Blog dedicado a la biografía breve de personajes destacados y curiosos de la provincia de Guadalajara, hasta el siglo XX, por Tomás Gismera Velasco.-correo: atienzadelosjuglares@gmail.com

miércoles, agosto 30, 2017

MARIANO BARBERÁN El héroe del Cuatro Vientos



MARIANO BARBERÁN
El héroe del Cuatro Vientos

Tomás Gismera Velasco

   El capitán del cuerpo de aviación Mariano Barberán y Trós de Ilarduya, se sentía intranquilo la mañana del 8 de junio de 1933 ante el cúmulo de acontecimientos que, aquel día y los sucesivos, le aguardaban. Aquella mañana el presidente de la República española, don Niceto Alcalá Zamora le iba a imponer la Gran Cruz de Isabel la Católica, a modo de despedida, y reconocimiento por el vuelo que estaba a punto de iniciar. El primero entre Europa y América, o entre Sevilla y La Habana, directo y sin repostar, a bordo de un avión que, a pesar de tener patente francesa, se había construido, íntegramente, en España. Desde el palacio de Oriente, residencia del presidente, un vehículo lo trasladó al aeródromo.

   A las cuatro de la tarde, entre el aplauso y palabras de ánimo, Joaquín Collar, su piloto, puso en marcha el motor del aparto. Tomó tierra en Sevilla a las siete y catorce minutos, con precisión, en la misma pista desde la que efectuaría el despegue hacía La Habana en el momento que las condiciones atmosféricas lo permitiesen.

   Pasaban de las cuatro y media de la madrugada del día 10 cuando ambos pilotos corrieron el cristal de sus cabinas cerrándose en el interior. A las cinco menos veinte el avión comenzó a deslizarse lentamente en medio de una impresionante polvareda en dirección al puente de San Juan de Aznalfarache, donde concluía la pista. Mariano marcó el rumbo siguiendo el cauce del Guadalquivir hacia las marismas. El rumbo que los llevaría al Nuevo Continente. siguiendo el mismo rumbo que llevó Cristóbal Colón. Salieron al Atlántico entre la Puerta de Malandar y la Torre de la Higuera. 



   Apenas el Cuatro Vientos levantó el vuelo, las agencias de información transmitían la noticia:
   "Acaba de elevarse el Cuatro Vientos en forma magnífica…"

   Apenas habían pasado treinta minutos desde el despegue cuando los aviones de escolta, tras el saludo y la despedida regresaron a la base. A partir de ese momento no habría más noticias hasta que llegase, si es que lo hacía, a su destino.

   Cuando estaban a punto de cumplirse las treinta y siete horas de vuelo, ante los ojos de los pilotos, como si se tratase de la tierra prometida, se dibujó sobre el Océano la bahía de Samaná. Respiraron aliviados, podrían o no alcanzar la meta final del aeropuerto de La Habana, de lo que ya no quedaba duda era de que lograron cruzar el Atlántico y alcanzado el continente americano, puesto que estaban volando sobre la tierra mítica de La Española.

   A las cuatro menos veinte minutos de la tarde del día 11, hora cubana, el Cuatro Vientos volaba en dirección a Santa Clara. Había sobrepasado Guantánamo y Camagüey. Bajo el avión los cañaverales se tendían inmensos, como una alfombra verde y amarillenta dispuesta a acariciar y acompañar su paso, cuando los ojos de Joaquín Collar se fijaron, una vez más, en el indicador de combustible. Los indicadores anunciaban que estaba a punto a agotarse, y que no llegarían a su destino oficial, por lo que estaban obligados a tomar tierra.


   Tras hacer un giro de 180 grados, retornó sobre sus cielos. Sobrevoló los cielos de Camagüey y luego, dejándose caer, comenzó a rodar por la pista hasta detenerse cerca de la cabecera, a doscientos metros del único barracón visible.

   Pasaban cuarenta y tres minutos de las tres de la tarde, hora local. Las nueve y cuarenta y tres minutos de la noche en España. Habían recorrido siete mil seiscientos kilómetros en treinta y nueve horas y cincuenta y cinco minutos. En los depósitos quedaban apenas cien litros de gasolina.

   Desde el barracón, por cablegrama, se comunicó la noticia del feliz aterrizaje al presidente de la República española. Igualmente el teléfono sirvió para ir comunicándola a través de la isla, mientras las autoridades de Camagüey se disputaban el honor de llevar a los pilotos en sus propios vehículos. Subieron en el del cónsul de España en la ciudad, don Luis Roca de Togores. Entraron en la ciudad por la avenida de las Palmeras, donde cientos de personas los aclamaban y trataban de saludar, corriendo detrás de los vehículos.

   Los relojes marcaban en España la una de la madrugada del lunes 12 de junio cuando el gabinete militar del ministerio de la Guerra hizo entrega a la prensa de un boletín oficial que anunciaba la noticia del aterrizaje: El trayecto recorrido en el vuelo es de 7.885 kilómetros, lo que supone una media de 190 kilómetros a la hora. El consumo debe de haber sido ligeramente superior a lo previsto, pues resulta una media horaria de unos 130 litros. El ministerio de Estado ha comunicado por teléfono que el vuelo hacia La Habana lo emprenderían los aviadores españoles en las primeras horas de hoy día 12.


   Eran las cinco y quince minutos de la tarde cuando el tren de aterrizaje se deslizó mansamente por la pista, hasta quedar detenido junto a la Escuela de Aviación, tras tomar tierra en el aeropuerto de La Habana. A través de la megafonía se escuchaba música española. Allí, Mariano Barberán entregó al capitán Paco Vives, agregado militar en la embajada de España, la carta de navegación.

   En el automóvil descubierto del embajador hicieron su entrada en la ciudad, precediendo a la gran caravana que los seguía y a la multitud que los aclamaba a ambos lados de la carretera, así como a lo largo de las calles por las que la comitiva discurría.

   Una ciudad que parecía haberse vuelto loca en torno a Barberán y Collar. El primer lugar al que acudieron fue al Casino Español, en el Paseo de Martí con San Rafael, al lado del Centro Gallego, donde se reunieron un buen número de asociados llegados desde todos los puntos de la isla. Los alrededores del edificio se encontraban colapsados por cientos de personas que los trataban de tocar sin dejar de vitorearlos.

   Mariano Barberán y Joaquín Collar tuvieron que salir al balcón a saludar, junto al presidente Alfredo Cañal y al propio embajador.

   En el mismo vehículo que los trajo fueron conducidos a través de las abigarradas calles de La Habana a la redacción del Diario de la Marina. Allí otro tipo de público los aguardaba. Los industriales, políticos, banqueros, comerciantes y sobre todo periodistas.

   Tras los saludos, las primeras felicitaciones y las fotografías en la escalinata, accedieron al piso principal donde tendría lugar la recepción oficial ante los micrófonos de la Mackay Radio, a través de los cuales el capitán Eduardo Laborde les dio la bienvenida.

   Tras abandonar el Diario de La Marina, los llevaron a las redacciones de dos nuevos diarios, El País y El Mundo. Desde allí, por fin, se dirigieron al hotel. El gentío ocupaba los alrededores, e incluso a algunas personas las hubo de detener la policía cuando trataban de encaramarse a las palmeras del paseo en un último intento por alcanzar a ver a los pilotos. En sus habitaciones del Plaza, don Luciano López Ferrer, el embajador, dio cuenta a Mariano Barberán de lo que serían las próximas horas en La Habana, una agenda demasiado apretada para los días venideros; sin descanso, pasados entre fiestas, homenajes y recepciones.

   El 19 de junio era el último de estancia en la isla. A las tres y media de la madrugada del día 20, la hora convenida con Mariano para que el embajador los pasase a recoger, ordenó Modesto Madariaga, mecánico del aparato, que situasen el avión en la pista. Había que continuar vuelo a Ciudad de México y, después, la gloria. A Chicago, a la Exposición Universal dedicada a la aviación, donde medio mundo los esperaba.


   En contra de lo que imaginaron las calles de La Habana se encontraban inusualmente desiertas, lo desapacible de la noche y la ligera llovizna mantenía en sus casas a los habaneros en el momento de la despedida, no obstante, a Campo Columbia, el aeropuerto, habían ido llegando unos pocos cientos de invitados que serían testigos de la partida del avión.

   Tras los últimos fogonazos de los fotógrafos ocuparon su lugar en las respectivas cabinas. A las 5,35 se puso en marcha el motor. A las 5,55 de la madrugada habanera de ese 20 de junio, el Cuatro Vientos levantaba el vuelo, describió media circunferencia a la izquierda y se perdió buscando altura en medio de la lluvia.

   La Pan American Airways, el Gobierno mexicano, así como las distintas emisoras de radio que estaban dispuestas a retransmitir en directo el paso del avión por su territorio hasta la llegada a Balbuena, aeropuerto de Ciudad de México, registraron el paso por diferentes observatorios, hasta poco antes de alcanzar el Estado de Chiapas. Por el obervatorio de Citás, en Yucatán, pasaron a las 8,45. Por el de Ticul a las 9,10. Hecelchakan a las 9,30. Campotón a las 9,55. Sabancuy a las 10,10. Isla Aguada a las 10,25 y Ciudad del Carmen a las 10,45.

   En aquellos momentos en el campo de aviación de Balbuena, en Ciudad de México, una auténtica multitud aguardaba pacientemente la llegada. El número de personas que entonces se congregaba en torno a la pista de aterrizaje se cifraba en cincuenta mil, y los accesos estaban colapsados por la multitud que trataba de llegar a las pistas.

   En una larga caravana de autos oficiales que los trasladaba desde la capital federal, llegaron el general Plutarco Elías Calles, junto con el presidente de la República, seguido de su gabinete ministerial, gran número de senadores y diputados, gobernadores de los estados vecinos, una nutrida representación del cuerpo diplomático, así como los presidentes y secretarios de los principales centros regionales de España en México. Tampoco faltaba el embajador español, don Julio Alvarez del Vayo quien con el personal de la Embajada, ocupó lugar de honor entre los dirigentes de la República, en el palco frente al que se detendría en su momento el avión.

   Poco antes de las cuatro de la tarde, los 21 aviones que compondrían las escuadrillas de honores, al mando de los coroneles José León y Roberto Fierro, comenzaron a despegar con la misión de encontrar en el aire al Cuatro Vientos y llevarlo a Balbuena. En los alerones de los aparatos se instalaron cámaras dispuestas para rodar cada minuto de la llegada y no perder un solo movimiento del acontecimiento.

   El júbilo estalló entre los congregados cuando, apenas una hora después de alzar el vuelo, las escuadrillas de honores sobrevolaron nuevamente el aeropuerto. Todos pensaban que, tras ellos, y de un momento a otro, el Cuatro Vientos seguirá su estela. Pero no era así. Del Cuatro Vientos se había perdido todo rastro.

   Poco antes de las diez de la noche, en medio de un silencio expectante, el presidente Rodríguez junto al general Plutarco Elías Calles abandonó el aeródromo de la misma forma en la que lo fueron haciendo los invitados gubernamentales a lo largo de la tarde, mientras la inmensa mayoría del público, bajo la lluvia, al abrigo de sus paraguas, continuaba sin moverse de sus lugares respectivos.


   A medianoche, el embajador Alvarez del Vayo se dirigió al público que quedaba en las pistas de Balbuena, la mayoría emigrantes españoles, para pedirles que se retirasen pero que mantuviesen la esperanza, convenciendo a los presentes de que el Cuatro Vientos, obligado por la tormenta, aterrizó en otro lugar con peores medios de comunicación y que, por supuesto, a primeras horas de la mañana, llegarían noticias.

   Pero no llegaron. Miles de personas lo buscaron por tierra, mar y aire a lo largo de un interminable mes, sin encontrar la más ligera pista.

   El Cuatro Vientos se perdió en las alas del viento, o  del misterio, o de la historia; después de escribir la, hasta entonces, mayor hazaña aérea de la aviación europea: cruzar el Atlántico en vuelo directo y sin repostar.

   Y la hazaña la había llevado a cabo un hombre, Mariano Barberán y Tros de Ilarduya, nacido en Guadalajara el 14 de octubre de 1895.


martes, agosto 29, 2017

JOSÉ SERRANO BATANERO. CIFUENTES FUE SU CUNA



JOSÉ SERRANO BATANERO. CIFUENTES FUE SU CUNA

Tomás Gismera Velasco
En Henares al Día.com

   José Serrano Batanero saltó al mundo del periodismo, de la España en grande, en el mes de marzo de 1905, a raíz de uno de aquellos sucesos que tuvieron lugar en su tierra natal de Cifuentes, y al que la historia puso el título de “El crimen del Ermitaño”.

   Contaba con apenas 24 años de edad y estaba metido de lleno en sus estudios de Derecho en la Universidad de Zaragoza, donde, como su primo Francisco Layna en Madrid, demostró tener capacidad de líder, ya que comandó las milicias estudiantiles en los congresos escolares que tuvieron lugar en aquellos años en Zaragoza, Valencia y Barcelona.



   Para 1910 ya era abogado en ejercicio, y periodista por vocación. En Madrid ganaba pleitos, y en Guadalajara publicaba artículos que hablaban de su pueblo: Cifuentes. Antes había recorrido medio mundo en aquellos sueños bohemios de un chico de bien, como él mismo diría: Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, Brasil, Méjico, República del Ecuador, toda la América, en fin, del Sur y gran parte de la del Norte.  Por supuesto, Europa, también.

   Su fama de buen letrado en causas penales lo lanzó al estrellato mediático de los abogados de prestigio. Sus primeros casos fueron seguidos por la prensa, que ensalzó sus alegatos en defensa de sus patrocinados, y si comenzó con el simple crimen de un pinche de cocina, poco a poco fue ascendiendo en el escalafón legislativo hasta llegar a intervenir en casos tan de película como “El crimen del Capitán Sánchez”; el no menos famoso del “Café de Fornos”… y tantos más. Don José, Serrano Batanero, protagonizó una de aquellas escenas que ha traspasado la frontera del tiempo, al presentarse con los hijos de su condenado capitán Sánchez ante las puertas del palacio real para, cuando saliese el rey, pedirle clemencia para su condenado a muerte. Que no la logró.

   Antes de eso entró a formar parte de los jóvenes liberales que andaban a medio camino entre el mundo de la cultura y el de la política, cuando Maura se retiró de la escena corriendo el año de 1913. Serrano Batanero se reveló como un gran orador, fama que le acompañaría el resto de su vida, protagonizando innumerables encuentros de carácter político, o dando conferencias sobre los más diversos temas, con preferencia relacionadas con el mundo de la abogacía y los derechos humanos. 



   Su fama como abogado penalista creció con el paso de los años, siendo uno de los tres o cuatro abogados imprescindibles en la prensa diaria. A lo que contribuyó en gran manera el fotógrafo Alfonso, autor de muchos de los fotogramas judiciales en los que Serrano Batanero intervino, y con quien mantendría una profunda amistad llegando, Serrano Batanero, a ser testigo en las bodas de los hijos de Alfonso.

   A aquel mediático del capitán Sánchez siguió otro no menos atrayente, el llamado “Crimen de Cabanillas”, y a este algunos más que hicieron que en su bufete no faltase el trabajo, ni a las puertas de su casa los periodistas dispuestos a entrevistarlo. Su fama traspasó los límites de Madrid o Guadalajara, siendo constantemente invitado a dar charlas o conferencias en diversas provincias. A nada se negó, y menos aún a entrar en política cuando de resultas de sus actuaciones fue propuesto para tomar parte de la provincial, en un principio, desde la que dar el salto a la nacional.

   Siguiendo la carrera que ya habían tenido algunos miembros de la familia Serrano Sanz, entre ellos su padre, optó a un puesto de diputado por Guadalajara en 1919 enfrentándose al todopoderoso Sr. Brocas, por lo que fue derrotado. Compaginando estos primeros flirteos políticos con su imparable ascenso como abogado penalista que lo llevaron a que el Ayuntamiento de Madrid pusiese calle a su nombre, descubierta a modo de homenaje en aquel decenio. A aquellos casos que intrigaban al pueblo se unieron otros de no menos interés político, llegando a actuar en el proceso sobre el asesinato de Eduardo Dato defendiendo a Luis Nicolau, quien sería condenado a la última pena. Años después, en 1935, sería igualmente uno de los abogados defensores de los encausados en el llamado “proceso del octubre rojo” que tuvo lugar en el cuartel del Conde-Duque de Madrid, donde se juzgó a las milicias socialistas que desencadenaron los sucesos de la revolución de octubre de 1934. Significándose después en el juicio sobre los sucesos de la calle de Magallanes, por terrorismo, contra algunos tranviarios madrileños. Y más adelante sería uno de los juristas que hubo de verificar la legalidad del proceso llevado a cabo contra los capitanes Galán y García Hernández en de Jaca. Igualmente fue el abogado defensor de Pablo Iglesias en los procesos que se siguieron contra este.


   En las primeras elecciones legislativas que tuvieron lugar tras la proclamación de la República, en 1931, Serrano Batanero obtuvo un acta de Diputado por Guadalajara, presentándose en las listas del partido socialista, si bien dentro de Alianza Republicana. Fue Serrano Batanero el primero en presentar el acta de Diputado en el Congreso, correspondiéndole por ello abrir la primera sesión legislativa de las primeras cortes republicanas, en la que fue elegido presidente Julián Besteiro.

   Había iniciado con aquello un ascenso imparable dentro del partido, y de la sociedad política española. Poco tiempo después sería nombrado Presidente del Consejo de Administración del Monte de Piedad, futura Caja de Ahorros de Madrid y luego Bankia, en donde se distinguió, a juicio de la prensa, en su persecución para acabar con el chalaneo de los prestamistas, desbancando de los cargos a la nobleza, para ser del pueblo y para el servicio del pueblo.

   En esta misma época se distinguirá como defensor de los derechos de la mujer, dando charlas y conferencias a favor del voto femenino y de la igualdad, en unión de Victoria Kent. De la misma forma que será un acérrimo defensor del idioma español, hasta hacer que durante la Conferencia Interparlamentaria celebrada aquellos años por Diputados de todo el mundo, uno de los idiomas oficiales fuese el español. Logro personal que explicaría con palabras sencillas: Hasta ahora por convenio internacional los únicos idiomas reglamentarios eran el francés, el inglés y el alemán, los españoles se negaron a hablar en aquellos idiomas y en consecuencia el español tuvo que ser aceptado. Quien se negó a hablar en aquellos idiomas fue el propio Serrano Batanero, representante español junto a Clara Campoamor, y algunos senadores más.


   El estallido de la Guerra Civil llevó a Serrano Batanero a significarse más profundamente con el pueblo. A comienzos de 1936 había sido nombrado Consejero permanente de Estado, y tras aquel vendrían otros, entre los que figuraron el de Presidente del Comité Directivo de la Confederación Española y del Instituto de Crédito de las cajas generales de Ahorro, cargo del que dimitió a comienzos de 1937 para pasar a ocupar un cargo de concejal en el Ayuntamiento de Madrid, presidido entonces por Rafael Henche de la Plata.

   En meses sucesivos sería Consejero Delegado de Tranvías; Consejero de Cultura; Consejero del Monte de Piedad… Y en función de tales cargos, así como por sus indudables dotes oratorias, recorrió los frentes madrileños de la guerra dando charlas, rechazando, cuantas veces se le propuso, ocupar ministerios. Formando parte junto a otros conocidos abogados, entre ellos Victoria Kent, del comité de “Abogados Antifascistas”, entre otras muchas asociaciones siendo, desde su cargo en el Ayuntamiento de Madrid, uno de los responsables de la protección y evacuación del Museo del Prado, al tiempo que ejerció de anfitrión a las delegaciones extranjeras que por aquellos días visitaron Madrid.


   En ningún momento, ni antes ni después de la guerra, mostró deseos de abandonar Madrid. Tampoco quiso marchar al exilio cuando la guerra estuvo perdida para los republicanos, no oponiendo ninguna resistencia a su detención, al término de aquella.

   Fue juzgado en consejo de guerra acusado de “auxilio a la rebelión”, puesto que no se le pudieron probar otro tipo de delitos, encargándose de su propia defensa y dirigiéndose a los miembros del tribunal que lo juzgaba como “señores rebeldes”, haciendo una alocución en la que con los códigos militares en la mano demostró a sus juzgadores que ellos eran quienes debieran enfrentarse al tribunal. Y entendiendo que aquellos habían cambiado las leyes para juzgar a sus adversarios, y sintiéndose por tanto él mismo adversario de quienes lo juzgaban, solicitó su propia pena de muerte, para vergüenza de quienes habían jurado defender las leyes por su honor de militares, convirtiéndose en traidores de su propio juramento. Admitiendo haber cometido el delito de ser leal a la legitimidad republicana que ustedes como golpistas han mancillado.

   En ningún momento consintió que se dirigiesen a él sin anteponer el “don”, como le correspondía por sus estudios, nombramientos y títulos



   Contrajo matrimonio en Durón, el 24 de septiembre de 1911, con Esperanza Serrano Monserrat, con quien tuvo tres hijas, de las que únicamente una le sobrevivió ejerciendo en Madrid el mismo oficio de abogado que su padre.

   Aquella madrugada en la que se lo llevaron camino de las tapias del cementerio del Este, de Madrid, desde la cercana cárcel de la calle de Torrijos (hoy calle del Conde de Peñalver), donde dejaría su vida, podemos imaginar que escribió su última carta. Aquella que pudo titular “Cuando el alba me alcance”:

   Cuando el alba me alcance nada tendrá importancia y todo estará perdido, o quizá sea el comienzo de algo nuevo. De cualquier modo habré mantenido, hasta ese momento, mi dignidad.

   -Muy arrogante es usted. Una lección de humildad cuando tan escaso tiempo le resta en este mundo y tan poca vida le queda no le vendría mal. Habrá que ver si tan gallito se sostiene dentro de… –se han atrevido a decirme cuando me han comunicado que al alba ha de ser. Dentro de unas horas, no importa cuántas, pues el tiempo se me detuvo el mismo día en el que a la libertad del pueblo le pusieron cadenas.

   Extraño puede resultar a quien lo lea, y desconcertados quedaron los miembros del Tribunal  rebelde que me juzgó; en el fondo solicitar mi condena era acusarlos a ellos, a los sediciosos, a los rebeldes, de todas y cada una de las condenas inocentes que una tras la otra comenzaron a cargar sobre sus espaldas desde ese, dichoso para ellos y adverso para los españoles de corazón libre, primero de abril de 1939. Tanta sangre derramada en la inocencia…

   Los veía, a mis jueces, como personajes de un espectáculo de títeres sin escrúpulos, con hambre y sed de venganza. Por ello, y en bandeja, les ofrecí mi vida.


   -Es por ello, señores rebeldes de este dignísimo Tribunal que no me cabe mayor desagravio que el de solicitar, como así lo solicito, la pena de muerte.

   Una vez más, perdí la cuenta de las que lo hicieron a lo largo del proceso, fui llamado al orden, a su orden.

   -Se le advierte que de continuar con su desacato…

   -No pueden considerar desacato, señores rebeldes de este digno Tribunal, que me dirija a ustedes como rebeldes, pues ustedes se alzaron en rebeldía contra el Gobierno legalmente constituido.

   Satisfacción personal acusar de rebeldía a quien me acusaba de auxilio a la rebelión, cuando no hice otra cosa que mantenerme firme en la convicción de servir al pueblo y Gobierno elegido por él. Tampoco mis quejas les importaban demasiado, pues en su ánimo estaba que la representación teatral, queriendo dar legalidad a un proceso judicial que no la tenía, concluiría en condena.

   Y la sentencia concluyó con la condena a muerte. Por garrote vil, como castigo a mis reiterados desacatos, según ellos. Ratificando que sí, que en su último ánimo se encontraba la venganza. Su venganza cristiana en el nombre de Dios y del nuevo orden jurídico e institucional formado tras su llamada Cruzada de Liberación Nacional.

   Al venir a notificarme el inmediato cumplimiento de la sentencia escuché que alguien pronunciaba mis apellidos, sin más.

   -¿Serrano Batanero?

   He clavado mis ojos en quien me buscaba.

   -Si es al Excelentísimo Señor Don José Serrano Batanero a quien busca…. No tiene usted por qué apearme tratamientos. Tengo el de Excelentísimo Señor en base a los cargos que desempeñé a lo largo de mi vida, y tengo el Don como precedente a mi nombre, puesto que me doctoré en Derecho. Pueden ustedes arrebatarme la vida, pero nunca mi dignidad, son mis carceleros, pero ello no les exime de guardar las reglas de la formal educación.

   Y en ese afán de mantenerse en su rudeza, tras unos instantes de duda, me replica:

   -Es igual, Señor, Excelentísimo, o como usted lo quiera. Le traigo la notificación del cumplimiento de sentencia. De madrugada será fusilado.

   Al leer la notificación me llevé una grata sorpresa. El dignísimo Tribunal de rebeldes que ordenó mi muerte me conmutaba la pena de garrote por el fusilamiento junto a las tapias del cementerio del Este, en la madrugada del frío Madrid. Todo un detalle. El garrote es arma contra criminales, y nunca lo fui. Me duele conocer que tendré compañeros de viaje, don José Gómez Osorio, don Ricardo Zabalda y un joven, condenado por anarquista quien, en su pesadumbre, no ha sido capaz de pronunciar su nombre.

   -Entereza muchacho –me he atrevido a decirle al conocer que se encontraba en idéntica situación a la nuestra-, la muerte puede ser una tragedia si se la teme. Una victoria si, enfrentándonos a los verdugos, la miramos avergonzándolos a ellos.

   El delito de mis compañeros de viaje, de don José y de don Ricardo, el mismo que el mío, la oposición al Movimiento, su movimiento, desde nuestros diferentes cargos. Don José, Gobernador civil de Madrid en los meses previos a la derrota. Don Ricardo, líder del Sindicato de Trabajadores de la Tierra. A don José le han permitido despedirse de su hijo Sócrates, que aguarda destino en nuestra misma prisión, celda contigua a la nuestra. 



   Se hace larga la espera, hasta que alguien llega y pronuncia el nombre:

   -Excelentísimo Señor Don José Serrano Batanero…

   Escucho el sonido ronco del motor del vehículo aguardando, y ese marcial marcar el paso de quienes dispararán sus armas sin preguntarse contra quien lo hacen, ni por qué, para no ensuciar sus conciencias más de lo que están...

   Los fusiles se dispararon sobre las tapias del cementerio del Este, en Madrid, la madrugada del 24 de febrero de 1940. Don José Serrano Batanero, que acababa de cumplir 60 años de edad, había nacido en Cifuentes en 1879, hijo de Félix Serrano Sanz y de Epifania Batanero Palafox, y no permitió que le vendasen los ojos.