Blog dedicado a la biografía breve de personajes destacados y curiosos de la provincia de Guadalajara, hasta el siglo XX, por Tomás Gismera Velasco.-correo: atienzadelosjuglares@gmail.com

lunes, julio 15, 2019

ANA DE MENDOZA. La princesa del parche en el ojo

ANA DE MENDOZA.
La princesa del parche en el ojo


   Que, a juicio de no pocos historiadores y estudiosos de su vida y obra fue, lo del parche, una coquetería de la ilustre dama. A juicio de otros muchos consecuencia de un accidente cuando, jugando a juegos de niños, o bien se pinchó con la punta de un florete o se dio un trastazo con ell diávolo, en su Cifuentes natal. Todo pudo ser.

   Lo que está claro es que, sea como fuere, doña Ana de Mendoza –Ana Juana de Mendoza de la Cerda y de Silva y Álvarez de Toledo, con otros muchos apellidos y nombres más-, es, sin lugar a dudas, la tuerta –real o fingida- más famosa del panorama histórico provincial de Guadalajara y, puede, que de una importante parte de Europa. 



   Su vida, en cuanto se refiere a juventud e infancia, se resume brevemente porque, como escribió uno de sus primeros biógrafos, Gaspar de Muro, cuando sacaba los pies de las alforjas el siglo XIX, en aquel periodo vivió tranquila y feliz,  en la casa de sus abuelos, los condes de Cifuentes, en la que nació a finales del mes de junio de 1540, siendo bautizada por don Juan de la Cerda el día 29 de aquel mes y año. En el bautismo, al parecer, se la impuso el nombre de Juana, por su tío, Juan de Silva; el de Ana se le dio para recordar el nombre de su abuela. Hija única, y rica heredera de un gran patrimonio, además de larga lista de títulos nobiliarios, estaba destinada a casarse con un igual, sino superior, ajustándose su matrimonio cuando doña Ana contaba con la casi infantil edad de 12 años y no llevaba parche, con don Ruy Gómez de Silva, menino que fue de la emperatriz Isabel, con quien llegó desde el vecino Portugal, y quien la triplicaba en años, puesto que ya había cumplido los 36. Así que, dada la edad de la novia, a pesar de que las capitulaciones se firmaron en 1553, todavía se tuvo que esperar unos años, hasta 1557, para que se consumase el matrimonio.

   Que fue prolífico en hijos, pues que dieron al mundo a D. Diego, quien a tierna edad falleció en Toledo; a Doña Ana, quien casó con el duque de Medinasidonia (y dio nombre al famoso Coto de Doñana); D. Rodrigo II –Ruy-, que fue segundo duque de Pastrana; D. Diego de Silva, que llevó el título de duque de Francavilla; D. Pedro de Silva y Mendoza, que murió siendo niño; D. Ruy Gómez de Silva, que alcanzó el marquesado de Eliseda; D. Fernando de Silva, que se metió a fraile y tomó el nombre de su antepasado don Pedro González de Mendoza y, como aquel, fue obispo en alguno de sus mismos obispados; Doña María de Mendoza y doña María de Silva, que murieron siendo niñas; y doña Ana, la doña Anita que acompañó a su madre hasta sus últimos días de encierro en encierro a través de castillos y palacios..

   Su reinado en el mundo de la historia comenzó cuando, siendo ella todavía joven el 29 de julio de 1573 quedó viuda. Y como doña Ana y su marido habían solicitado en vida la fundación en sus tierras de dos conventos de carmelitas descalzas en Pastrana, a doña Ana no se le ocurrió mejor manera que pasar en el resto de sus días en uno de ellos. Dejó el mundo de los vivos, entregó a sus parientes la tutela de sus hijos, y se metió a monja. A pesar de que, acostumbrada al mundo de los vivos no se hizo al del rezo y la oración hasta el punto de que, las monjitas que compartían con ella la vida claustral, hicieron las maletas y la dejaron sola. Hasta que la propia doña Ana se convenció, quizá tras su encuentro con la Santa de Ávila, Santa Teresa de Jesús, de que no nació para ser monja.




   Quizá por  ello regresó a la corte, establecida ya en Madrid, para ser en ella una especie de reina en la sombra. La mujer que se encontraba detrás de cada esquina cuando, sin gacetillas que hiciesen correr en la corte los rumores, lo hacían las lenguas de los cortesanos en las gradas de San Felipe el Real, aquello que los madrileños llamaban, para designarlo finamente: “los mentideros de la Corte”.

   Quizá de aquellas gradas y mentideros de la villa salió que doña Ana compartía aposentos con el Rey; o su Secretario de Estado, el todopoderoso Antonio Pérez del Hierro, o…, con cualquiera de quienes, a diario, ostentaban en Madrid títulos y poseían hacienda.

   Que se alió con D. Antonio Pérez del Hierro, alcarreño de pro, parece que no hay demasiadas dudas; tampoco, se dice, haberlas demasiado, en torno a sus encuentros con el Rey Prudente, don Felipe II a quien, quizá los celos, llevaron a que nuestra princesa penase sus días de torre en torre, convertida, por azares del destino, en una especie de Mata-Hari del siglo XVI. La mujer, al decir de muchos, más independiente, inteligente y pasional de su tiempo. A la que, por si fuera poco todo lo anterior, se la colgó el sambenito de estar detrás de aquel duelo de sables que en lo oscuro de los callejones terminaron con la vida de otro cortesano de rompe y rasga, nada menos que de don Juan de Escobedo, secretario de don Juan de Austria, hermanastro del rey don Felipe, cuando don Juan de Austria se disponía a coronarse rey de algún reino, pidiendo su coronación al Papa de Roma y el Papa de Roma le dijo que, antes de ser rey, conquistase un reino, y en ello, parece, andaba la cosa.

   De aquellas intrigas, o de aquellos reales celos, llegó la orden de prisión de don Antonio Pérez y de su fiel asociada, doña Ana de Mendoza. Puso tierra de por medio el Pérez, y doña Ana fue llevada en prisión de torre en torre. De Pinto a Santorcaz y de aquí a su casi real Palacio de Pastrana. Una de aquellas mansiones que, a la moda de aquellos siglos, trataba de asemejarse al alcázar que cualquier rey podía levantarse. Hermoso y grandioso como pocos palacios de la provincia, al que llegaría para permanecer en él, en lo que hoy llamaríamos “arresto domiciliario”, en compañía de su hija Ana, de su servidumbre, y de la guardia real, hasta el fin de sus días.

   Cuenta la leyenda, o una parte de la historia convertida en leyenda, que nuestra Ana de Mendoza, la Mata-Hari del siglo XVI, la princesa del parche en el ojo, llegó a Pastrana, para comenzar a cumplir su arresto de por vida en el año de gracia de 1581. Y cuenta la leyenda que una hora, día tras día, se la permitía asomarse a través de la enrejada de sus aposentos-prisiones, a la plaza y paisaje pastranero. De aquello surgió la plaza, reja y ventana de “la hora”.



   La historia dice que doña Ana de Mendoza, Princesa de Éboli, murió joven, o mayor para la época, el 2 de febrero de 1592, cuando todavía no había cumplido los 52 años de edad, de una vida intensa y novelesca. La novela la encumbró a la cima de la historia patria, y la leyenda, gracias a la novela, se ensanchó con el cine americano, que llevó a las pantallas el guion que escribiese quien abrió la puerta a que, con posterioridad a Kate O’Brien, tomaron a doña Ana como eje de sus embelesos literarios.

   Convirtiéndose, doña Ana de Mendoza, en ejemplo, más que de mujer de un tiempo, en la rebelde que lo quiso marcar; dotando a la ciudad en la que murió de ese halo casi místico que acompaña a los personajes que pasan, de la realidad, a la leyenda. Y pocos ignoran, en España, quién fue la princesa del parche en el ojo. Y en qué ojo llevaba aquel parche de seda negra; a pesar de que, en alguna serie de televisión, por aquello de que a la protagonista no le sentaba bien llevarlo en uno, se lo puso en el otro. Incrementando, con ello, la leyenda de la mujer más nombrada de esta provincia de Guadalajara, tan mendocina y… llena de encanto leyendario a través de personajes como doña Aña, la Princesa del Parche en el Ojo.

Véase, en esta sección: “Antonio Pérez, el villano de la historia”.

   Ana de Mendoza y de la Cerda, Princesa de Éboli, nació en Cifuentes (Guadalajara), en los últimos días del mes de junio de 1540. Falleció en Pastrana (Guadalajara), el 2 de febrero de 1592.

Tomás Gismera Velasco
Gentes de Guadalajara
Http: henaresaldia.com

viernes, julio 12, 2019

EL BARRENDERO DE COGOLLUDO. Ángel Lanuza se alzó contra Fernando VII, y fue ajusticiado en la plaza de la Villa

EL BARRENDERO DE COGOLLUDO.
Ángel Lanuza se alzó contra Fernando VII, y fue ajusticiado en la plaza de la Villa


   En estos días en los que se agosta Cogolludo, viene a la memoria el tiempo agosteño de hace, prácticamente, doscientos años. Un tiempo agosteño, por lo de los calores y el color de la mies, que nos lleva al 12 de julio de 1822, cuando le dijeron a don Ángel Lanuza, desde la Audiencia de Guadalajara, cuál sería su destino final, después de que tratase de derrocar a su Rey, don Fernando VII.

   Ángel Lanuza pasó a la historia como un simple barrendero de palacio (real) quien, tras jubilarse, regresó a la tierra de sus mayores, Cogolludo, donde cuenta su historia que nació, sin que sepamos cuándo, si es que el nacimiento tuvo lugar en la villa, y en donde se cuenta que terminó sus días; ya que de su óbito dieron cuenta las líneas de la historia.

   No es mucho lo que conocemos de él desde su nacimiento hasta su muerte, salvo que pasó por el palacio real entre 1815 y 1820, desempeñando el ya citado oficio de barrendero, como premio a su destacada labor anterior en pro del reino. Con anterioridad fue carabinero, resultando herido en uno de los últimos enfrentamientos que el pueblo de Madrid vivió contra los franceses en 1814, siendo ese el motivo de que, al ser declarado inútil para el cuerpo en el que servía, se le ofreciese el siguiente empleo. Pasando a la historia como “el Barrendero de Palacio”.



   De aquella acción en la que salió, poco menos que en brazos del heroísmo, tenemos el relato fidedigno de lo sucedido, así como el reconocimiento que tanto a él, como a sus compañeros de valentía se les hizo cuando don Fernando VII, el rey al que defendió, llegó a Madrid tras años de guerra y real cobardía.

   El 5 de abril de aquel 1814, para celebrar la próxima llegada a la capital del reino del deseado Rey, y ante uno de sus retratos, los Carabineros Reales, después de compartir un Te Deum en honor de don Fernando, seguido de la correspondiente comida en la Alameda de la villa de Madrid, fue Lanuza condecorado: El comandante, para dar una prueba del aprecio que le merecen las acciones brillantes distinguió particularmente a los carabineros José Escribano, Ángel Lanuza, Rafael Castuera y al músico Lucio Varela, con el alférez D. Hipólito de Silva, haciéndoles una particular expresión después de haberles hecho comer con él de varios platos.

   Sin embargo Lanuza, como otros muchos de su promoción, pronto se dio cuenta de que Fernando VII no era el Rey que mejor convenía a España. Su absolutismo pronto se vio contestado y protestado por el pueblo, o una parte del pueblo, culminando en alguna que otra revuelta que con intentos de ensayo democrático trataron de derribarlo del trono cuando comenzaba la década de 1820. Para entonces nuestro Ángel Lanuza ya se había retirado de palacio y con media pensión vivía apaciblemente jubilado en su Cogolludo. Hasta que llegó el mes enero de 1822 y todo cambió para nuestro paisano. Se contaba en los periódicos: Por fin se reventó la mina que hace mucho tiempo se nos estaba anunciando en este país, y ¿cuál les parece a Vds. que fue el resultado de tantas combinaciones misteriosas y tantas amenazas? Que Ángel Lanuza, barrendero de palacio y retirado en este pueblo con no se cuánto sueldo, ha seducido a seis u ocho infelices y haciéndose general de  ellos salió en gavilla a reunirse con otros tantos que le esperaban a media legua de aquí…

    Y se armó, como otros dirían, la de San Quintín. Se armó de valor y ascendió  alborotando a los pueblos, hasta la sierra, con la intención de reunir una pequeña tropa que lo acompañase hasta Madrid con el sano fin de quitar del trono a don Fernando. 




   La carta a las autoridades, dando cuenta de lo que estaba sucediendo, en crónica periodística, la escribía, claro está, el juez de la población a quien, según se desprende de su contenido, había prometido Lanuza colgar públicamente en la plaza Mayor, como seguidor que era, y defensor, de las leyes que el pueblo comenzaba a desobedecer.

   Unos días después de que Lanuza con los suyos y sus caballos abandonasen Cogolludo en dirección a Arbancón, el mismo juez volvía sobre sus pasos para decir lo que había escuchado por los contornos:

   Van jurando que esta noche me quitan la vida, pero esta satisfacción no debe llenarles mucho, porque no faltaría otro juez que me reemplazase para su castigo....

   Era el 26 de enero de 1822 y, efectivamente, el juez estaba en lo cierto ya que pasó la noche sin que los facciosos cayesen sobre él. Mientras que a la mañana siguiente, desde Fuencemillán, salían también en su persecución:

   Salió una hora después (del amanecer) con 18 hombres, los facciosos también son 18, entre ellos algunos de Fuencemillán…

   Se referían a la gente de la guardia de la localidad, capitaneados por el juez de Cogolludo, y las tropas de esta villa. También desde Guadalajara partió un cuerpo de ejército en su persecución, mientras crecía la alarma en la comarca y de unos a otros se iban pasando las cuentas de las tropelías y barbaridades que los de Lanuza cometían desde Cogolludo al otro extremo del Ocejón, resguardándose en las estribaciones del Alto Rey. Por donde fue perseguido y detenido apenas media docena de días después de su levantamiento, por lo que no era posible que hubiese cometido tantos desmanes como se le atribuían en una tierra y entorno en el que la nieve ya cubría desde los tobillos hasta la cintura.

   De su detención se hizo eco, con la alegría lógica de saberse libre de sentencia, el propio juez de la villa, don Rodrigo Castañón, tanto como el comandante que llevó a cabo el arresto, don Antonio Lecina, sin que tardasen demasiado en entregarlo a la justicia, formarle causa y celebrar el sumarísimo juicio.

   La causa, claro está, no tenía otro final que el de la pena de muerte. Mucho más después de haber amenazado con quitársela a quien, por aquel extraño designio del destino, era el encargado de juzgarlo, y sentenciarlo; y claro  está, don Rodrigo lo mandó, en lugar de a la horca, al garrote.

   El extracto de la sentencia, confirmada el 12 de julio de aquel año, trataba de ser con todo, justa y ejemplarizante, como decían que era entonces la justicia.

   En la causa formaba por el juez de primera instancia de Cogolludo y remitida a la audiencia de esta capital (Guadalajara) contra Ángel Lanuza, casado, vecino de la villa de Cogolludo, por haberse alzado con otros en cuadrilla y con armas contra el actual sistema de Gobierno, dio sentencia en 19 de junio último por la que condenó a Ángel Lanuza a la pena ordinaria de garrote; a Celestino Carrascosa a 10 años de presidio en África; a Ramón Goné a 8 años en el  mismo presidio con las costas de la causa mancomunadamente si en algún tiempo tuviesen bienes y en el reintegro a sus dueños de los caballos y efectos robados…

   En la plaza Mayor de Cogolludo, unos días después, cuenta la historia, se cumplieron las sentencias.

   Cosas que pasan con las páginas de la historia que, a poco que las palpemos, nos aportan su memoria.





Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la memoria
Periódico Nueva Alcarria
Guadalajara, viernes 12 de julio de 2019




viernes, junio 28, 2019

GABRIEL DE LA PUERTA Y RÓDENAS

MEMORIA DE UN SABIO DE MONDÉJAR.
Gabriel de la Puerta y Ródenas


   El primero de junio se cumplieron, justamente, 110 años desde que don Gabriel de la Puerta y Ródenas se despidiese del mundo, en Madrid, donde recibió sepultura, pasando a ocupar un lugar de honor en el universo de la ciencia, de los sabios, y de los hijos ilustres de una provincia de Guadalajara que, por aquellos años, inicios del siglo XX, se parecía apagar, pues sus genios tenían que labrarse el futuro lejos de su tierra a la que entregaban, a pesar de ello, el fruto de sus sueños; además de dejar el nombre, y la honra de haber nacido en cualquiera de los más de cuatrocientos pueblos que formaban la provincia. Don Gabriel de la Puerta nació en Mondéjar, y desde muy joven dejó claro que había nacido para hacer historia. Dejando escritos más de una docena de volúmenes que continúan siendo, al día de hoy, páginas de estudio y ciencia. Uno  de sus primeros trabajos lo dedicó a la viticultura. 



   Que un señor de Mondéjar escriba un tratado sobre el vino, a estas alturas y conociendo la tradición vinícola de la localidad, a nadie extrañaría. La obra, que llevó por título “Instrucción teórica práctica sobre la elaboración de los vinos” vio la luz en 1875, y supuso para la población una especie de revolución, puesto que ponía al día una de las industrias más destacadas de la comarca.

   Don Gabriel, todo un caballero de aquellos del siglo XIX que se nos pintan en series televisivas, dejó unido su nombre a un balneario, el de Carabaña y a sus aguas, del que fue impulsor y propietario en parte. A él llegó después de su tratado y estudios sobre el vino.

   Fue hijo, don Gabriel, de doña Práxedes y de don Francisco notario que ejercía su profesión en el Mondéjar de los comienzos del siglo XIX. Allá estaba establecido después de la francesada y de la famosa década a la que nos condenó aquel rey que, de deseado, pasó a ser, quizá el más odiado de la historia: Fernando VII.

   La escuela de Mondéjar fue la primera que nuestro personaje pisó, y donde aprendió las primeras letras, antes de pasar al Instituto de San Isidro, de Madrid, de donde saldría Bachiller, para continuar estudios en la Universidad madrileña, de la que saldría doctorado en Farmacia, en 1862. Sus aptitudes las demostró ya en los comienzos de la carrera, colaborando con los profesores y más tarde con el Colegio de Farmacéuticos. Dedicándose, en lugar de establecerse detrás de un mostrador para despachar fórmulas magistrales, a la docencia, llegando a ser Catedrático numerario de la Facultad de Farmacia, en la Universidad madrileña. El primero, cuenta la historia universitaria, en utilizar el microscopio para el reconocimiento de la estructura de los vegetales.

   Su nombre fue creciendo al compás que su trabajo y estudios, alcanzando en la década de 1870 un renombre que lo llevaría a emparejarse con quien más tarde sería Premio Nobel, don Santiago Ramón y Cajal. Junto a Ramón y Cajal, entre otros, fundó la que más tarde se conocería como Real Sociedad Española de Física y Química.

   Aparte de las comisiones gubernamentales y reales en las que participó, la Real Academia de Medicina lo nombró Académico de número en 1878, formalizando su ingreso dos años más tarde, en 1880, versando su discurso de ingreso sobre la “Influencia de las Plantas en la Salud Pública”. La respuesta al discurso se la dio el erudito doctor don Rafael Sáez Palacios. Ocupó el sillón número 24.

   También ocupó silla en la Real Academia de Ciencias, en la que ingresó en el mes de junio de 1881; y en la de Farmacia, de la que fue nombrado Vicepresidente y más tarde elegido Presidente de la misma, cuando desempeñaba la Cátedra de Química Inorgánica en la Facultad. Con anterioridad había sido nombrado por el regente del reino, General Serrano, en 1874, Consejero de Sanidad; y con posterioridad, durante la epidemia de cólera que asoló Madrid en 1885, fue uno de los profesionales que más la combatieron, ordenando la adopción de medidas higiénicas y sanitarias con las que pudo el mal ser atajado.

   Para entonces la provincia de Guadalajara lo había designado Diputado a Cortes por el partido de Pastrana, en las filas ideológicas de don Práxedes Mateo Sagasta; y la Real Academia de Medicina, en uso de sus facultades, lo nombró Senador por la Real Institución. A más de ser Consejero de Instrucción Pública y… decenas de cargos más que compaginó con el estudio y la edición de algunas grandes obras que han llegado a nuestro tiempo y son, todavía, como anteriormente se apuntaba, objeto de estudio y culto. Entre ellas el “Tratado de Química Orgánica General y aplicada a la Farmacia, industria y agricultura”, de 1879, o “Botánica descriptiva y determinación de las plantas indígenas y cultivadas en España de uso medicinal, alimenticio e industrial”, que vio la luz en 1891. Además, dicho queda, de comercializar la famosa “agua de Carabaña”, a partir de 1883.

   A pesar de su vinculación política, y del renombre por el que fue conocido dentro y fuera de España, pasó por la provincia de Guadalajara prácticamente de puntillas, pues no comenzó a reconocerse su nombre, como suele suceder en tantas ocasiones, hasta después de su muerte.

   Días después de su entierro, uno de tantos periódicos que entonces se publicaban en la capital, nos decía: logró para algunos pueblos de nuestra provincia de Guadalajara algunas cantidades de propios, e hizo incluir en el plan general de carreteras las que sus paisanos y amigos le pidieron. Dotó de bibliotecas populares a varios pueblos, y siempre tuvo la puerta abierta a sus paisanos…

   También logró, desde las gradas del Congreso de los Diputados, algo que causó una especie de revolución en su tiempo, al defender que fuese el Estado quien se hiciese cargo del salario de los maestros que, hasta entonces, 1900, corría a cargo de los Ayuntamientos; que como es sabido no se distinguían precisamente por cumplir con la escrupulosidad que correspondía a la hora de hacer efectivos los honorarios correspondientes a los docentes; creándose entonces, en iniciativa de la que tomó parte, el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes.





   Fundó y dirigió media docena de revistas de estudios químicos y farmacéuticos, y colaboró con la práctica totalidad de las que se editaban en la España de finales del XIX y comienzos del XX, en torno a la medicina o la farmacia, reuniendo una de las mayores bibliotecas de temas médicos conocida en Madrid, ampliada con los volúmenes que él mismo escribió.

   Su muerte, de forma inesperada en aquel Madrid en el que dejó su ciencia, causó una gran impresión en las reales academias, así como en la Universidad. Su entierro, al día siguiente, fue motivo de una gran manifestación de duelo de la que tomaron parte la inmensa mayoría de alumnos de las facultades de Farmacia y Medicina. Desde cualquier foro se coincidía en advertir que había muerto “una gloria de las ciencias españolas”.

   En el mes de febrero de 1910 rindieron tributo a su memoria las reales academias en Madrid, un tributo a su memoria del que participaron los alumnos de la Universidad, y en el que se sucedieron los discursos, leyéndose parte de sus trabajos, por espacio de casi dos días con sus noches.

   Guadalajara, capital y provincia, y su localidad natal, Mondéjar, todavía tardarían unos cuantos años más en incluir al sabio entre sus hijos predilectos. Hasta el mes de septiembre de 1926 cuando, con motivo de las fiestas de la localidad, de Mondéjar, el día 15 fue descubierta una placa dando su nombre a una de las calles de la villa en la que había nacido el 16 de marzo de 1839.

   ¡Gloria y honor a su memoria!, concluía la reseña fúnebre quien fuese su biógrafo, el académico de Medicina don Juan Ramón Gómez Pamo. ¡Gloria y honor a su memoria!

Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la memoria
Periódico Nueva Alcarria
Guadalajara, 28 de junio de 2019

viernes, junio 21, 2019

EL PINTOR DE ALBENDIEGO. Memoria de Marcos Luengo

EL PINTOR DE ALBENDIEGO.
Memoria de Marcos Luengo


    Marcos Luengo Martín, a quien se conocía entre la colonia guadalajareña de Madrid como el pintor de Atienza, nació en Albendiego, uno esos pueblos que hermosean en cualquier época del año a la sombra de los arabescos caprichosos de Santa Coloma. A la sombra del Santo Alto Rey de la Majestad, que todo lo domina. Siendo niño pintaba todos aquellos paisajes que conocieron sus ojos en lo primero que se  le echaba a las manos. La pizarra, la piedra, un papel que se encontrase o… el cartón en el que el tendero hacía sus apuntes. Después lo echaba a volar. Pastor, porque pastor fue su padre y lo fue antes que su padre su abuelo, y quizá enlazando generaciones algunos miembros más de su familia. Porque aquella, la de Albendiego, además de buenos carpinteros, fue tierra de pastores.



   Nació en el lejano año de 1936, y fue conocido en el pueblo por su afición a los pinceles. Mejor, a pintar. Y pintó. Hasta que la edad, por aquellos tiempos la edad era un factor importante a la hora de echar una mano en la casa, le obligó a ganarse la vida, o ayudar a la pobre economía familiar de la mejor manera posible: poniéndose a trabajar. Lo hizo con apenas doce o catorce años, ajustándose como zagal de pastoreo con uno de aquellos ricos hacendados de Atienza, que ajustaban zagales para que ayudasen a sus pastores a la hora de dominar los grandes rebaños, que entonces los había. Zagales de doce o catorce años que hiciesen el trabajo que no se les permitía a los perros de los pastores cuando las ovejas estaban a punto de ponerse de parto. Los perros las asustaban y podía malograrse el cordero; para eso, entre otras cosas, estaban los zagales, que ni ladraban, ni mordían.

   Suele pasar, casos se han visto, que en cuestiones semejantes cuando no es el cura es el maestro quien se fija en los avances del chico. Y aquí pasó. Y ambos convencieron a la familia para que a Marcos le diesen estudios de pintura. Pero… no había medios.

   Con diecisiete o dieciocho años se le consiguió beca de estudios, de pintura, por cuenta de la Diputación provincial de Guadalajara, en tiempos en los que las diputaciones becaban a gentes que, como Marcos, destacaban en algo. Por aquellos años se le dieron hasta 500 pesetas, todo un capital, para ampliación de estudios. Pero la necesidad de la casa obligó a que, en lugar de acudir a la capital, se marchase a la villa más próxima, a trabajar de pastor. Y cuando tuvo edad, a Madrid, a buscarse la vida.

   Corrían ya los últimos años de aquel decenio en el que el los pueblos serranos comenzaron a despoblarse y sus hijos a desparramarse en busca de futuro por algunas capitales de España, con Madrid a la cabeza. Años en los que la emigración desangró nuestros pueblos como si llegado fuese el San Martín, en lugar del matancero, desparramador de vidas. A Madrid llegó en el glorioso año de 1960. Cuando Madrid era la capital de un mundo de sueños, con el zurrón lleno. Año en el que comenzaba a labrarse el futuro de un pueblo que abría sus puertas en la capital. El mayor pueblo que nunca tuvo Guadalajara en la rugosidad de su mapa: La Casa de Guadalajara en Madrid, que tantos sueños, manos, hombres y familias cobijó en su última sede de la Plaza de Santa Ana.

   Había retomado aquel otro sueño, el de la beca de la Diputación provincial que le permitiese una media ayuda en la vida. Así que en lugar de emplearse a jornada completa en una cafetería, como tantos otros de los mozos de la tierra, lo hacía a la media. Y por la mañana acudía a servir cafés y desayunos a los señoritos de la capital,  y por la tarde a las salas del Prado, a pintar sueños.

   Llamó la atención el desparpajo del joven pintor entre los grandes hombres que se juntaban en aquellas interminables tertulias de la Casa. Llamó la atención de hombres ilustres, como don Francisco Layna, y don Sinforiano García Sanz, y… tantos más.

   El 9 de mayo de 1961 saltaba su nombre a los periódicos provinciales a través de la pluma de Miguel Rodríguez Gutiérrez –Mirogu, se hacía llamar-, dando cuenta de que el tal Marcos se había convertido en uno de los mejores copistas del Prado, y los turistas se rifaban sus obras: El, que por los altos picachos de Atienza conducía un rebaño de ovejas, conduce ahora el pincel, con verdadera firmeza –decía.



   Las alabanzas a su obra, y sus copias, fuesen de Alemania o de Estados Unidos llegaban a diario, reafirmándose en que estaba convertido en una de las grandes promesas de la pintura española. Tanto que incluso la Diputación provincial le renovó aquella antigua beca, de unos pocos cientos de pesetas, para dotarlo, nada menos, que con dos mil anuales.

   Por aquellos días pintaba, para la Casa de Guadalajara que le abrió sus puertas, los escudos de los partidos judiciales que serían seña de sus salas. Y alguna que otra obra, de la mayor pinacoteca de España, en la que figurasen obras de Bartolomé Esteban Murillo o Alonso Cano, sus ídolos. Y preparaba una exposición antológica de su escasa obra, que todos sus paisanos le pedían.

   También descubrió que le gustaba escribir, y comenzó a hacerlo en los periódicos de la provincia. A hablar de lo que conocía; los pueblos serranos de una Guadalajara que se despoblaba y para los que pedía inversiones e industria. Y la Diputación provincial, para el año de 1962, le negó la beca de estudios, porque no renovó a tiempo la documentación necesaria.

   Las manos y voluntades de gentes con humanidad suplen en ocasiones a la fría burocracia, la Casa de Guadalajara en Madrid estaba ahí para echarle una mano y, en unos días, se reunieron las tres mil pesetas que Marcos precisaba y la Diputación le negó. Tres mil abrazos juntos de hijos de la tierra, que los aportaron a pequeños palmadas. Y de ello se hizo eco la prensa madrileña sacando los colores a las autoridades de una provincia a la que pareció no importarle que sus paisanos tuviesen que abandonar sus tierras para buscarse el pan. Y Marcos apareció en los diarios de tirada nacional, como estrella de la pintura de una provincia de Guadalajara que, a dos pasos de Madrid, se olvidaba de sus gentes. Suele suceder.

   El 17 de abril de 1963 ocupaba la contraportada de uno de los periódicos de mayor tirada nacional. El Diario Pueblo. En él, Marcos se sinceraba con sus sueños:

 -Yo siempre he sentido afición al dibujo, pues desde niño dibujaba con tizones de la lumbre en las paredes blancas de la casa de mis padres. Mi madre me daba buenos pescozones…

   Después de aquella entrevista pasaron unos días en los que Marcos continuó atiborrándose de sueños. Como si fuese una estrella. Como si fuese aquel Vázquez Díaz del que comenzó a seguir los pasos. Hasta que dejó de asistir a las tertulias de La Casa de Guadalajara en Madrid, y alguien supuso que a Marcos tenía que haberle sucedido algo. Porque para Marcos, la Casa lo era casi todo.

   Y alguien llamó a la pensión del Paseo de las Delicias en la que vivía, y también dijeron que hacía un par de días que no se le veía entrar ni salir. Tampoco asistir a las salas del Prado, ni a las puertas, a vender sus óleos, que ya le permitían vivir, enteramente, de la pintura.

   El 20 de mayo de aquel 1963 en el            que comenzaba a triunfar, el encargado de la pensión, con dos o tres de aquellos socios de la Casa que lo echaron en falta, abrió las puertas de su cuarto, y allí estaba Marcos. Había sufrido una insuficiencia cardiaca que le costó la vida.

   Y Albendiego, y Atienza, y todos aquellos pueblos serranos que hoy están a la vuelta de un puño del Madrid que todo se lo llevaba, entonces estaban lejos, muy lejos.

   Los socios de la Casa de Guadalajara en Madrid costearon su entierro. Antes pudo localizarse a uno de sus hermanos, quien junto a su madre llegaron a Madrid para encontrarse con el hijo y hermano muerto en plenitud de sueños. Y sin medios para llevarlo a descansar a aquella tierra que le dio la vida y los colores con los que pintaba un futuro en óleos, lo tuvieron que dejar en el lugar en el que comenzó a hacer realidad los sueños.

   Recibió sepultura el 21 de mayo en el cementerio de la Almudena, en Madrid. Donde lo socios de la Casa de Guadalajara le consiguieron un lugar para el descanso eterno. Esa Casa de Guadalajara, tan olvidada de las autoridades provinciales del antes y el después, que tantas manos dio y tantos corazones repartió entre quienes los necesitaron.







   En el momento de su muerte, Marcos Luengo se disponía a comenzar la copia de Las Lanzas, de Velázquez;  tras concluir una obra de Murillo, la Virgen del Rosario, y dejar un montón de apuntes pictóricos sobre Albendiego y Atienza. Días después, a modo de despedida, decía de él quien más lo había seguido, el Sr. Layna Serrano: Al lamentar esa desgracia irreparable, cuantos le quisimos, o sea, cuantos le hemos conocido y disfrutado su bondad afable, le recordaremos siempre…

   También la Serranía lo recordó algunos días, hasta que llegó el olvido. El olvido hacía la gente que, como Marcos Luengo, se tuvo que ganar el pan lejos de su tierra, llevándola siempre, palpitante, dentro de su corazón.

Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la memoria
Periódico Nueva Alcarria
Guadalajara, 21 de junio de 2019

miércoles, junio 19, 2019

SEGUNDO PASTOR. El Guitarrista Universal

SEGUNDO PASTOR.
El Guitarrista Universal


    Lo respondió un buen día, cuando alguien le preguntó qué de dónde se sentía, puesto que Segundo Pastor Marco debía de tener los cariños divididos entre su localidad natal y la ciudad en la que se hizo hombre. Su localidad natal Poveda de la Sierra, en el Señorío Molinés; la ciudad, Cuenca, en donde estudió Bachillerato y siguió la carrera de Magisterio. Alejándose de alguna manera del oficio paterno, puesto que su padre era el molinero de Poveda.

   Segundo Pastor, quien solía hablar con cariño de “sus dos tierras”, cuando le quisieron poner a prueba, dándole a elegir, respondió que era “universal”.

   Y lo era, en cierto modo, puesto que cuando respondió de esa manera había recorrido medio mudo, y parte del otro medio, dando conciertos de guitarra y poniendo en un inmejorable lugar a la tierra española, y a la Alcarria, con ella a su tierra molinesa.



   Nació, como decimos, en Poveda de la Sierra, el 23 de junio de 1916, donde, como nos diría el primero de sus biógrafos, don José Sanz y Díaz, desde los primeros años de su vida destacó en la música, y no disponiendo en el áspero ambiente rural de más instrumentos que un acordeón lo aprendió a tocar perfectamente, causando la admiración de quienes lo escuchaban. Actuando, a los nueve años de edad, como organista de la iglesia de su pueblo. Ambos instrumentos, acordeón y órgano, los aprendió a tocar de oído. Los estudios de solfeo vendrían tiempo después.

   En Cuenca, donde como capellán del Hospital de Santiago ejercía uno de sus tíos, el que puso en sus manos, por vez primera, una guitarra, que aprendió a dominar cumplidos los once o doce años. Cuando llegó a don Adolfo Chumillas, profesor de guitarra, don Adolfo le dijo que poco podía ya enseñarle puesto que, al parecer, y a pesar de su juventud, se había convertido en poco menos que un maestro.

   De Cuenca a Madrid, donde se matriculó en el Conservatorio de Música, siguiendo los pasos de su entonces maestro, don Daniel Fortea convirtiéndose, a su vera, en magnífico ejecutante de los compositores clásicos para guitarra, especialmente de maestros clásicos como Francisco Tárrega, Joaquín Turina o Enrique Granados. En la década de 1940 comenzó a ser lo que siempre quiso, concertista de guitarra.

   Segundo Pastor, hombre amable, de trato familiar y con personal gracejo, fue querido por todos los públicos que le escucharon. Fue catedrático honorario de la Universidad de Oswego en los Estados Unidos; condecorado por el gobierno de Venezuela; académico de las Artes y Letras de Cuenca, y presidente de la sección de música de la Institución "Marqués de Santillana" de la Diputación de Guadalajara, entre otros muchos honores y títulos.

   Viajero incansable por Europa y América, donde dio conciertos memorables como el que sirvió de estreno a su obra Suite de Flandes, con la Orquesta de Conciertos de Nueva York en 1977, Rusia y Japón, Argentina y México, escucharon alguna de las piezas que salieron de las cuerdas de sus guitarras, su segundo amor, después del que profesaba por su esposa, doña Julia; las dos mujeres que nunca lo defraudaron: la esposa, y  la guitarra; que decía.

   De su importante producción para guitarra cabe destacar La Leyenda del Júcar, Homenaje a la Alcarria, Piezas descriptivas de la Ciudad Encantada, Homenaje a Chopín y Tríptico del Doncel. Son sólo algunas de las cerca de medio centenar de composiciones que dejó escritas, y que formaron parte de su repertorio. También dejó para la posteridad unos cuantos discos con el sonido de su guitarra; y algunos libros contando sus métodos.

   En los últimos años de su vida, cuando se comienzan a recoger los frutos del camino recorrido fue nombrado Hijo Predilecto de su localidad natal y Adoptivo de la ciudad de Cuenca. El Conservatorio de Jalisco llevaba su nombre, y en Puerto Rico se lo dieron igualmente al certamen de guitarra más internacional de aquella tierra. Y Alguien le encargó escribir el himno de Castilla-La Mancha que, después, parece que se perdió por los cajones de los despachos oficiales.

   En el cénit de la gloria, cuando la edad comenzó a pedirle cuentas, sufrió un infarto cerebral que, poco a poco, se lo fue llevando del mundo de los vivos para convertirlo en una de las leyendas de la tierra de Guadalajara, con sonido de guitarra.

   Segundo Pastor Marco, concertista de guitarra, nació en Poveda de la Sierra (Guadalajara), el 23 de junio de 1916; falleció en Madrid, el 9 de noviembre de 1992.


Tomás Gismera Velasco
Gentes de Guadalajara

viernes, junio 07, 2019

GONZALO RUIZ DE ATIENZA, El hombre del Rey, en Sevilla

GONZALO RUIZ DE ATIENZA,
El hombre del Rey, en Sevilla

    Quizá, viendo hoy lo que ha quedado de la villa de Atienza, después de la condena de los siglos, luego de aquella triste demolición a la que la sometió el tristemente célebre condestable de Castilla Don Álvaro de Luna, no podamos imaginarnos lo que fue con anterioridad a ese desastroso siglo XV en el que todo cambió.


   Con anterioridad a 1446, cuando Atienza quedó arruinada, y despoblada por espacio de más de diez años, fue una de las villas punteras de Castilla, y dio a la historia de sus reinos, de los que eran y los que continuaron siendo, nombres que han de permanecer en la memoria de la historia.

   Entre aquellas grandes figuras que vieron la luz en nuestra histórica villa de Atienza, una de ellas, y por las circunstancias más representativas del siglo XIII, fue Gonzalo Ruiz de Atienza. Gonzalo Ruiz y, por supuesto, sus hermanos.



   No conocemos el nombre de todos, pero si al menos el de uno de ellos quien lo acompañó en alguna de sus aventuras y embajadas, y junto a nuestro Gonzalo estuvo, entre otros lugares, en el sitio y conquista de Sevilla, y obtuvo en la ciudad del Guadalquivir mercedes reales; se trató de Pero, o Pedro, Ruiz de Atienza. Ambos hermanos están en el origen de que el apellido Atienza se extendiese por Andalucía, y por otras partes de la Península, y de que se uniese a la antigua nobleza castellana.

   Gonzalo Ruiz de Atienza debió de nacer, en Atienza por supuesto, hacía el año 1230. Siendo hijo de otro Gonzalo Ruiz de Atienza, a quien la historia sitúa como alcaide del castillo y fortaleza atencinas en torno a esos mismos años, citándose igualmente como “señor de la villa” en otras relaciones.

   Algunos historiadores sitúan el nombre de nuestro ilustre paisano como maestre de la Orden de Calatrava mediado el siglo XIII, pues como tal parece figurar en el documento fundacional de la villa de Orduña, dado por Alfonso X el Sabio en 1256, aunque también pudiera tratarse de Gonzalo Ruiz padre, en cualquier caso y oficialmente el maestre de Calatrava en aquel año era Pedro Yáñez, por lo que pudiera tratarse de una representación. Si bien en la historia de Orduña se nos cuenta:

   El Rey Alfonso X al fundar la villa de Orduña la separó del Señorío de Vizcaya uniéndola por segunda vez al reino de Castilla. Poco debió de durar esta separación pues en la Crónica de Alfonso X el Sabio, en su Capítulo 51 consta: Que el Rey Sabio vino después en que se entregasen a don Lope los lugares de Orduña y Valmaseda, y así, en boca del Maestre de Calatrava, don Gonzalo Ruiz de Atienza se dice lo siguiente: “Y que pidan del heredamiento que es de Orduña y Valmaseda y que ellos otorgaron por el Rey, que se lo dará a don Diego López de Haro y que fuera con el Imperio”. Esta última frase se refiere sin duda a la ayuda que podría prestar el Señor de Vizcaya en la consecución de la Corona del Sacro Imperio a la que aspiraba por aquel entonces el Rey Alfonso X.

   Descendiente de una de aquellas dinastías que llegaron a Atienza en tiempos de la reconquista y se asentaron en la villa, Gonzalo Ruiz de Atienza fue, durante mucho tiempo, una especie de “privado del rey”, lo que vendría a ser en aquellos remotos tiempos como una especie de primer ministro, pues como a tal nos lo pintan en algunas crónicas. Tomando parte activa tanto en la corte de Alfonso X como en la de su sucesor, Sancho IV, situándolo las crónicas de ambos reinados como un personaje de indudable influencia, interés, fortuna y por supuesto responsabilidad en el reino. Pudiendo ser, de entre sus papeles destacados, uno más, su actuación en la conquista de Sevilla, llevada a cabo en 1248.

   Hay cierta confusión sobre el papel que Gonzalo Ruiz de Atienza tuvo en la conquista de Sevilla, pues según de qué autores hagamos cuenta nos lo citarán como almotacén, almogávare, adalid, o simplemente como un rico-home castellano, de la vieja nobleza surgida después de la Reconquista, lo cierto es que, aun a pesar de recibir bienes en la recién conquistada ciudad en menor cuantía de lo que lo hicieron otros caballeros, lo recibido fue tan cuantioso como para hacer que su fortuna estuviese entre la de los principales caballeros de Castilla.

   En los Elogios de los Conquistadores de Sevilla, de Gonzalo Argote de Molina, escrito ya en el siglo XVI, el autor nos dice de  nuestro paisano:

   Es Don Gonzalo Ruiz de Atienza de quien se hace muy particular memoria en la Crónica del Rey don Alonso el Sabio en el Cpti. 23, 24, 26, 45, 46, 47, 48, 51, 52 y 53. Fue uno de los principales caballeros de aquel tiempo y de quien el rey hizo mayores confianzas, fue por su embajada al infante don Felipe y a los ricos homes del reino que estaban desavenidos del rey en el reino de Granada, y así mismo por embajador al rey moro y hizo al rey muchos y grandes servicios. Excelente caballero, dicen diera (descendiera) de otro Gonzalo Ruiz de Atienza que se halló con el rey don Sancho de Castilla tercero de este nombre, en las vistas que tuvo con el conde Ramón Berenguer príncipe de Aragón en Navarra…


   En el reparto de Sevilla recibió junto a la puerta de Goles setenta aranzadas de olivar, siete de viñas y siete yugadas de heredad en Alcalá del Río, de lo que parece no llegó a posesionarse en toda su parte, recibiendo más tarde, y de manos del rey un nuevo donadío en Huévar, hoy Huévar del Aljarafe, de setenta aranzadas de viñas a cambio de las siete anteriores, con otras setenta de olivar y otras tantas de viñas a la entrada de Sevilla.

   Continuó nuestro Gonzalo por aquellas tierras, y recibió, tras la conquista de Alcalá de Guadaira otras cinco aranzadas de viñas y seis yugadas de pan al norte de Triana. E igualmente es conocido que tuvo sus casas en la colación del hoy barrio del Salvador, probablemente con extensa huerta, aunque lo de la huerta quede en el aire, teniendo por vecino al caballero Pedro Pérez de Medina.

   Era ya poseedor de grandes espacios de tierra en el reino de Aragón, donde tuvo uno de sus principales señoríos; señoríos que extendería por tierras de Cuenca, de Burgos y, ante todo, de Andalucía. Sin dejar a un lado a la actual provincia de Albacete, siendo señor en Jorquera, y caballero principal de la villa de Boniches. Cuya cronista, Amparo Buj, por estos días hilvanando la historia de aquella magnífica población conquense, me comunicaba no hace muchas fechas, haber encontrado el hilo conductor para poder afirmar que nuestro paisano y su hijo fueron los mecenas que costearon la hermosa iglesia de aquella villa.

   Una de sus hijas, Aldonza Ruiz de Atienza, casada con Juan Ruiz de la Bastida, heredó las tierras aragonesas, dejando en Aragón el apellido Atienza.

   Nos dicen las crónicas que prestaría en el futuro grandes servicios al rey, lo que efectivamente sucedió. En 1263 formó parte del grupo de compromisarios castellanos que habría de negociar con los aragoneses las fijación de los límites de ambos reinos, y todavía la historia le reservaba un nuevo y más importante papel que llevó a cabo en 1272, cuando su figura se destaca definitivamente, nos cuenta Alfonso del Pozo y Barajas desde la Universidad de Sevilla, con motivo de la rebelión de los ricos-homes castellanos que encabezara don Nuño González de Lara: desde mediados de agosto de ese año hasta el verano siguiente, Gonzalo Ruiz de Atienza actúa como mandadero del rey ante los nobles desnaturados, a los que seguirá una y otra vez en su furioso vagar. Su asistencia a la entrevista de Atienza, a la funesta de Sabiote, a las negociaciones de Granada y Porcuna hicieron de él un fugaz testigo, a la vez que protagonista de la historia.

   Sin duda continuaremos, o continuarán, hablando de don Gonzalo Ruiz de Atienza, sirva esto de adelanto sobre una figura histórica de la que en la comarca apenas se tiene memoria, y en Atienza forma parte de las páginas del olvido histórico, pero que en tiempo pasado llegó a ser protagonista de una novela de carácter histórico a la moda del siglo XIX, “Las amarguras de un rey”, de la que fue autor, en 1846, el alicantino Nicasio Camilo Jover.


Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la memoria
Periódico Nueva Alcarria
Guadalajara, 7 de junio de 2019


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viernes, mayo 17, 2019

ANTONIO LLEÓ SILVESTRE


ANTONIO LLEÓ, EN LA CASA DE PIEDRA.
Descubrió para el mundo la obra de Lino Bueno en Alcolea del Pinar.

   Unos años antes de que el rey Alfonso XIII se acercase a la Casa de Piedra de Lino Bueno, horadada en la viva roca de Alcolea del Pinar, por ella lo hizo uno de esos hombres que pasan y, sin apenas dejar huella, desaparecen, cumplida su labor. El hombre fue don Antonio Lleó Silvestre, el primer personaje que sacó al mundo el nombre de Lino Bueno y contó, para España y parte del extranjero lo que en Alcolea del Pinar había labrado aquel.

   Había, porque Lino Bueno vivía ya en la Casa de Piedra cuando don Antonio Lleó llegó a Guadalajara y conoció a Lino, Alcolea y la Casa.



   Natural de Valencia, Antonio Lleó Silvestre alcanzaría el título de Ingeniero de Montes en aquella ciudad en 1907, siendo destinado para el ejercicio de su profesión, después de recorrer numerosas poblaciones de Valencia y Teruel, a la provincia de Guadalajara, en 1918. Al asentarse en la capital de la provincia, en el mes de febrero de aquel año, llegaba procedente de Madrid; contaba con treinta años de edad, pues había nacido en la capital valenciana en 1888.

   En su misión de catalogar los montes provinciales llegó a los pinares del Ducado de Medinaceli poco después de su llegada a Guadalajara. Cuando Lino Bueno llevaba doce o catorce años picando la roca.

   De la llegada de Antonio Lleó a la capital se hizo eco la prensa, dedicando una nota a su  nombramiento; siendo admitido como vecino de Guadalajara, por su Ayuntamiento, a efectos de empadronamiento, en la sesión municipal que se celebró el 16 de febrero de 1918.

   La primera noticia de lo que aquel hombre, Lino Bueno, estaba llevando a cabo en aquel pueblecito llamado Alcolea del Pinar, en la carretera de Madrid a Tarragona, apareció en la prensa el 18 de agosto de 1920, sin firma de autor, a pesar de que no dudamos de que en realidad, tras aquel silencioso anonimato se encontrase Antonio Lleó, y con una hermosa imagen debida al fotógrafo Cámara. Son apenas unas líneas bajo un título significativo: Alcolea del Pinar. Una casa en plena roca.

   Fue el punto de partida para todo lo que vendría después, en suma, el reconocimiento a la labor de un hombre y, claro está, a su fuerza de voluntad.

   Entonces no existía lo que hoy conocemos como Seguridad Social, por lo que la hucha de las pensiones, tan en discusión en nuestros tiempos, ni aumentaba ni disminuía; pero se había creado muchos años antes, en 1908, el Instituto Nacional de Previsión, que con el tiempo sería el que se encargase de lo de la hucha y las pensiones. Distinto, claro está, a como hoy lo conocemos. Un instituto que, a pesar del tiempo transcurrido desde su fundación, no terminaba de despegar. Era entonces, más o menos, una especie de fondo de pensiones en el que los trabajadores iban ingresando algunas pequeñas cantidades que, en el momento en el que el cuerpo y la edad no permitiesen el trabajo, podían convertirse en una especie de salario mínimo mensual con el que poder subsistir.




   Fue nombrado, don Antonio Lleó, compatibilizando el nombramiento con su oficio de Ingeniero de Montes, el 2 de julio de 1920 por el Gobernador civil de Guadalajara –en oficios de interino-, don Antonio Gómez Plasent, Inspector Provincial del Trabajo, y aquí fue cuando el Sr. Lleó ideó la manera de lanzar el Instituto de Previsión al conocimiento provincial, al tiempo que se buscaba homenajear, y procurar un retiro, si acaso medianamente pagado, a Lino Bueno, quien para entonces, para ese año de 1920, contaba con la saludable edad de 67.

   Antonio Lleó Silvestre se dirigió a la prensa provincial a fin de involucrarla en su proyecto. Un proyecto que buscaba que a Lino Bueno se le hiciese uno de los primeros “Homenajes a la Vejez”, con los que en los pueblos se promocionaba el Instituto de Previsión. Hasta entonces, personas de setenta, de ochenta y más años, continuaban desarrollando, mientras sus fuerzas se lo permitían, labores agrícolas o ganaderas como cuando tenían treinta, cuarenta o cincuenta años, ya que no tenían otros medios con los que sacar adelante a la familia, o mantenerse ellos mismos, salvo que tuviesen algún posible; contasen con unos ahorros, pudieran vivir de los hijos, o los sostuviese la caridad municipal.

   En el asunto, a más de a la prensa provincial, involucró Antonio Lleó al maestro del pueblo, don Manuel Chillida Poza, quien escribió un memorial con todo lo hecho por Lino Bueno,  para que Lino lo pudiese poner en manos del Sr. Gobernador civil de la provincia, entonces don José Gil de Angulo, a quien se lo llevó personalmente cuando don José acudió a Sigüenza a la presentación del Sindicato Católico Agrícola de don Hilario Yabén, que tuvo lugar en la ciudad y su Teatro Seguntino la tarde del 4 de enero de enero de 1925. Lino Bueno, llegó a la sala del hotel, andando desde Alcolea, en la que las autoridades, tras la llegada del Sr. Gobernador, se dedicaron a homenajearlo, previa la charla, con una de aquellas comilonas con las que se celebraban los eventos políticos. Se abrió paso, el bueno de Lino, llegó al Gobernador y debió de decirle aquello de: “esto me lo han dado para usted”. El gesto de la primera autoridad provincial, cuando conoció la obra del hombre fue sentarlo a la mesa junto a él y tratarlo como si fuese una más de las autoridades que a él lo complacían. Todo un gesto.

   También involucró en el asunto, don Antonio Lleó, al subdirector del Instituto de Previsión, don Álvaro López Núñez y a su presidente, el General Marvá; y como necesitaba para dar conocimiento de todo ello a la prensa, echó mano de su amigo don Francisco de Paula Barrera quien, además de ser uno de los más prestigiosos abogados provinciales dirigía el semanario La Palanca; estaba casado don doña Remedios de Medrano, maestra de Geografía e Historia de la Escuela Normal, y que, por si fuera poco, veraneaban en Alcolea del Pinar.

   Para entonces Lino Bueno y su familia ya venían sacando unas pesetas extras a cuenta de las numerosas visitas que comenzaban a llegar a la Casa de Piedra. Un rudimentario cartelón junto a la carretera anunciaba que a cien metros de allí se encontraba aquella especie de monumento que quienes lo visitaban no dejaban de admirar, y sobre la fachada de la roca el señor Lino había tallado a cincel y martillo la fecha del inicio de la obra: “Se edificó por Lino Bueno, año de 1907”. Después de la misa del día de San José de aquel año, dio Lino Bueno el primer picotazo a la peñasca. Para rematar la obra, don Antonio Lleó logró que el Ayuntamiento de Alcolea aprobase concederle el título de propiedad de la peña.

   Y allá se juntaron, delante de la roca convertida en casa, el 22 de julio de 1925, las primeras autoridades locales y provinciales para hacer entrega a Lino Bueno de la propiedad de la peña; de la paga prometida y del “Premio al Trabajo”. A todos los retrató Francisco Goñi, y la proeza, fue conocida en toda España. Luego, unos años después, llegó la majestad del rey Alfonso XIII, y don Antonio volvía a Madrid, cumplido su trabajo, donde fue uno de los mayores defensores del arbolado, y de la Naturaleza.

   La Casa de Piedra, el monumento a la memoria y la fuerza de voluntad de un solo hombre.


Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la memoria
Periódico Nueva Alcarria
Guadalajara, 17 de mayo de 2019