árbol enorme, muchas veces centenario, sosteniéndose en un desamparado lienzo de corteza, da al viento, a gran elevación, hermosas y robustas ramas”.

   Si algo la duele, profundamente, es que sus obligaciones en Atienza no le permitan realizar cuantos viajes desea para conocer aquellos poblaciones de ensueño, si bien se contenta con hacer uno de estos viajes con cada mes de agosto: “Ahora heme aquí de nuevo en mis tareas ordinarias, pero conservando de la expedición pasada un recuerdo imborrable, y soñando en el proyecto de otra para el año que viene”.


ISABEL MUÑOZ CARAVACA, Y LA FIESTA DE LOS TOROS
    Son muchas las cosas que a lo largo de su vida combatió Isabel Muñoz Caravaca, una de ellas, las corridas de toros: “he estado tres veces en los toros, una porque me llevaron, las otras dos he ido yo con deseo de estudiar a las multitudes en un estado psíquico que me parece curioso. A las corridas de pueblo no he ido nunca”.

   Ante sus airados escritos se ve en la obligación de dejar señalado que no pertenezco a ninguna sociedad protectora de animales y que hay distancia enorme entre servirnos de los animales para sustentar nuestra vida y sacrificarlos despiadadamente para nuestra diversión.

   Puede entender, de alguna manera, las corridas de toros que se celebran en las capitales, donde se reglan, pero lo que no entenderá son las corridas de toros en las plazas de pueblo, en las que no existe, aparentemente, ley ni orden: “En los pueblos no hay auxilios, no hay lujo, no hay arte; no hay sino un recinto mal cerrado; una gradería mal segura; dos o tres malos toreros o media docena de hombres que no saben torear, encerrados con una fiera, frente a la muerte horrible, al ensañamiento brutal del toro, y sirviendo de innoble espectáculo a una multitud que ha depuesto sus sentimientos humanos; esa multitud es el pueblo entero cuyas casas se cierran. Las corridas de toros, las de pueblos especialmente, manchan nuestras costumbres”.

    Del mismo modo que no puede entender que, mientras los estudiantes en Madrid no acuden con regularidad a las corridas de toros, sí que lo hacen en los pueblos, dejando de lado otras obligaciones: “habrá alumnos que cursen en las universidades de Madrid, de Barcelona o de Sevilla, sin haber pisado las plazas de toros; en cambio a la lidia o capea anual de cada pueblo no falta ni el más insignificante arrapiezo: Va el que no anda, el que no habla, el que no comprende: no importa que no pueda marchar solo, para eso están los brazos de su madre. Para llevarle a los toros y así contribuir inconscientemente a la educación en sentido contrario de las facultades morales del niño”.

   Tampoco las mujeres escapan a su crítica, cuando estas acuden a los festejos: “Las señoritas de las pequeñas localidades se adornan para la corrida anual con sus trajes vaporosos recién hechos; esos que llaman modistas y revisteros de modas confecciones ideales; las señoras, las madres con los trapitos de cristianar guardados cuidadosamente durante todo el año, ¿qué espectáculo es el que merece tanto? ¿A qué tanta exaltación de lujo? ¿Se enojarán conmigo mis lectoras porque les hablo así? Digo la verdad, desnuda, cruda, tan realista como el motivo que la provoca. Que no me lo tomen a mal. Yo, aunque discutida, soy por encima de todo educadora”.

   Más tarde aclara: “Yo no gusto de hacer ni de que se haga daño a ningún animalito: por ahí andan artículos míos contra las corridas de toros, y otros muy repetidos contra la costumbre local, que sinceramente juzgo inhumana, de algunos pueblos en que se acostumbra que los niños vayan a correr gallos, esto es a matarlos a palos…”


ISABEL MUÑOZ CARAVACA Y LA PENA DE MUERTE.
   Qué Isabel Muñoz Caravaca es contraria a la pena de muerte lo deja señalado en multitud de ocasiones. Tal vez la primera en la que abiertamente se muestra en contra, sea con ocasión de la condena a la que son sentenciados dos vecinos de Albendiego, que han de ser ajusticiados en la villa de Atienza, en cuya cárcel se encuentran, con anterioridad ya ha mostrado su repulsa a dichas condenas en otras localidades, como sucediese en Brihuega, no obstante la causa de Albendiego la toma como algo propio:

   Un día de luto amenaza al pacífico vecindario de Atienza; va a pagar culpas de otros con un espectáculo atroz; en su recinto, dos hombres van a morir en expiación de un tremendo delito”.

   Isabel no está en contra de la condena. Si de que Atienza se manche de sangre con el ajusticiamiento de aquellos hombres que, indudablemente, merecen un castigo por su delito. Cualquiera menos la muerte:

   “El crimen merece castigo; la sociedad ofendida una reparación; pero no hay sanción penal; no hay reparación posible que valga como ejemplo a la conciencia popular, lo que vale un acto de clemencia. Afortunadamente hay quien puede ejercer ese acto; insistimos, suplicamos; no olvidemos que hemos nacido en una sociedad civilizada y cristiana; que desde nuestra niñez aprendimos, no a pedir venganza de nuestros ofensores, sino a exclamar invocando el nombre de Dios: ¡Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores!”

   Finalmente Atienza no se verá salpicada por la ejecución. En el último momento llegaría la clemencia.

   La famosa causa de Mazarete, en la que se condenó a dos hombres inocentes y que a punto estuvieron de ser ejecutados por un asesinato que no habían cometido, será otro de los casos que remuevan no solo a la conciencia provincial, también a la nacional. Isabel Muñoz Caravaca volverá a ser una de las pioneras a la hora de plasmar su firma en contra de la sentencia, y del caso, que finalmente será revisado y exculpados los procesados:

   “Un día llegará en que se borre de todos los códigos la horrible, la irreparable pena de muerte; si nosotros no existimos, la sociedad existirá, ¡qué dicha, aunque sea póstuma, la de los que puedan aquel día gloriarse de que se anticiparon a abolir el ignominioso suplicio en sus conciencias!”

   No solo se ocupará de los casos que atañen a la provincia, igualmente se posicionará con la famosa causa de Cullera de 1911; abogará por los procesados de Maranchón, en lo que ya será una de sus últimas batallas, pues el resultado final se conocerá a fines de 1914, cuando la enfermedad se ha hecho dueña de ella:

   “Yo estoy viviendo mis últimos días, y creo poder esperar que mi alma saldrá casi blanca de esta miserable envoltura; me educaron ¡Dios bendiga a los que me educaron! dándome valor y energía para afrontar las dificultades de vivir, pero ¿y si me hubieran abandonado dejándome a la barbarie primitiva? ¿Puedo asegurar que no hubiera delinquido como esos delinquieron? ¡Una vez más, perdón, perdón…! Imploradla, con palabras, con lágrimas, con lo que sea… son nuestros semejantes, nuestro prójimo, nuestros hermanos; y vosotros os preciáis de discípulos de Aquél que murió en una Cruz perdonando a sus enemigos y legándonos su ejemplo…”

   A los reos de Maranchón les será conmutada la pena de muerte en el mes de octubre de 1914.


  
ISABEL MUÑOZ CARAVACA, SU FINAL.
   En 1914 la enfermedad comenzó a apoderarse de ella, aunque trató en todo momento de sobreponerse al mal. Detestaba, por encima de todo, que la compadeciesen, y así lo hizo saber al director de Flores y Abejas cuando el semanario dio cuenta del mal que la aquejaba.

   Falleció en la madrugada del 28 de marzo de 1915. Siguiendo sus instrucciones, Flores y Abejas, el semanario para el que más escribió, se limitó a publicar la esquela dando cuenta de su fallecimiento.

   Otros semanarios de Guadalajara ampliaron la noticia, dando cuenta de su personalidad, como El Liberal, La Orientación, o La Palanca.

   Recibió sepultura en el cementerio de Guadalajara la misma tarde de su fallecimiento. Un domingo que quedó marcado para una parte de la historia literaria, artística y cultural de Guadalajara. Al cementerio la acompañaron, desde el Alcalde de Guadalajara, a la mayoría de los maestros de la ciudad.

   Atrás dejaba una inmensa obra, en forma de artículos periodísticos; así como media docena de libros de temática docente, como “Principios de Aritmética”, o “Teoría del Solfeo”.

   Uno de sus principales y mejores biógrafos, Juan Pablo Calero Delso, la definió al publicar su obra en 2006 como “Mujer de un siglo que no ha  llegado aún”. Acertadas palabras para la vida y obra de una mujer que, sin duda, se adelantó a su tiempo. La agradaría conocer que, al día de hoy, muchos de  sus sueños se han cumplido.

Isabel Muñoz Caravaca, Maestra, ensayista, pionera de los derechos en favor de la igualdad de la mujer, nació en Madrid el 3 de agosto de 1848; falleció en Guadalajara el domingo 28 de marzo de 1915.

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