Blog dedicado a la biografía breve de personajes destacados y curiosos de la provincia de Guadalajara, hasta el siglo XX, por Tomás Gismera Velasco.-correo: atienzadelosjuglares@gmail.com

viernes, julio 13, 2018

MEMORIA DE ANDRÉS ANTÓN. El Gayarre de Iriépal

MEMORIA DE ANDRÉS ANTÓN.
El Gayarre de Iriépal


   Dos noticias, relacionadas con España, llevaba en portada el más que popular Diario de La Marina, el periódico por excelencia de Cuba, publicado en La Habana, del lunes 17 de julio de 1933. Una de ellas hacia relación a la infructuosa búsqueda del avión Cuatro Vientos que, a prácticamente un mes de su desaparición, se continuaba buscando por las enriscadas selvas guatemaltecas y mexicanas. La otra daba cuenta del fallecimiento de un personaje a quien daban el título de “Gran Artista Español”. Se trataba de Andrés Antón Sánchez quien, en el inicio del ocaso de su vida eligió como lugar de reposo, a la espera del último adiós, después de haber recorrido el mundo de extremo a extremo, la capital cubana. 


   El periódico, en su portada, con la imagen del personaje, hacía un breve comentario para poner al lector en el conocimiento del hombre: Don Andrés Antón, cuya muerte pone un crespón de luto al arte del bel canto, donde cosechó inmarcesibles laureles como tenor, compitiendo dignamente con el gran Gayarre…

   Estaba casado con una de las grandes divas de la ópera italiana, María Bianchi Fiori, y tenían un hijo, Antonio, a la sazón, presidente de la Asociación de Comerciantes de La Habana.

   Don Andrés Antón había fallecido el día anterior, 16 de julio, en su domicilio de El Vedado, en la calle del Paseo, y fue enterrado ese lunes, 17 de julio, en el Cementerio Colón, un acto que se vio concurridísimo, y al que asistieron desde las primeras autoridades de la ciudad, a un numerosísimo público representando a todas las clases sociales de la isla. Incluida la no menos numerosa colonia española con la que don Andrés llevaba colaborando desde que llegó a la isla. Su enfermedad había sido seguida, a través de la prensa, por cuantos españoles lo admiraban como a uno de esos ídolos a los que se respeta y admira, desde Madrid a Moscú.


   Su vida, hasta aquel momento, pudiera haber formado parte del guion de una novela. En aquellos tiempos la vida de los grandes personajes que surgen de lo más bajo del pueblo se escribía con signos de admiración; como se escribió la vida y obra de Julián Gayarre. A don Andrés Antón para entrar en la gloria de las leyendas le faltó morir como Gayarre, en plenitud de éxito y lleno de juventud. Don Andrés, cuando murió, contaba con la nada desdeñable edad de 80 años.

   Mucha era la distancia que desde su lugar de nacimiento había hasta La Habana. La noticia de su muerte se conoció en su pueblo, Iriépal, una semana después de su entierro, al mismo tiempo que la noticia dio la vuelta por Guadalajara.

   Hacía casi veinte años que se despidió de la provincia, y definitivamente de España, en el mes de febrero de 1916 cuando, en una de sus visitas, a Guadalajara y Madrid, le fue propuesto un homenaje en el teatro Campoamor de Oviedo. Un homenaje que estuvo promovido por el ministro don Nicolás Rivero y en donde, por última vez, interpretó el papel del rey Fernando de la ópera de Donizetti. La Favorita. Lejanos, que no olvidados, quedaban los tiempos en los que solicitó de la Diputación Provincial de Guadalajara una pensión económica que le ayudase a marchar a Italia para, en Milán, perfeccionarse en el arte del canto. La Diputación lo pensionó y le concedió dos mil pesetas en tres plazos, uno de 750 y dos de 625. Corría el año de 1878.

   Previamente, don Andrés Antón había dado, en el teatro de la capital de la provincia, a beneficio de los establecimientos de la Beneficencia Provincial, un multitudinario concierto el 5 de noviembre, al que asistieron las llamadas fuerzas vivas de la provincia y la ciudad.

   Había nacido, sí, en Iriépal, al ladito de Guadalajara, en 1853. Desde Iriépal, porque parece que se le daba bien lo de la música, lo mandaron sus padres a Guadalajara, a la academia de don Apolinar Barbero, que tantos músicos de fama dio a la provincia. Desde la academia de don Apolinar a la de Música y Declamación de Madrid donde, con excelentes notas, se doctoró en tocar alguno de aquellos instrumentos musicales que podían conducir a la fama: violín, guitarra, piano… Y como violinista entró a formar parte, con apenas dieciocho años, en la orquesta del Teatro Real, hasta que le dio por educar a la voz, y dedicarse al canto. Antes había tratado de ganarse el pan, mientras estudiaba música; por las noches tocando el violín por los cafés de Madrid a cambio de unas monedas. Por las mañanas haciendo lo mismo a la puerta de las iglesias.



   El erudito don Juan Diges Antón, ante uno de los grandes éxitos de nuestro tenor, quizá el que en Madrid lo lanzó a la fama en la temporada de 1885, escribía en la prensa alcarreña: Recordamos haber visto muchas veces al Sr. Antón venir del inmediato pueblo de Iriépal a recibir las primeras lecciones musicales. ¿Quién podía presumir entonces que aquel que con su cartera terciada a guisa de bandolera pasaba por el ventorro de Tetuán, Barrionuevo alta y entraba en Santa María la Mayor o en casa de don Marcos Cogolludo, sería el Antón que…?

   Que logró uno de los mayores éxitos de aquella temporada en el teatro Real. Tanto que, como si fuese un torero, fue sacado a hombros del teatro; paseado a hombros por las calles de Madrid, y a hombros llevado hasta las puertas de su casa, en la plaza de Isabel II.

   Del éxito de aquella noche, la del 10 de abril de 1885 se hicieron eco, en primera página, la mayoría de los periódicos de Madrid: El triunfo que alcanzó el señor Antón será uno de los más gloriosos que tenga en su carrera artística… decían. Y, para más gloria, a la representación asistió la totalidad de la familia real, con don Alfonso XII a la cabeza. Llegaba, don Andrés Antón, desde la Scala de Milán, donde había cantado con Adelina Patti, y comenzaba a ser la sombra del gran Julián Gayarre.

   Arruinado, también llegaba, pues después de haber hecho una gira de dos años por Italia, media Europa y llegado hasta Moscú, imprescindible en el mundo de la ópera, y logrado ahorrar un buen capital, depositado en una banca inglesa, la banca inglesa se marchó al garete y el capital ahorrado se esfumó, como el humo, en el aire.

   Y, cosa de los genios, llegaba: sin renunciar a su origen, sin desmentir su modesta cuna, antes bien, cifrando glorias en la humildad de su procedencia, lo primero que hizo al llegar a Madrid fue traerse a su anciana madre y presentarla a todo el mundo…

   Y luego, nuevamente, tras el éxito madrileño, a recorrer el mundo. A Roma, a Milán, a Venecia, Turín, París, Moscú; Buenos Aires, Caracas, Nueva York…

  Recorrió el mundo; fundó su propia compañía; ganó una pequeña fortuna y después se retiró, cuando la voz le comenzó a fallar. Se estableció primero en Caracas, cuando el siglo XX comenzaba a dar sus primeros pasos; más tarde se afincó en La Habana, donde lo nombraron profesor de la Escuela Nacional de Música, y allí se quedó, a formar talentos y cantar habaneras. Mientras pudo. Pocos, muy pocos, conocían en La Habana que don Andrés Antón había nacido en un pueblecito de Guadalajara llamado Iriépal, que su padre fue el secretario del Ayuntamiento y, cosa de los tiempos, también fue sacristán de la iglesia del pueblo, organista y maestro de primeras letras. Y que, de su oficio de sacristán y de organista, surgió en su hijo Andrés la afición por la música y, una cosa lleva a la otra, por el canto.


   Y pocos, muy pocos, en la provincia de Guadalajara, recordaban que don Andrés Antón había sido aquel muchacho espigado y soñador que cantó la misa cuando el Ayuntamiento de Guadalajara nombró patrona de la ciudad a Nuestra Señora de la Antigua y, en recompensa, el municipio le brindó un álbum con la firma de todos los concejales. Y pocos conocían que la fama, en Roma, le llegó cuando tuvo que suplir a Julián Gayarre y la prensa italiana, tan entendida en lo que a ópera se refería, escribió de él que superaba al roncalés, sino por la potencia de su voz, si por su acento dramático.

   Quizá por todo ello fue uno de los grandes de su tiempo. De los más grandes cantantes que la ópera de finales del siglo XIX conoció. Y nació en un pueblecito de la provincia de Guadalajara, llamado Iriépal.

Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la Memoria
Semanario Nueva Alcarria. Guadalajara, 13 de julio de 2018

domingo, mayo 06, 2018

WENCESLAO ARGUMOSA BOURKE. El hombre del 2 de mayo



WENCESLAO ARGUMOSA BOURKE
El hombre del 2 de mayo



Tomás Gismera Velasco

   Que dio nombre, también a una calle. Claro está que para dar nombre a una calle de Guadalajara, o de cualquier otro lugar, su nombre tuvo que hacerse famoso. O mejor, su vida y obra tuvo que pasar a la historia y, aunque en la actualidad es un tanto desconocida, continúa siendo un nombre de referencia para la historia de los comienzos del siglo XIX.

   Su vida comenzó en Guadalajara, el 27 de septiembre de 1761, en unos tiempos algo revueltos, que continuarían revolviéndose todavía mucho más. Recibió las aguas bautismales en la iglesia de San Esteban.

   Su vida y obra comenzó a conocerse en los primeros años del siglo XX, cuando se conmemoró, por todo lo grande, el primer centenario de los acaecimientos que dieron lugar a la Guerra de la Independencia.

   Con motivo de aquello, se escribió: Lástima grande es que no se haya publicado aún ni la más insignificante noticia biográfica del abogado arriacense que con mayor intensidad brilla en el foro español, donde precediendo a Arrazola, llegó a igualarle, si es que no lo superó: D. Wenceslao de Argumosa.




   Fue hijo de Ventura Argumosa y de la Gándara, corregidor e intendente de Guadalajara, caballero del hábito de Santiago y subdelegado de las reales fábricas de paños de Guadalajara y Brihuega; y de doña Concepción Bourke de Parry.  Por línea materna último descendiente del conde de Clarinkard, noble familia inglesa que se asentó en España en tiempos de Felipe  II.

   Estudió francés con su madre y con los jesuitas, en el colegio que tenían en el Jardinillo de San Nicolás, y cuando los jesuitas fueron expulsados pasó a depender, en cuanto a educación y cultura, del maestro italiano César Branchi, con quien aprendió gramática y latín, antes de pasar a Alcalá, en cuya Universidad estudió Filosofía. Estudios en los que le acompañó su hermano Teodoro, héroe en la batalla de Trafalgar, al mando del navío “Monarca”.

   Habiendo quedado huérfano de padre en 1773 y de madre en 1776, se encargó de su educación su padrino, el Cardenal Lorenzana, quien se convirtió en su protector y de cuya mano concluyó en Madrid, Toledo y Valladolid, los estudios de Derecho Civil y Canónico, antes de marchar a Bolonia y su colegio de San Clemente de los Españoles, del que fue secretario, historiógrafo, archivero, decano y catedrático de Cánones. En 1791 viajó por Italia y regresó a Madrid en 1792 y aquí se dedicó desde entonces al ejercicio de la abogacía.

 El prestigio de su nombre lo llevó a defender los pleitos que a la vista de cualquier otro letrado pudieran resultar más insostenibles, teniendo entre sus clientes a lo más prestigioso de la política y la cultura de los años finales del siglo XVIII y los comienzos del XIX. 








   Hasta que se desató aquella vorágine de la Guerra de la Independencia, siendo llamado a participar en el Consejo de Bayona, para ponerse al servicio del invasor, rechazando nuestro paisano el encargo, y por ello siendo detenido, hecho prisionero y confinado en diversos lugares de Francia hasta el término de la guerra, en que fue puesto en libertad; regresó a Madrid y el rey Fernando VII lo nombró su Secretario particular, al tiempo que le colgó unas cuantas condecoraciones. Más tarde sería abogado general de la Casa Real, interviniendo en no pocos pleitos dinásticos entre príncipes e infantes.

   Cuentan quienes en su tiempo trabaron conocimiento con nuestro hombre que era un portento de memoria, al extremo de no leer pleitos sino por los extractos.


   Y todavía nos dicen más: Hasta el fin de su vida acompañó a Argumosa el exquisito acierto con que dirigió todos los negocios que le confiaron. No extraña por tanto que fuese llamado para redactar el Código Civil. Y que ocupase lugar como Académico de la Real de San Fernando.

   Es autor de una Relación de los ejercicios literarios, grados y méritos..., impresa, cuya copia aparece fechada en Madrid el 23 de diciembre de 1792 y de la cual envió un ejemplar a Godoy el 27 de diciembre de 1796. Al mismo tiempo, pedía permiso al Príncipe de la Paz para visitar los Reales Palacios y las habitaciones de Grandes, Títulos y particulares, con el fin de escribir un libro sobre los monumentos españoles que sirviera de complemento al de Antonio Ponz. La respuesta de Godoy, no obstante, fue negativa. Por lo que aquella historia se quedó sin escribir.

   Si dejó escrito un librito que es al día de hoy documento imprescindible para conocer algunos de los grandes sucesos que ocurrieron entre 1808 y 1820, es el titulado: “Los cinco días célebres de Madrid”, en el que relaciona lo sucedido el 19 de marzo de 1808, cuando Carlos IV abdicó en Fernando VII encontrándose en Aranjuez; los sucesos del 2 de mayo, que vivió en primera persona; los del 1º de agosto tras la batalla de Bailén; la entrada de Napoleón en Madrid; y la jura obligada de la Constitución por Fernando VII, el 9 de marzo de 1820.

   Y dejó también para la posteridad otra obra que vive aún al día de hoy, como monumento a los héroes de la patria, ya que fue el promotor de levantar un monumento a los “héroes del 2 de mayo”, para el que llamó a los españoles a aportar su mano, a fin de costearlo, poniendo él los primeros 20 doblones de oro. El llamamiento para llevar a cabo aquella obra todavía puede leerse en la prensa de la época: “...las víctimas del día 2 de mayo fueron la piedra angular de la grande obra de nuestra liberación. Debe pues eternizarse su memoria, y al monumento que para ello se eleve deberemos nosotros y nuestros hijos mirar cifrada para siempre la patria y su rey. El autor de esta carta ofrece 20 doblones para el profesor que presentare el mejor diseño de un monumento en el Prado, destinado a este objeto. El premio es tan corto como el empeño grande, pero es el patriotismo el que debe impulsar a los célebres profesores españoles, el autor solo presenta esta suma en calidad de memoria; y guiado de los mismos principios para con los ilustres cuerpos de la nación, suplica a la Real Academia de San Fernando tenga a bien permitir que los profesores pongan sus diseños en manos del señor secretario de la misma”.
   Aceptó la Real Academia la propuesta, y de las obras presentadas a concurso resultó ganadora la del obelisco que todavía hoy se conserva, trazado por el arquitecto D. Isidro González Velázquez. El 21 de abril se aprobó el proyecto y el 2 de mayo de 1821 se puso la primera piedra. Tras no pocas vicisitudes históricas de España que interrumpieron las obras por fin, el 25 de marzo de 1836 a mediodía, se colocó la última; a pesar de que no se inauguraría oficialmente hasta el 2 de mayo de 1840.









   D. Wenceslao Argumosa contrajo matrimonio con Catalina de la Bárcena, con la que tuvo diez hijos, nueve de los cuales murieron en edad infantil y únicamente le sobrevivió una hija, Luisa, bautizada en Madrid, en la iglesia de San Sebastián, el 20 de junio de 1804.

  Murió en Madrid, el 28 de noviembre de 1831, siendo enterrado con todos los honores en la desaparecida Sacramental de San Sebastián, de donde fueron trasladados sus restos, junto a los de otros muchos nobles allí sepultados, al desaparecer el cementerio en la década de 1920,  al osario de la iglesia, junto a los del marqués Ofelia, entre otros.

   Su lauda sepulcral, hoy desaparecida, no podía ser más elocuente: Aquí yace el Sr. D. Wenceslao de Argumosa y Bourke, Caballero de la Real y distinguida Orden de Carlos III; condecorado con la Cruz de Fidelidad de Estado; del Consejo de S.M., su Secretario; y Decano del Colegio de Abogados de esta Corte. Buen esposo, padre tierno, hombre de bien, célebre jurisconsulto, orador distinguidísimo. Falleció a 28 de noviembre de 1831, habiendo cumplido 72 años y dos meses. Dios haya premiado sus virtudes.


   Don Wenceslao de Argumosa y Bourke, notable jurisconsulto, escritor y gran patriota, nació en Guadalajara el 27 de septiembre de 1761; murió en Madrid, el 28 de noviembre de 1831.

Gentes de Guadalajara
Henaresaldia.com

martes, abril 24, 2018

FELIPA POLO ASENJO. Felipa en la Librería

FELIPA POLO ASENJO. Felipa en la Librería


Tomás Gismera Velasco


   De la calle de los Libreros de Madrid. Una calle, toda entera, dedicada a los libros, y a las librerías, y a las gentes del libro. Y a los amantes de la lectura, y a los estudiantes que, a la hora de buscar los textos que necesitarían para sus futuras carreras, hacían eternas colas ribeteando las aceras de esa calle, doblando el codo y adentrándose, cuando tocaba, en el mundo del libro.

   Entre las librerías unas cuantas, regentadas por mujeres, se llevaban la palma: La Casa de la Troya, La Fortuna, La Pepita y La Felipa, entre otras. El nombre obedecía, claro está, a la titular del negocio: La Fortuna, regentado por doña Fortunata Ulloa; La Pepita por doña Josefa; La Felipa, por Felipa Polo Asenjo, guadalajareña de los pies a la cabeza; nacida en Loranca de Tajuña en aquellos tiempos difíciles que daban comienzo con el primer decenio del siglo XX. Un decenio que traería tantas noticias que… mejor pasarlas de largo.


  También se las trajeron a Felipa Polo, quien al término del decenio perdió a sus padres y con nueve años se encontró sola en el mundo. Bueno, no del todo, tenía hermanos a los que cuidar, sin ser capaz, por lo que, en uno de aquellos arrebatos caritativos que de cuando en cuando tenían las autoridades provinciales buscaron para Felipa y sus hermanos acogida en una de aquellas casas de “Misericordia” que tanto abundaban en la capital del reino. Por otro nombre La Inclusa. No era una de las inclusas al uso, ni tampoco una casa de misericordia cualquiera. Se trataba de un convento del viejo Madrid en el que se acogía a huérfanos, y en él entró nuestra moza con sus cuatro hermanos, y de él salió para servir de criadita y chica de los recados, con apenas doce años, de una dama de alta alcurnia, que con el tiempo fue poseedora de una  librería en la calle de Jacometrezo. Doña Pepita se llamaba la dama; valenciana de origen quien, a más de gustarle el libro tenía otras muchas dotes, aficiones y oficios en los que gastar el tiempo, como  alguien diría, a pesar de que lo que en realidad hacía era dedicarse a los demás como maestra de sordomudos, radiotelegrafista, estudiante de derecho…

   Con aquella mujer aprendió Felipa el oficio de comprar libros de segunda mano y venderlos como nuevos, tras darles el repaso necesario y restallarles, como impresora, las heridas; puesto que también los libreros tenían que hacer oficio de impresores.

   La apertura de la Gran Vía y el derribo de algunos edificios, entre ellos parte de la calle de Jacometrezo en donde se encontraba el negocio de doña Pepita las trasladó a la otra acera, a la calle de los Libreros, y allí, años después, tras la muerte de la mujer que la acogió, Felipa Polo abrió su librería propia en el número 16 de aquella calle.

   Justo encima de la librería tenía su domicilio con lo que el olor a papel y libro viejo ascendía por las escaleras interiores que comunicaban tienda y casa, uniéndose en una sola vida el libro y la esperanza de futuro.



   Pudiera pensarse que muchos negocios en una misma calle, dedicada a ese negocio, era una ruina. Sin embargo no era así. De cualquier punto de España, sabiendo que allí se encontraría lo buscado, se acudía a la calle de los Libreros. Y cuando era conocido que uno de los titulares era de una provincia en cuestión, a ella acudían sus naturales, con la confianza que da el paisanaje. Que en ocasiones suele tener sus consecuencias, porque Felipa llegó a conocerse a muchos de los estudiantes guadalajareños que acudían a la universidad madrileña, o a la de Alcalá. Y conoció a quienes eran buenos y malos estudiantes, por aquello de que buscaban nuevos o viejos manuales.

   -¿Repitiendo curso? –Solía preguntar a quienes, al cabo del año, aparecían por allí solicitando textos nuevos del curso viejo para, tras ponerlos en sus manos, rematar la operación-. ¡Que no te vuelva a ver por aquí con las mismas!

   En ocasiones haber tenido una vida dura marca el camino. Y se lo marcó a Felipa. Por ello era de esa clase de personas que, ante la necesidad soltaban aquello de: “… anda, anda, ya me pagarás cuando acabes la carrera…”. Y al término de la carrera, el estudiante en cuestión, acudía con ese orgullo del recién licenciado, a depositar sobre el mostrador los billetes de a cien que le costaron los libros. Muchos de aquellos que terminaron carreras, hijos de labradores en busca de la fortuna estudiantil en el Madrid de la posguerra y el hambre, y sin recursos propios para comprar los necesarios códigos que les permitiesen el acceso a la Universidad, pudieron tener libros gracias a ella, que se las apañaba para que aquellos, sin ver heridos sus sentimientos, se los llevasen a pago aplazado

   Que Felipa disfrutaba con eso, conque su clientela aprobase sus estudios, más que un chiquillo con zapatos nuevos. Es quizá por eso que, en más de cuatro ocasiones soltó a algún que otro repetidor y zoquete en el estudio lo ha dicho de no vuelvas, a menos que fuese en busca de los libros de un curso superior. En su librería, de éxito, empleó a todos sus hermanos, y luego a sus sobrinos, y después pasó el relevo a los descendientes de aquellos. Porque ella no tuvo tiempo de formar otra familia que no fuese la de sus estudiantes, la de sus hermanos, la de sus sobrinos…

  Sus broncas se hicieron populares, hasta el punto de reconocer algunos de sus clientes, que sin aquellas no hubiesen logrado terminar la carrera. Amor propio y orgullo personal, que se llama. Porque Felipa era capaz de alcanzar el punto maternal que en ocasiones es preciso para tirar hacia adelante.

   Era mujer; como buena mujer de un  tiempo que marcó una época, de dichos, refranes y decires. Po ello llenó su librería con sentencias que nos parecerían bufas y entonces tenían su sentido:

   -Si no tienes nada que hacer, no lo vengas a hacer aquí…
   -Quien se hace miel, se lo comen las moscas…



   Esos, y muchos otros que llenarían las páginas de un libro, como ella llenó las páginas de la historia del Madrid, mejor que de los libreros, de las libreras,  por espacio de más de cincuenta años. Los que estuvo al frente de su vieja librería, que se hizo vieja a la fuerza. La pudieron las nuevas tecnologías, como a todas, aunque resistió, con ella, hasta el fin del primer milenio, y arrancó el segundo, ya con sus achaques, hasta que el tiempo se la llevó, por razón de edad, que a todos ha de tocarnos despedirnos de este mundo.

   Felipa, quien a muchos ayudó, y muchos se esforzaron en el estudio por no escuchar sus consabidas broncas, murió en Madrid, de donde casi era, puesto que en Madrid pasó más tiempo que en la Alcarria, a pesar de que a sus pueblos dedicó parte de su vida. A su natal de Loranca de Tajuña y al de adopción, donde iría su cadáver luego que fuese muerta, Yélamos de Arriba, de donde era originaria la familia. En Yélamos, sin que muchos lo supiesen, costeó incontables obras de caridad. Allí siempre tuvo un rincón en el que “invertir” de alguna manera el dinero que ganaba. Fuese restallando las heridas que en la iglesia dejó la guerra, o ayudando con libros a escolares y universitarios. Siempre hay, si se quiere, en qué gastar,  para bien, lo que nos sobra.

   Dicen quienes la conocieron y trataron que Felipa fue: “vanguardista, emprendedora, lideresa generosa, trabajadora incansable y posgraduada en ese completo máster que llamamos vida. Conseguidora de los títulos más inaccesibles, cualquier libro estaba inventariado en su memoria prodigiosa…”

   Y aún dicen de ella que “como buena castellana, era de una gran austeridad, carente de ambiciones materiales, altruista, especialmente con aquellos clientes o estudiantes que conocía que se hallaban en dificultades económicas, prestándoles los libros que precisaban para que pudieran examinarse o en regalar bocadillos a aquellos que se encontraban en apuros. Por ello, su tienda era cita obligada para determinados colectivos, como estudiantes, proveedores y editoriales, con los que siempre mantuvo una excelente relación…”



   Tanto fue su mérito en vida que en vida recibió la gratitud de números madrileños, y guadalajareños. Y pasó a ser parte de la historia del viejo Madrid. Tanto que años después de su muerte todavía se la recuerda. Y fue homenajeada por los cronistas madrileños, y por los guadalajareños en Madrid, y es, porque no podía ser de otra manera, personaje literario, o personaje de libro, puesto que uno de aquellos cronistas de Madrid se dedicó a recopilar su vida, y en libro la dio a la imprenta, para perpetuar su nombre. Una Guadalajareña, como tantas y tantos más, en Madrid.

   Felipe Polo Asenjo, librera de profesión, nació en Loranca de Tajuña (Guadalajara), el 6 de junio de 1911; falleció en Madrid, el 25 de abril de 2002. Desde el día siguiente sus restos reposan a la eternidad en el cementerio de Yélamos de Arriba.

En: Henaresaldía.com

jueves, abril 19, 2018

LUISA DE MEDRANO. LA CATEDRÁTICA

LUISA DE MEDRANO, es la primera mujer que da cátedra en una Universidad, la de Salamanca, y ocupa por ello un lugar en la historia.

Hace tiempo, en los comienzos del siglo XX, fue redescubierta para la historia de la docencia universitaria por la catedrática alemana Theresse Oettel, quien llevó a cabo un estudio que ha servido de base para las posteriores investigaciones en torno a uno de los personajes más desconocidos de la historia de Atienza.

El silencio de los siglos se rompió con ese estudio, a pesar de que, desde el siglo XVI el nombre de Luisa de Medrano, en ocasiones alterado con el de Lucía, venía siendo repetido en numerosos trabajos que hablaban de la Universidad salmantina, del reinado de Isabel la Católica, en el que las mujeres comenzaron a destacar. En el que comenzaron a caminar las “docta puellae”.




La historia de los Bravo de Laguna, de los Medrano, ha sido ampliamentedocumentada por Gismera Velasco, quien a través de numerosos artículos de prensa, charlas monográficas e inclusiones biográficas en numerosos libros dedicados al tema, han ido abriendo paso a otros investigadores para llegar a personajes de la familia como el capitán comunero Juan Bravo, o la no menosinteresante Catalina de Medrano, hermana de nuestra protagonista.

En Luisa da Medrano, la primer catedrático, el autor nos presenta al personaje en el antes y después de su ascenso a la gloria universitaria. En el entorno familiar, y en el real. En la corte de Isabel la Católica y en la de la reina Juana. A través del ayer, y del hoy; en el mundo efímero de la gloria, y en el silencio eterno de los siglos.




El índice documental de este, que denomina apunte biográfico, nos introduce en la vida de Luisa de Medrano, un personaje todavía por descubrir para la historia cultural de España:

-Luisa de Medrano, la primer catedrático
-Luisa de Medrano, la familia
-Luisa de Medrano, ¿En la corte de Isabel la Católica?
-Las mujeres ilustradas en el siglo XVI. Las Puellae Doctae
-Luisa de Medrano, en Salamanca y su Universidad
-Luisa de Medrano, en los libros
-Luisa de Medrano, ejemplo de mujer
-Luisa de Medrano, un epílogo que no lo podrá ser.




Sin duda, una aportación, de la LUISA DE MEDRANO, LA PRIMER CATEDRÁTICO, que pone a nuestra protagonista en el lugar que le corresponde, junto a la villa de Atienza, su patria natal.




Gismera, y su obra, han sido reconocidos en numerosas ocasiones, destacando premios recibidos como el "Alvaro de Luna", de historia, de la provincia de Cuenca, ( en dos ocasiones); "Eugenio Hermoso" (de Badajoz); "Serrano del Año" de la Asociación Serranía de Guadalajara", "Popular en Historia", del Semanario Nueva Alcarria; "Melero Alcarreño", de la desaparecida Casa de Guadalajara en Madrid; Alonso Quijano de Castilla la Mancha; Turismo Medioambiental del Moncayo, de Zaragoza; Paradores Nacionales; Radio Nacional de España;  Primer Encuentro Nacional de Novela Histórica; Recreación Literaria de Córdoba; Hispania de novela hisórica; Federación Madrileña de Casas Regionales; etc.


   En la actualidad es colaborador ocasional de varios medios de prensa, radio y televisión de Castilla-La Mancha y Castilla-León;  siendo habitual su firma, semanal, en el bisemanario de Guadalajara "Nueva Alcarria", edición papel, en donde lleva a cabo la sección "Guadalajara en la memoria"; así como en el digital "Henares al Día"; donde tiene a su cargo la sección "Gentes de Guadalajara"; habiendo sido colaborador de otros medios como "Cultura en Guada"; "Arriaca", Cuadernos de etnología de Guadalara, de donde ha sido vocal del Consejo de Redacción; etc. Siendo fundador, coordinador y director de la revista digital Atienza de los Juglares, de perioricidad mensual, fundada en 2009, y reconocida como una de las mejores, en este contexto, editadas en la provincia de Guadalajara, de repercusión nacional y carácter altruista.

martes, abril 17, 2018

RESTITUTO MARTÍN GAMO. EL COLOSO DE CONDEMIOS DE ARRIBA

RESTITUTO MARTIN GAMO. EL COLOSO DE CONDEMIOS DE ARRIBA


   Cuando Restituto Martín Gamo talló la imagen de don Jimmy Carter para el Museo de Cera de Madrid, el público quedó sorprendido por la increíble semejanza entre quien acababa de ser nombrado Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, y aquella figura en cera, ejecutada por uno de los restauradores de Escultura del Museo del Prado. Corría el mes de enero de 1977. Y aunque faltaba todavía conocer la talla del Sr. Presidente, se intuyó que su estatura debía de rondar el metro y ochenta centímetros, estatura del americano medio.

   Nada que ver con aquella otra que unos años atrás había ejecutado para pasar a la breve historia de una cinta cinematográfica. Sí, la del Coloso de Rodas, la mítica película dirigida por don Sergio Leone, convertida en su primer gran éxito cinematográfico, en aquella superproducción franco-italo-española. Nada menos que cincuenta metros de escultura tallada por piezas en unos solares del pueblo de Barajas porque el taller de nuestro paisano, en la calle del Doctor Ferrán, se quedó pequeño para contener piezas y más piezas de una obra que únicamente debía de vivir 15 días, los que se empleó en el rodaje, con la escultura presente, en un ángulo del puerto de Laredo, en Cantabria. No cuajó la idea de los griegos, que trataron de llevársela a su tierra. Cosa de negocios.

Restituto Martín Gamo. El Coloso de Condemios de Arriba


   Cierto. Nuestro personaje, Restituto Martín Gamo, pasó a la historia como escultor, aunque a lo largo de su vida hizo alguna cosa más que la de esculpir grandes estatuas. Tiene el récor de haber esculpido, a cuenta del Coloso de Rodas, la estatua más grande conocida.

   A nadie, en aquellos tiempos, los primeros años de la década de 1960, se le hubiese ocurrido pensar que el escultor más mediático del momento hubiese nacido en un pueblecito de la Serranía de Atienza, en un apartado rincón de la provincia de Guadalajara. En un lugar prácticamente desconocido. En Condemios de Arriba.

   Claro está que Restituto, o Resti, como sus amigos lo conocían, hacía más de cuarenta años que andurreaba por Madrid, y media España, repartiendo obras. Y ya tenía en su zurrón unos cuantos premios, ganados con el sudor de su frente y el trabajo de sus manos, entre ellos el Premio Nacional de Escultura, que le fue concedido en 1943.



   TRES LIBROS PARA CONOCER ATIENZA A FONDO.

   Llegó  con su familia a Madrid en 1920, y se formó en la Escuela de Artes y Oficios y en la Academia de Bellas Artes. Cuando entendió que su futuro se encontraba en la escultura, y en el dibujo, a pesar de que, al final, sin concluir estudios en ninguno de los dos centros, terminó aprendiendo por su cuenta y riesgo, lo que le convirtió en un autodidacta. Eso sí,  un autodidacta que, a fuerza de tesón, alcanzó el cenit de la gloria. De su gloria.

   La Academia de Bellas Artes le concedió, viendo sus avances, una de aquellas famosas becas para estudiantes la “Conde de Cartagena”, cuando nuestro hombre colaboraba con la Dirección General de Propaganda y aprendía al lado de nombres como Victorio Macho, en Valencia. En estas llegó el 18 de julio de 1936, con todas sus consecuencias. A pesar de que Resti continuó en Valencia y de Valencia marchó a París, donde tomó parte de los trabajos preparatorios del Pabellón Español en aquella gran Exposición Universal llevada a cabo en 1937, que tanto dejó para la historia. Allí conoció a grandes pintores, y escultores. No hace falta dar nombres puesto que todos, al llegar a este punto, nos vamos al autor del Guernica.



   Regresó, tras la Exposición Universal, a Madrid, y en Madrid continuaría trabajando, entrando a formar parte, ya lo vimos, del cuerpo de restauradores del Museo del Prado, al tiempo que tallaba algunas esculturas de temática religiosa, imaginería religiosa como es conocida, para muchas de aquellas iglesias que sufrieron los percances de la devastación e incultura del tiempo de la guerra. Su obra, a este respecto, está tan desperdigada por media España que resultaría harto complejo seguirle los pasos. Permaneciendo, en la mayoría de los casos, inédita. Salvo algunas excepciones, como la iglesia de Cristo Rey, en el barrio de Usera; o la de Santa Rita, en Madrid también, en el barrio de Argüelles, en las que dejó claros ejemplos de su talante modernista.

   No sólo talló escultura religiosa, también por media España dejó obras, entre las que destacan las dos impresionantes tallas que representan a la ciudad de Melilla, una de ellas la de la reina Isabel la Católica, en la  plata de Torres Quevedo. La otra, la del conquistador de la ciudad, Pedro de Estopiñán. Escultura en bronce, puesto que la religiosa se talló en madera, probándonos con ello que nuestro escultor no se arredraba ante los materiales más dispares.

   Porque también trabajó la cerámica. Desde que mediada la década de 1940 conociese a uno de esos autores ceramistas que pasan a la historia Juan Ruiz de Luna, quizá el ceramista talaverano más universal de los últimos tiempos. Y trabajase, mano a mano, tiempo adelante, con Alfredo Ruiz de Luna.

 Quizá este nombre, el de Ruiz de Luna, no nos suene demasiado a menos que, metidos en Madrid, nos vayamos fijando en los rótulos de las calles del Madrid histórico, en esos azulejos que pueblan las esquinas de las calles y sabremos que… Efectivamente, pertenecen al taller de Alfredo Ruiz de Luna, y si echamos la mirada a lo que fue la Casa de Guadalajara  en Madrid, también podemos saber que aquella magistral portada por la que se accedía era, efectivamente, obra de Alfredo Ruiz de Luna con diseño de nuestro paisano, de Resti. Desgraciadamente, perdida ha de ser tamaña obra para la provincia. A pesar de que a la provincia se ofreció.


   La obra cerámica de Martín Gamo, junto a la de Ruiz de Luna, puede hoy verse en el museo que a este último artista se dedicó en su natal Talavera de la Reina.
 
   Claro que también fue dibujante, y escenógrafo. Como hombre polifacético e incapaz de dar un no por respuesta a quien le  pidió un favor. Colaboró con algunos autores madrileños para diseñar el esbozo de numerosos escenarios, y fue el autor, aunque su nombre haya quedado en el olvido, de los primeros murales teatrales que decoraron los escenarios de las primeras obras que se estrenaron en Hita cuando comenzaban con incierto futuro aquellos “Festivales Medievales”. Quizá, de entre todos, el más complejo, conforme en alguna ocasión se atrevió a decir, fue el del Fausto, aquella adaptación que Criado de Val llevó a cabo en 1966 y que interpretase Carlos Lemos.

   Para entonces Restituto Martín Gamo, como tantos otros intelectuales de la provincia, se encontraba entre los integrantes de la Casa de Guadalajara en Madrid, de la que fue fundador como integrante fue de su antecedente, la tertulia “La Colmena”, liderada por Francisco Layna Serrano mediada la década de 1940.

   La obra de Martín Gamo, dicho está, se encuentra por muchos lugares de España, desde Madrid a Melilla y de Santander a Barcelona. Y aunque su nombre se deslizaba por los medios de prensa, su figura quedaba  para la intimidad de sus amigos, prefería llevar una  vida anónima y escapaba cuanto podía de esos eventos sociales que sacan los colores a las gentes a través de las imágenes fotográficas.

   Se casó y tuvo una hija, María, a quien quiso ver como heredera de sus aficiones y a quien enseñó a querer Guadalajara, y sentir su Serranía, como él la sentía.


   Un día le preguntaron, a Restituto, el escultor de Condemios de Arriba, que de poder elegir, qué elegiría para tallar. Qué obra dejaría a la posteridad de los tiempos. Y respondió, claro está, mirando a esa Serranía de Atienza que, como si ya tuviese el presentimiento de lo que terminaría siendo, porque comenzaba a despoblarse:

   -Me gustaría –respondió Resti a la pregunta-, reflejar en grandes relieves la gran riqueza de tipos y costumbres que están a punto de perder su carácter en Guadalajara. Nuestra tierra es, no lo olvide, muy pródiga en esto de olvidar a sus gentes, de olvidar sus costumbres y de no apreciar su riqueza.

   Quien le hacía la pregunta era, precisamente, un periodista de Guadalajara. Quizá la única entrevista que concedió para un periódico de Guadalajara. O la única ocasión en que alguien desde Guadalajara se interesaba por su obra.

   Una obra que, ya está dicho, a pesar de que corre por media España, no aparece por su provincia natal, al menos públicamente, ya que para la provincia esculpió los rótulos de lo que había de ser el Museo Tomás Camarillo. Porque también esculpió rótulos para grandes marcas, principalmente cosméticas.  Sus frisos, en una de ellas, radicada que estuvo en Alcalá de Henares, son tenidos, al día de hoy, como obras de arte de carácter universal.

   Quizá Guadalajara, capital y provincia, tan en deuda en tantas ocasiones, no me cansaré de repetirlo, con las gentes que salieron de ella en busca de una vida mejor, cuando no había más remedio que buscarse la vida lejos de la tierra, se olvidó de él. En cambio Restituto Martín Gamo nunca se olvidó de que era de Guadalajara, de ese rincón serrano que se llama Condemios de Arriba.

   Puede que los de Guadalajara, capital y provincia, no sepan que a pesar de todo, una obra supervisada por Martín Gamo, y en la que pus alma, vida y corazón se encuentra en la capital de la provincia. Presidió la capilla de la Casa de Guadalajara en Madrid. Se trata de la talla de la Virgen de la Antigua, en madera de abedul, que ultimó otro escultor, Máximo Pineda. Y esa obra, para cuantos la quieran admirar, se encuentra hoy en Guadalajara capital, en la iglesia de las Carmelitas de San José. Seguro que a Restituto Martín Gamo, quien en 1992 recibió el homenaje de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, que le entregó el premio “Barón de Forna”, a toda una vida, le gustará conocerlo.

  Restituto Martín Gamo, que pasó a la historia como escultor, nació en la  localidad de Condemios de Arriba (Guadalajara), en 1914. Falleció en Madrid en 1998.

Tomás Gismera Velasco