Blog dedicado a la biografía breve de personajes destacados y curiosos de la provincia de Guadalajara, hasta el siglo XX, por Tomás Gismera Velasco.-correo: atienzadelosjuglares@gmail.com

viernes, noviembre 10, 2017

MANUEL PÉREZ VILLAMIL

DE SIGÜENZA: MANUEL PÉREZ VILLAMIL.
A los cien años de su muerte


   El 11 de noviembre de 1917, Manuel Pérez Villamil retornó a Madrid desde Murcia. Había acudido a aquella provincia para tratar de restablecerse en su delicada salud, algo que no consiguió y probablemente sintiendo que se acercaban sus últimos días, quiso retornar. A partir de su vuelta los madrileños, los seguntinos y los guadalajareños conocieron que la vida de don Manuel se apagaba.



   Hijo del abogado seguntino del mismo nombre, y de María del Carmen García Somolinos nació en Sigüenza el 3 de octubre de 1849. En Sigüenza llevó a cabo sus primeros estudios, que continuaría en Guadalajara para pasar más adelante a la Universidad Central de Madrid, donde llevó a cabo estudios superiores, doctorándose en Derecho, así como en Filosofía y Letras, estudios que llevó a cabo entre 1864 y 1870.

   Comenzó su vida laboral como abogado al lado de su padre, representando en algunos  pleitos al diario madrileño “El Siglo Futuro”, al tiempo que comenzaba su vida periodística. Profesión, la de Derecho, que no tardaría en dejar a un lado para dedicarse a la docencia, llegando a ser Catedrático de Teoría e Historia de las Bellas Artes en el Centro de Estudios Católicos de Madrid, al tiempo que opositaba al cuerpo de Bibliotecarios y Archiveros, incorporándose a la institución en 1886.

   Sus primeros pasos periodísticos los llevaría a cabo en esta década, la de 1870, en la revista Hispano Americana “Altar y Trono.

   En junio de 1882 contrajo matrimonio en Madrid con la aristócrata Concepción de Pineda, nieta del marqués de Campo Santo. Anotando que, a partir de entonces, sus amores patrios quedarían divididos entre la provincia de Guadalajara y la de Murcia, investigando y dando a la luz, sobre su tierra de acogida algunas obras de interés en torno a sus pasadas industrias y el trabajo de la mujer, siendo recordado por su defensa del patrimonio histórico-artístico y por la permanencia en aquella capital del famoso “Belén de Salzillo”. Obra que le fue entregada para su custodia logrando, mediante diferentes artimañas, que en lugar de que la colección de figuras terminase en manos particulares, acabase, como lo hizo, siendo de dominio público en la capital murciana.



   Para entonces, para cuando contrajo matrimonio, se había convertido en un destacado periodista. Había comenzado a colaborar con la revista “La Ilustración Católica” que terminaría adquiriendo para convertirse en su director entre el verano de 1879 y los inicios de 1887. Igualmente dejó sus escritos en revistas y diarios como “La Ciencia Cristiana”, “La Lectura Dominical”, “La Crónica”, etc., en muchas ocasiones firmando con seudónimo, o con sus simples iniciales: “M.P.V.”.

   A través de “La Ilustración Católica” se dio a conocer al gran público con artículos en los que el arte y la religiosidad alternaban con otros en los que se mantuvo presente la provincia de Guadalajara, principalmente a través de las comarcas de Sigüenza y Atienza.

   Formó parte de la histórica “Peregrinación Española a Roma”, que tuvo lugar en 1876, ejerciendo en la ocasión como corresponsal para varios periódicos madrileños, y dando a la luz, al término de aquella, un completo relato del viaje, que llevó por título “La Peregrinación Española en Italia”.   Posteriormente compaginará su vida entre la docencia, la Academia de la Historia, el Cuerpo de Archiveros y, por supuesto, la investigación histórica.



Libros para vivir y conocer los museos de Atienza
 Museos de Atienza. Tres Museos, tres historias, tres libros para conocerlos.


   Fue elegido Académico de número de la Real de la Historia en 1906, haciendo efectivo su ingreso con la lectura de su discurso el 12 de mayo de 1907 siendo apadrinado por quien entonces era Cronista Oficial de Guadalajara, don Juan Catalina García López. Uno de sus grandes amigos junto a Francisco Navarro Villoslada, de quien se sentía discípulo y seguidor. Pérez Villamil era ya, desde el 7 de mayo de 1875, académico correspondiente por Sigüenza, de la Historia.

   Hacía muy poco tiempo que Pérez Villamil había publicado una de sus obras más significativas: “Arte e Industrias del Buen Retiro; La Fábrica de la China. El laboratorio de piedras duras y mosaico, obradores de bronces y marfiles”, dada a la imprenta con la colaboración del coleccionista madrileño, político e industrial, entre otras muchas cosas, Francisco de Laiglesia y Auset; libro que obtendría el premio “al talento” de la Real Academia.

   Para la provincia de Guadalajara en general, y para Sigüenza en particular, la gran obra legada para la posteridad sería su historia de la “Catedral de Sigüenza”, contando con las aportaciones del clérigo Román Andrés de la Pastora, y de don Ambrosio Mamblona, quienes serían piedra clave para futuros estudios seguntinos en general y de la catedral en particular.

   No era aquel, el del premio al talento, el primero que recibía Pérez Villamil, puesto que en sus comienzos recibió, el 5 de mayo de 1878, el de la Academia Bibliográfica Mariana de Lérida por su obra “Representación de la Virgen Santísima en el Arte Cristiano”. Y unos años antes, en 1872, el premio de la Ilustración Popular de Valencia, por su romance histórico “La muerte del moro Zafra”, cantando y contando una leyenda en torno a este personaje descubierto en una de sus primeras visitas al Monasterio de Huerta, según propia confesión, en el libro a él dedicado.



   Su vida comenzó a apagarse en 1916, tras el decreto oficial de su jubilación, publicado en el mes de octubre, el día 10, por el que cesaba en su cargo de jefe de tercer grado del cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios por razones de edad y salud.

   Había perdido vista, habla y movilidad, a pesar de que continuaba trabajando en sus informes para la Real Academia. Tenía pendientes algunos estudios de Arte, que publicaría en los inicios de 1917 en algunas revistas especializadas y ofreció su última conferencia en el Ateneo de Madrid el 21 de febrero de aquel año 1917. La conferencia versó sobre la porcelana del Buen Retiro. Su estado de salud no le permitió ofrecerla por sí mismo por lo que, escrita en un sinfín de cuartillas, fue leída por el vizconde de San Enrique, proyectándose numerosas fotografías de la colección del Sr. Laiglesia.

   Fue aquel uno de sus últimos actos públicos ya que la enfermedad se agravó hasta que, al regresó de Murcia, no le permitió salir de casa. Su fallecimiento apenas ocuparía unos renglones en los periódicos, nacionales y provinciales, se produjo el día 11 de diciembre en su domicilio familiar de la calle de  Ferraz número 84, de Madrid.


   Para la posteridad dejó un importante legado en obras de gran calado para la historia patria y guadalajareña. Entre ellas la que, dicho queda, representa, quizá, su obra de mayor calado: “La Catedral de Sigüenza”, que vio la luz en 1899; el primer trabajo que, en profundidad, estudiaba la sede de la mitra seguntina.

      Aparte de estas, fue traductor de algunas otras, del francés e italiano al español, colaborando con las editoriales Bonnet y del Amo, de París y Madrid, respectivamente; quedando como más significativa de estas traducciones la que llevó a cabo sobre “Las Florecitas de San Francisco de Asís”, firmada bajo el seudónimo de “Un hermano de la Orden Tercera”, a la que pertenecía.  Igualmente, continuó la labor emprendida por Juan Catalina García López en la edición de las “Relaciones Topográficas de Guadalajara”, debiéndose a Pérez Villamil el tercer volumen, al tiempo que, fallecido García López, tuvo el encargo de informar a la Real Academia sobre los monumentos provinciales de Guadalajara necesarios de catalogación y conservación, entre ellos el Palacio del Infantado y la Capilla de Luis de Lucena, informes, junto a otros de distinta procedencia publicados en los Boletines de la Real Academia.




   Igualmente fue nombrado, en sustitución del Marqués de Polavieja, vocal de la Comisión Ejecutiva de Excavaciones de Numancia, en 1914; así como de los hallazgos arqueológicos que tuvieron lugar en la localidad de Coria, en la provincia de Cáceres.

   A todo esto se unirán artículos, conferencias, charlas… En su mayoría, al día de hoy, desconocidas. El tiempo las ha borrado de la memoria impresa.

   Al día siguiente de su fallecimiento recibió sepultura en la madrileña Sacramental de San Justo.
   No está de más que, al igual que recordamos a quienes en el mundo de las letras dieron mérito a nuestra provincia sin ser naturales de ella; recordemos, con igual o mayor motivo, a los hijos que, nacidos en ella, también la engrandecieron.

Tomás Gismera Velasco
Nueva Alcarria, 10 de noviembre 2017

martes, noviembre 07, 2017

NOVELAS CON HISTORIA: EUGENIA DE MONTIJO; ELENA SANZ; EL VUELO DEL CUATTRO VIENTOS; EL PALACIO DEL INFANTADO...

 NOVELAS CON HISTORIA: EUGENIA DE MONTIJO; ELENA SANZ; EL VUELO DEL CUATTRO VIENTOS; EL PALACIO DEL INFANTADO...




Hay veces en los que la historia se convierte en una novela… de éxito a través de Amazón

EUGENIA DE MONTIJO. EL IMPERIO ESCARLATA: http://amzn.eu/itHJvW1
(La vida novelada de una mujer que quiso ser monja y se convirtió en la última emperatriz de Francia)

MENDOZA EL TROVADOR: http://amzn.eu/erHN8kA
(Una historia de Guadalajara, a través de la construcción del Palacio del Infantado, que no deja de sorprender. Premio Alvaro de Luna de novela Histórica)

CUATRO VIENTOS. EL GLORIOSO VUELO DE BARBERÁN Y CÓLLAR: http://amzn.eu/eiWuR89
(La historia del primer vuelo trasatlántico, directo y sin repostar, entre España y América. Cuarenta horas a bordo de un avión, el éxito y el fracaso)

ELENA SANZ, LA PERLA DE PARÏS: http://amzn.eu/gFExzDE
(La mujer que pudo reinar. O la reina en la sombra, al lado de Alfonso XII.  Finalista del premio Hispania de Novela Histórica)

viernes, noviembre 03, 2017

JORGE DE LA GUARDIA. MEMORIA EN MIEDES DE ATIENZA

MIEDES DE ATIENZA. MEMORIA DE DON JORGE DE LA GUARDIA
Y del teatro; y de don Juan Tenorio.


   Si don Jorge de la Guardia, que fue uno de aquellos personajes que dedicaron parte de su vida a forjar la Serranía de Atienza tal y como hoy la conocemos levantase la cabeza, sin duda que nos corría a sopapos. Porque don Jorge de la Guardia, además de forjador de una parte de la Serranía de Atienza, de ser pintor, dibujante, escritor, periodista, industrial, actor, coleccionista de sellos, médico, y unas cuantas cosas más, tenía un genio bastante arisco que heredaron sus hijos. Sobre todo don Paulino, quien también fue médico; como su padre, por Galve de Sorbe, Albendiego, Miedes, su entorno y, por último, antes de abandonar la provincia, Jadraque. Y no consentiría ver sus pueblos despoblados.

   Don Jorge no nació por estos pagos, lo hizo en Málaga, aunque en estos desarrolló lo más importante de su labor. Por aquí se casó con doña Paulina, una de las hijas del anterior médico de Miedes, don Paulino Izquierdo, y por aquí dejó a toda su descendencia. En tiempos en los que los médicos se casaban con las hijas de los médicos, como las maestras lo hacían con los maestros.

Jorge de la Guardia, caricaturizado por sí mismo


   Llegó en 1890 como médico de Galve, después de concluir en Madrid la carrera, y desde entonces no cesó de hacer cosas. Un día se paseó por la ermita de la Soledad, de Higes, y la decoró con sus pinturas. Unas pinturas que, para desgracia de nuestros tiempos, ya están más que perdidas. Y es que no tardó en mostrar el genio de dibujante, y de pintor, que llevaba dentro. Tanto que fue, como entonces se denominó, colaborador artístico de la mayoría de los semanarios provinciales de su tiempo. Y terminó sus días, en la década de 1920, en Madrid, exponiendo su obra pictórica en el Círculo de Bellas Artes, como integrante del colectivo madrileño de “médicos artistas”.

   Claro que sí. Que también fue uno de los fundadores de una de aquellas revistas “festivas y literarias” que en los últimos años del siglo XIX y comienzos del XX se pasearon por la provincia, la que se tituló, en Atienza, “Atienza Ilustrada”; en Jadraque, “La Alcarria Ilustrada”, y fue, en Brihuega, el germen del Briocense, de la mano, entre otros, de don Eduardo Contreras.

   Cuando don Jorge llegó a Miedes fue recibido con los brazos abiertos. Entre otras cosas porque su suegro, don Paulino, había invertido todo su capital a lo largo del siglo en adquirir gran parte de las propiedades desamortizadas a cofradías, iglesia y fundaciones, para convertirse en uno de los mayores terratenientes de la comarca. Claro está que ya no estaban en la localidad los Beladíez, los Recacha, los Somolinos o los Lozano, que en otros tiempos fueron dueños de mediana hacienda y grandes rebaños de ovejas.


Miedes de Atienza debe mucho de su progreso a don Jorge de la Guardia

   Caballero a carta cabal fue don Jorge; y como el don Guido de Antonio Machado, gran cazador. Y político en la sombra. Tanto que de su mano salieron alcaldes, diputados y senadores. Que por aquí fue la mano de don Alvaro, conde de Romanones, con quien se partió el cobre en aquello de llevarse codornices al cinto. Tanta estima le tenía, don Jorge al conde de Romanones, que por mejor tenerlo presente bautizó con aquel nombre a uno de sus mejores reclamos de perdiz. Un perdigón que, como el conde, estaba cojo.

   También fue de aquellos industriales adelantados a su tiempo que, viendo futuro en aquello de las eléctricas, se asoció con algunos médicos más, y otras gentes de bien vivir para, desde un antiguo molino de papel, luego de harina, dar el salto a la fundación de la compañía “Eléctrica de Santa Teresa”, que repartió luz por todos estos pueblos de la Serranía de Atienza, dominados por la Sierra de Pela o las torres castilleras de Atienza. Eléctrica que, desde 1904 en que se fundó, estuvo dando luz hasta 1962.

   Don Jorge conoció, en 1893, a doña Isabel Muñoz Caravaca, revolucionaria maestra atencina; y a don Eduardo Contreras, hijo del don Bibiano, del mismo apellido, quien desde Jadraque marchó a Atienza a dirigir la oficina de Correos y Telégrafos. A más de la fundación de la revista de marras, la Atienza Ilustrada, los tres dedicaron tiempo a la escritura y a una de las aficiones que por aquellos tiempos entretenía a las gentes de los pueblos: el teatro.

   TRES LIBROS PARA CONOCER ATIENZA A FONDO.

   Don Eduardo Contreras llegó a dirigir alguna que otra obrita, y a representarla, en Jadraque; como lo hizo en Atienza, y de ahí debió de venirle a don Jorge de la Guardia el gusanillo de fundar su propia compañía “lírico-dramática”, a la que en homenaje a quien entonces triunfaba en los escenarios literarios de Madrid, don Eduardo Zamacois, dio en llamar “Compañía Lírico Dramática Zamacois”, cuyo reglamento presentó para la aprobación del señor Gobernador civil de la provincia de Guadalajara en el mes de enero de 1901. Eran tiempos en los que, por estos pueblos, surgían estas y otras manifestaciones culturales. En Somolinos le salió a don Jorge la competencia al fundarse la “Compañía Lírico Dramática, Echegaray”.

   La primera gran representación de la compañía, en un teatrito que el propio don Jorge de la Guardia montó en su casa de la calle de la Fragua fue, claro está, de ahí el título de este recordatorio, Don Juan Tenorio. Obra que ya se asimilaba a estos días en los que se recuerda a los fieles difuntos y a todos los santos.

   La representación que tuvo lugar en Miedes, entonces llamado de Pela, por la su sierra, se llevó a cabo el 2 de noviembre, festividad de los fieles difuntos, en un ambiente que a muchos gustó y a algunos disgustó. Puesto que no estaba muy claro para el pueblo en general si diversión y luto podían caminar de la misma mano.

   La obra de Zorrilla, que había salido al mundo de la escena a mitad del siglo XIX se había representado en dos o tres ocasiones en los escenarios de Guadalajara, capital; y era la primera vez que se hacía en un pueblo de la provincia. Cifuentes sería el tercer escenario en el que la obra encontraría eco, dos o tres años más tarde.

   Por supuesto. La representación de don Juan Tenorio en Miedes de Pela fue todo  un éxito. El papel de don Juan lo interpretó don Jorge, y a doña Inés la encarnó una moza de la localidad, Cándida Gil. Don Jorge se encargó también de la decoración del escenario para el que, se nos dice, pintó un impresionante cementerio.

   Todo lo contrario de lo que sucedió en la presentación de la obra en Guadalajara el 1 de noviembre de 1896, cuando el actor que interpretaba a don Juan se quedó sin voz, se arruinó la función y el público terminó pidiendo la devolución del coste de la entrada.

   Tuvo, don Jorge de la Guardia, la complicidad para el éxito de su compañía de teatro de quien fuese maestro de la localidad don Francisco Barrio, hombre también de ciencia e inquietudes serranas quien tuvo una dramática muerte, de esas que quedan para recuerdo de los tiempos. Don Francisco un buen día, dando clase a sus alumnos, dijo delante de ellos sus últimas palabras: “me muero”, y se murió en mitad de la clase de gramática, a los 39 años de edad.

El Descendimiento de Cristo, en la ermita de Higes, obra de Jorge de la Guardia


   Con la Compañía Lírica Zamacois de Miedes de Pela, don Jorge dio cuerpo a unas cuantas representaciones, y a la gran celebración que Miedes vivió para conmemorar el tercer centenario del Quijote. En Miedes organizó decenas de actos lúdicos, festivos y culturales, impartiendo conferencias literarias con las que acrecentar la cultura de sus vecinos. E incluso acompañó, en aquella aventura literaria que recorrió estas tierras, a don Ramón Menéndez Pidal cuando por el mes de mayo de 1903 se empeñó el sabio en encontrar las huellas del Cid por tierras de Miedes, y de Atienza.

   La Compañía Zamacois llegó viva, en Miedes, con sus actos y representaciones, hasta el año 1911, cuando don Jorge de la Guardia dejó la comarca para trasladarse a Madrid, como médico de la Beneficencia del distrito de la Latina.

   Lo cierto es que, don Juan Tenorio, tras el primer y desastroso estreno, primero del que tenemos noticias, en la Guadalajara de 1896, se representaría, por segunda vez, en Miedes, hoy de Atienza, entonces de Pela.

   Un año después, de nuevo en Guadalajara, y en el Coliseo Luengo, regresó don Juan Tenorio, para triunfar. Esta vez bajo la piel del actor Julio Fuentes, que fue quien en aquella ocasión le dio vida. Pero en Miedes de Pela, o de Atienza, de la mano de don Jorge de la Guardia, ya había triunfado.

Tomás Gismera Velasco
Nueva Alcarria
Guadalajara, 3 de noviembre 2017

sábado, octubre 21, 2017

CARMEN BUENO PAZ, DE LAYNA. Detrás de un gran hombre…



CARMEN BUENO PAZ, DE LAYNA
Detrás de un gran hombre…

Tomás Gismera Velasco


   El 25 de octubre de 1917 Francisco Layna Serrano junto a su cuñado José Brihuega –marido de su hermana Esperanza-, se dirigió a la casa de don Manuel y doña Francisca Bueno, en la calle de la Salud, de Madrid, esquina a la de la Abada. Tocaron a la puerta, salió a recibirles la muchacha del servicio que los hizo pasar a una sala y, al momento, don Manuel Bueno recibió en su gabinete a don José Brihuega. Luego se sucedieron los hechos como en esas películas que nos retrata la España de los años veinte en familias de mediana posición. Hasta que don Manuel Bueno llamó a su despacho a los novios y dirigiéndose a la novia primero y al novio después, les dijo aquello de:

   -Don José Brihuega ha pedido tu mano, querida sobrina, para usted, don Francisco Layna –y tras la perorata de costumbre, la pregunta-. ¿Señor Layna, quiere en efecto contraer matrimonio con mi sobrina Carmen?

   Por supuesto que quería. Se conocían de toda la vida y llevaban cosa de ocho o diez años de noviazgo. Porque entonces los noviazgos comenzaban y terminaban cuando Dios y el cura, dando su bendición, así lo querían.

   El tío Manuel Bueno, tío de Carmen, era su tutor. El padre, don Laureano, doctor en Medicina, hacía años que había fallecido, lo mismo que la madre, María Paz, dejando en la orfandad infantil no sólo a Carmen, también a sus tres hermanos: Mercedes, Manuel y José.

Carmen Bueno Paz, de Layna


   Todo hay que decirlo, la tía Paca, Francisca Bueno, era la madrina de nuestro doctor Layna Serrano, por ella llevaba el nombre de Francisco por delante del Zoilo; y Laureano Bueno fue compañero de estudios de su padre, Félix Layna, con lo que el noviazgo, a poco que ambos se atrajesen, estaba bendecido por los Layna, desde Ruguilla, donde vivían sus padres; y por los Bueno de Maranchón, tutores de nuestra Carmen.

   La boda se fijó para el sábado 19 de enero de 1918, día del cumpleaños de Carmen, en la iglesia del Carmen, de Madrid. Antes hubo que alquilar vivienda, en la calle de Lagasca número 10, entresuelo principal. Un piso amplio que les permitiese, además de mantener la vida matrimonial, abrir una pequeña clínica médica, especializada, lógico, en otorrinolaringología.

   Y la boda…A la que acudieron los radiantes novios para celebrar el enlace a eso de las diez de la mañana, en un Madrid helado, todavía con la nieve de los últimos días apretándose sobre las aceras…

   ¡Qué lindísima estaba la novia, cuando del brazo de mi cuñado subió lentamente, pisando mullida alfombra entre dos filas de invitados, las gradas de la parroquia del Carmen! Con su traje blanco, extendida hacía atrás la amplia cola del vaporoso velo de tul, coronada de azahares, arrebolado el rostro y brillantes sus ojos entre gozosos y tímidos…

   Y tras los sies, en un landó descubierto tirado por dos caballos, alquilado y adornado para el caso, seguido del acompañamiento, al gabinete fotográfico de Christian Franzen –el mismo a quien pintó Joaquín Sorolla- para la foto oficial; a cambiar el blanco traje nupcial por el de calle, y a celebrar la boda con un convite familiar en el restaurante Molinero de la calle de Caballero de Gracia esquina a Gran Vía para, después del baile, salir corriendo para tomar el tren de las siete dirección Toledo, para allí pasar la noche nupcial en el Hotel Imperial y, a la mañana siguiente, vuelta a Madrid, e iniciar la vida de casados, hasta que Dios lo quisiera. El viaje de novios quedaba para más adelante. Para cuando llegasen unas pesetas que Carmen había de heredar de su parienta doña Raimunda, la marquesa de Linares –la del palacio de la plaza de La Cibeles de Madrid.



   No eran tiempos en los que las mujeres fuesen a la Universidad, o a las academias, salvo casos muy excepcionales. La mujer estaba destinada a casarse y llevar vida de hogar. Tenía que aprender, claro está, pero aprendía, por encima de todo, a coser, a lavar, a planchar, a cocinar… y a servir a su hombre.

   María del Carmen Bueno Paz se salía, en ese sentido, de la norma. De la mano de su tía Francisca aprendió historia y algunas más que interesantes nociones de gramática. Sin dejar de lado, por supuesto, las labores del hogar. A pesar de que pertenecía a una clase social, más bien alta que media. Su padre, don Laureano, fue médico de la Casa Real y dejó a su muerte un pequeño, aunque interesante capital, que permitió a sus hijos llevar una vida holgada hasta la hora de la independencia. Vida holgada que les permitía viajar a Maranchón desde Madrid en coche de alquiler, o pasar los calores veraniegos donde la alta sociedad de aquellos tiempos lo hacía, en los balnearios norteños y en los hotelitos serranos de El Espinar. Los Bueno Albacete, padres de don Laureano, habían conseguido una pequeña fortuna con la muletería.

   También, Carmen Bueno, por tradición familiar, adquirió conocimientos de enfermería, con lo que no es difícil imaginarnos que en aquella primera clínica que Layna Serrano abrió en la calle de Lagasca, él era el médico y ella, por supuesto, la auxiliar de enfermería.

   No quedó en ello todo. Carmen Bueno, adelantándose a un tiempo que todavía tardaría en sernos generoso, o habitual, fue una de las primeras mujeres que en España se atrevió a ponerse al volante de un vehículo, y ser titular de un carnet de conducir a su nombre.

   Tiempos en los que nuestro Francisco Layna no soñaba, ni de lejos, con ser el historiador provincial en el que se terminaría convirtiendo, pero que soñaba con ser un ágil escritor… ¡¡¡de novelas amorosas!!! Novelas que escribía, a ratos perdidos, y Carmen, su Carmen, le pasaba a máquina, también en perdidos ratos. Porque a nuestro Layna Serrano eso de escribir a máquina se le daba mal. Muy mal. Así que del tecleo de Carmen salieron algunas de aquellas aventuras a la moda del siglo XIX: Rosita ClaveríaAmelia de Castellar… aventuras con mal principio y feliz final que Carmen, amor de esposa y mujer, acoplaba, corregía y revestía de veracidad.

   También algún que otro estudio médico pasó por los dedos de Carmen. Porque Layna comenzó escribiendo sobre Medicina. Escribía en cuartillas, a mano y mala letra, o letra de médico, que Carmen transcribía al lenguaje correcto de la máquina, para que todo el mundo lo entendiera.


Francisco Layna, la biografía. Su vida con Carmen Bueno, en este libro. Pulsando aquí

   La clínica de la calle de Lagasca no prosperó demasiado, porque entonces ese barrio, el de Salamanca, se encontraba muy lejos del centro; así que para estar más en el centro alquilaron un nuevo piso clínica en la calle de la Concepción Jerónima número 17, donde comenzaron a prosperar. También es cierto que en ese prosperar tenían mucho que ver los viajes manchegos que Paco llevaba a cabo para pasar consulta en Manzanares, Tembleque, Tomelloso, Madridejos, Santa Cruz de Mudela, Moral de Calatrava, Valdepeñas, Santa Cruz de Mudela… Lugares a los que Carmen, por supuesto, no lo acompañaba. Pero a la que escribía noche a noche, día a día:

   … Mi queridísima Carmen…

   Porque todas sus cartas, invariablemente, comenzaban con las mismas palabras, que se extendían algo más cuando, recibida carta de ella, la respondía:

   …llegó tu epístola, tan cariñosa como de costumbre, cesó mi preocupación dejando el sitio a la intensa alegría por saber de ti y leer tus palabras acariciadoras, y ahora me toca coger la pluma para devolverte, corregidas y aumentadas, esas frases de amor únicas caricias que nuestro cariño puede permitirse estando como estamos alejados…

   La salud económica del matrimonio no comenzaría a mejorar hasta mediada la década de 1920, cuando los médicos desaconsejaron al matrimonio la descendencia, por los constantes problemas de salud de Carmen, y nuestro médico comenzó a inmiscuirse en la historia provincial de la mano de su tío Manuel Serrano Sanz. Acompañándole unas veces, en solitario otras, comenzaron a recorrer la provincia de Guadalajara, blog de notas y cámara fotográfica en mano. Notas que tomar Francisco Layna. Fotografías que hacer Carmen Bueno, pues muchas de las fotografías del tan conocido fondo fotográfico de nuestro historiador fueron tomadas… sí, por Carmen Bueno.

   Con Carmen recorrió las márgenes del Tajo, y Carmen le pasó a máquina las cuartillas con aquella primera historia que le haría saltar al conocimiento provincial: “El Monasterio de Óvila”. Después, junto a Carmen, recorrería los castillos provinciales, y las iglesias románicas… y de la mano de ambos, y algún que otro amigo fotógrafo, surgirían “Los Castillos de Guadalajara”, y “La Arquitectura Románica en Guadalajara”.

   Entre ambos murió el tío Manuel. Que murió como Cronista Oficial de la Provincia de Guadalajara, dimisionario. Pues dimitió de su cargo, tres o cuatro años antes de su muerte. Y en aquello de ordenar libros, notas del tío Manuel y alentar a su Paco; allí, estaba Carmen. Que no quiso que su nombre figurase en el libro de los castillos, ni en los de antes ni en los de después.

   Pero cuando Layna publicó su “Arquitectura Románica”, escribió alguna de las líneas más tristes que escribir pudo: ¡Con el mismo fervor que si vivieras te dedico este libro… con el mismo fervor que siempre sentí por ti… Tu Paco”.



   Escribía esas líneas con fecha 12 de octubre de 1934. Un año después de la gran tragedia que marcó su vida.

   Sí. En aquellos tiempos también había accidentes de circulación. Y los Layna habían adquirido un par de años atrás un vehículo propio. Un Nash azulado con matrícula de Madrid, 30.290.

   Aquel 12 de octubre de 1933, la del accidente, los Layna habían quedado en Guadalajara con los Camarillo para pasar el día por Cogolludo.

   Y salieron de Madrid a eso de las nueve de la mañana. Paco Layna condujo el vehículo hasta San Fernando. Allí cedió el volante a Carmen. Con Guadalajara a la vista adelantaron a un camión y sintieron un ruido extraño. Detuvieron el vehículo en el arcén, por ver si algo iba mal. Llegó el camión y…

   Se trataba de uno de los camiones, curiosidades del destino, que habían trasladado, piedra a piedra, el monasterio de Óvila desde las orillas del Tajo a Madrid. El despiste de su conductor no advirtió que el vehículo de los Layna se detuvo. Se lo llevó por delante.

   Francisco Layna, a punto de salir del vehículo cuando los alcanzó el camión, salió despedido. Carmen Bueno quedó atrapada entre el amasijo de chatarra. Unos camineros la rescataron y trasladaron a Guadalajara, donde el doctor Sanz Vázquez trató de salvarle la vida. Falleció en la clínica Sanz Vázquez a eso de las dos de la tarde de aquel 12 de octubre.

   Recibió sepultura un día después, en el cementerio de Guadalajara. Su amado Paco no pudo asistir al entierro. Se encontraba, herido de cierta gravedad, en la misma clínica donde ella murió.

   Tardó unos días en reponerse. Diez años en volver a publicar un libro. A pesar de que, fallecida Carmen, confesó, ya no le quedaba más que una dama por la que luchar: La Alcarria. Guadalajara.

   Cuando se repuso encargó a Olmeda, el marmolista, una de esas lápidas  que marcan el horizonte de los cementerios. Sencilla, ciertamente, pero con unas cuantas alusiones al amor: el galo moribundo; las columnas partidas… y una frase que permanecerá en el tiempo: “Laborando por enaltecer la Alcarria, halló esta dama la muerte. Orad por su alma”.

   Y, aunque pasarían cerca de cuarenta años, a su muerte quiso que lo enterrasen, a don Paco, junto a ella. Con la alianza que le puso el día que contrajeron matrimonio; la medalla que le regaló el día que se prometieron…

   Carmen Bueno Paz. La mujer a la sombra del gran historiador, había nacido el 19 de enero de 1894.

(Las imágenes están tomadas del libro biográfico: “Francisco Layna Serrano. El Señor de los Castillos. Otra historia de Guadalajara”. Véase también, en este mismo blog, la biografía de Francisco Layna Serrano: “Francisco Layna Serrano, el nombre de Guadalajara”).

CASTO PLASENCIA. EL PINTOR QUE SALIÓ DE CAÑIZAR



CASTO PLASENCIA. EL PINTOR QUE SALIÓ DE CAÑIZAR

Tomás Gismera Velasco

   El lunes 19 de mayo de 1890, a eso de las cuatro de la tarde, un cortejo mortuorio compuesto por varios miles de personas y más de cien vehículos salió del Pasaje de la Alhambra, de Madrid, camino de la Sacramental de San Justo. Del Pasaje se dirigió a la calle de la Libertad, al Círculo de Bellas Artes, para continuar hacía la Sociedad de Escritores y Artistas, y por la calle de los Peligros continuar a la de Alcalá para, tras el paso por la Puerta del Sol, tomar la calle Mayor camino de San Francisco el Grande. De San Francisco a la Sacramental, al otro lado del río.

   El Pasaje de la Alhambra, de Madrid, ya no existe. Se encontraba al final de la calle de Augusto Figueroa, semiesquina a la calle del Barquillo. Entonces, en 1890, parte de uno de los barrios con más solera intelectual de la capital de España. En aquella calle, en el número 1, se encontraba desde poco tiempo atrás el estudio de uno de los más famosos pintores del último tercio del siglo XIX español, Casto Plasencia Maestro. Aquel cortejo mortuorio era el de su entierro. El entierro de un pintor muerto en plenitud de su éxito y a la mitad de su vida, puesto que le faltaban unos días para cumplir los 44 años de edad.

Casto PLasencia. El Pintor que salió de Cañizar


   Su entierro lo contó la práctica totalidad de la prensa nacional. La magnitud del duelo nos da imagen de la personalidad del muerto:

   El cadáver, encerrado en lujoso ataúd de cinc iba colocado en una elegante carroza tirada por ocho caballos empenechados y cubierta de más de veinte hermosísimas coronas (una de ellas enviada por le reina regente)…

   En el cortejo formaban parte personajes tan dispares como Agustín Lhardy (el del famoso restaurante de la Carrera de San Jerónimo), Benito Pérez Galdós, Núñez de Arce o Francos Rodríguez. Por supuesto que no faltaban pintores de la talla de Joaquín Sorolla o políticos como el marqués de la Vega de Armijo, ministro de Estado entonces.

   Uno de esos libros, tipo diccionario de personajes ilustres, editado a comienzos del siglo XX y que llevó por título “Glorias Nacionales”, habla de Casto Plasencia, en términos elogiosos: El inspirado genio de la  pintura moderna, D. Casto Plasencia, nació en el pueblo de Cañizar (Guadalajara), el año de 1846, y era hijo de un pobre, pero distinguido médico, que le dejó niño al morir y sin bienes de ninguna clase…

 Estudio de Casto Plasencia. Apunte sobre foto de J. Laurent

   Sí, en Cañizar nació Casto Plasencia Maestro, pintor, el 1º de julio de 1846,  hijo del médico del pueblo, D. Isidro Plasencia Ruiz, natural de Segovia y quien, desde Hita, se trasladó a la localidad para ejercer su profesión unos años antes. Su madre, Ángela Maestro, era natural de Ciruelas.

   Padres, don Isidro y doña Ángela, que no tardaron en abandonar este mundo dejando a nuestro protagonista, y dos hermanos mayores, en la orfandad. Doña Ángela murió en 1855, D. Isidro poco después, en 1860.

   La orfandad lo trasladó a Madrid, al cobijo de su padrino, el general Ramón de Sandoval, amigo y compañero de estudios e ideas políticas de su padre, quien advertido de las dotes que para la pintura tenía el joven trató de educarle, entre otras artes, en aquella, la pictórica. Y a su padrino dedicó una de sus primeras obras: Retrato del Brigadier Sandoval.

   A la muerte de este, del brigadier Sandoval, ocurrida en 1868, mucho antes de que el genio artístico de Plasencia saltase a las primeras páginas de la gloria, dos nuevos amigos salieron al rescate, a fin de que pudiera continuar con el estudio, el marqués de la Vega de Armijo y el conde de San Bernardo quienes, en edad de mayores logros nuestro paisano, lo acompañaron por media España y parte de Europa para que conociese técnicas y escuelas, introduciéndole en el mundo de las academias. Sandoval lo había matriculado en la entonces Escuela de pintura, escultura y grabado de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Sus nuevos padrinos consiguieron no sólo que continuase en ella, costeando sus mensualidades, sino que aspirase a mejores aulas y maestros, si ello era posible. Para entonces ya apuntaba maneras y se vislumbraban en sus lienzos las que habrían de ser grandes obras de un artista de dimensiones excepcionales.


Capilla ardiente de Casto Plasencia. Apunte de Joaquín Sorolla

   Su primera obra, que como es de suponerse pasó en su tiempo desapercibida, a pesar de que le permitiese el paso a las Academias y que su nombre comenzase a sonar, fue un pequeño lienzo con la imagen de la Dolorosa que trató de regalar a la ermita de Nuestra Señora de los Llanos de Hontoba para que ornase el retablo de la Virgen de la Soledad, cuando ya Casto Plasencia pertenecía a las glorias nacionales de la pintura. Cuenta la exagerada historia que el entonces arzobispo de Sevilla, Judas Romo, trató de convencerle para que en lugar de a Hontoba lo trasladase a Sopetrán y su monasterio, del que el Sr. Romo era muy devoto, algo que por cuestión de años no es posible. Justo es decir que don Judas Romo también nació en Cañizar, y que, ya fuese esta u otra semejante, un lienzo de la Dolorosa firmado por Casto Plasencia terminó decorando el despacho de otro de sus paisanos ilustres, el doctor Benito Hernando con quien sin duda de ninguna clase compartió chiquillerías, puesto que ambos nacieron en el mismo año y puede que en la misma calle.

   El Diccionario del que anteriormente hacíamos referencia nos dice que un par de años después de ponerse manos a la obra en aquello de la pintura el Ministerio de Fomento le concedió una pensión de 1.000 pesetas anuales. Que para aquellos tiempos ya era todo un dineral, puesto que hablamos de la década de 1870. La beca le duró un par de años. Los suficientes como para soltarse con la pintura y aspirar a una de las plazas de pensionado de número de la Real Academia de España en Roma, fundada un año antes por el Gobierno republicano de Nicolás Salmerón dentro de los ideales de la Ilustración. Allá fue junto a quien, además de amigo, sería uno de sus rivales en el mundo de la pintura, Francisco Pradilla. El cuadro que pintaron, tema obligado, fue el llamado Rapto de las Sabinas que, justo es decirlo, el de nuestro paisano anduvo perdido durante largos años hasta que recientemente apareció en episodio digno de ser novelado y hoy se encuentra en manos particulares, a la espera de mejor destino.

   De su etapa romana son algunos de sus mejores lienzos, entre ellos el soberbio Orígenes de la República Romana, de 25 metros cuadrados, que le fue adquirido por el Museo del Prado, y que en 1878 obtuvo la Medalla de la Exposición Nacional de Bellas Artes de aquel año, rivalizando con Francisco Pradilla y uno de sus más conocidos lienzos Juana la Loca.

   Su obra  pictórica es inmensa: Retrato del marqués y la marquesa de Tetuán; Retrato de Alfonso XII y María de las Mercedes (para el entonces Ministerio de Estado); Retrato de D. Juan Bravo Murillo (para el Congreso de los Diputados); San Sebastián saliendo de las catacumbas; las enormes pinturas para el palacio de los marqueses de Linares; las de la capilla de Carlos III de la basílica de San Francisco el Grande; las del palacio de los marqueses de Selgas… La ingenua interpretación, poco menos que a la moderna, y revolucionario para su tiempo, de las tentaciones de Adán y Eva; la no menos colorista Siesta, que nos traslada a las frondas del bosque… 

 
Palacio de Linares, Madrid

   Títulos de obras que, como si fuesen novelas históricas de la época, dejaron reflejo de un tiempo. El tiempo en el que los grandes pintores, a falta de fotografía, llenaban sus lienzos con las escenas que, contadas o imaginadas, trataban de dejar constancia de lo que sucedió aquí y allá. Pintores de batallas, o de escenas bíblicas, o retratistas, o paisajistas. La pintura que triunfaba en los días de Casto Plasencia.

   Que se pasó el resto de su corta vida pintando. Cinco años le costaron las pinturas de San Francisco el Grande, que  alguien definió como lo mejor de la Basílica y  quiso comparar, a su manera, con las pinturas de aquella otra capilla a la que Miguel Ángel dedicó su vida: La crítica encuentra allí todas las galas de la buena pintura: dibujo admirable; color asombroso, composición perfecta… Reverdecía el otoño de 1886 cuando aquello sucedía. La conclusión de su gran obra en San Francisco el Grande de Madrid, para iniciar las de ese palacio que tanto ha dado que hablar, en Madrid también, el de los marqueses de Linares. Entre ambos edificios, la Basílica de San Francisco y el palacio de la plaza de Cibeles se encuentra parte de lo mejor de su obra.

   En unos tiempos en los que ya partía su vida, de genio y con dinero, entre los verdores asturianos de San Esteban de Pravia, en el concejo de Muros, hoy de Nalón, donde descansaba de los calores; y Madrid, donde los inviernos son más suaves. Allí, hasta Asturias, lo acompañaban sus alumnos, puesto que ya para esa década era maestro en su arte, y allí, en Asturias, soñaba con crear una Academia, a la par que artística, política. Y cuentan Juan Diges Antón y Manuel Sagredo, autores de uno de los primeros libros biográficos de alcarreños ilustres, dado a la imprenta en 1889, que eligió Asturias porque en Guadalajara no era demasiado el caso que se le hacía: “…únicamente en la provincia de Guadalajara es donde, cosa extraña, nadie se ha acordado de él…”

   Poco antes de la aparición de ese libro en el que se reseñaba parte de su vida, excepción de los autores, ya que entre sus páginas únicamente aparecían personajes pasados a la historia, y no presentes, había trasladado su estudio desde la calle de San Bernardo al palaciego edificio del Pasaje de la Alhambra en el que montó su suntuoso estudio, admiración de propios y extraños, y en donde fue fotografiado por el laureado J. Laurent. En aquel estudio se reunía la flor y nata de la cultura madrileña en interminable tertulia que tenía lugar todos los viernes del año: el verdadero centro intelectual artístico de Madrid, decían las crónicas.

   Digamos nosotros que la aparición de la biografía de Casto Plasencia en el libro biográfico antes reseñado era un sopapo a los alcarreños de la época ya que el hombre que se ve celebrado y aplaudido dentro y fuera de España siente hondo pesar por la indiferencia de sus paisanos y se lamenta de su inexplicable proceder.

   Y es que, aparte de sus glorias en la pintura sus trabajo había sido reconocido con numerosas condecoraciones, nacionales y extranjeras, entre ellas la Gran Cruz de Isabel la Católica, la de Santiago, o la de la Legión de Honor francesa.

   Cuentan, Diges y Sagredo, que su cara era enérgica y angulosa, de estatura regular y cuerpo recio, con ojos inquietantes y mirada inteligente, áspero con los indiferentes y llano y cariñoso con los amigos.

    No dicen sin embargo que era muy aficionado a la música, a tocar el piano y escuchar el gorgojeo operístico de Julián Gayarre, con quien mantuvo una gran amistad, y a quien acompañó en los últimos hálitos de su vida. Cuentan que la muerte de Gayarre, acaecida el 2 de enero de aquel mismo año le produjo parte de los males que terminarían llevándolo al sepulcro. Una enfermedad que le duró apenas quince días. Una enfermedad que fue seguida, día a día, por cuantos lo conocían y admiraban. Del estado de su salud se enviaba parte diario al Palacio Real. 

Basílica de San Francisco el Grande. Madrid.


   Hasta que llegó el amanecer, contado al mundo por Ramón Balsa: ¡Qué noche la del 17 al 18 de mayo de 1890! Los dos enormes salones estudios, débilmente iluminados por varias bujías, estaban llenos de amigos, admiradores y discípulos del maestro. El silencio era imponente. De cuando en cuando, algunos redactores de los periódicos de la corte penetraban hasta el salón estudio principal a enterarse del curso de aquella horrible agonía que en espasmos violentos sacudía la poderosa naturaleza del celebrado artista. La consternación de todos era inmensa. La luz de la aurora principiaba a blanquear… Una voz, sonando a sollozos, nos dijo: “Señores, D. Casto Plasencia acaba de dejar de existir”.

   Casto Plasencia murió soltero y sin descendencia. Lo heredaron sus dos hermanos mayores, uno de ellos, Isidro, se encontraba junto a él en el momento de la despedida. El paso por el Círculo de Bellas Artes o la Sociedad de Escritores y Artistas tenían un sentido, había sido cofundador de ambos centros y pertenecía a sus juntas de gobierno.

   El Ayuntamiento de Madrid tardó dos o tres días en poner su nombre a una calle, para perpetuar su memoria. La placa se situó en el mes de junio de 1890 en el antiguo callejón de Las Minas, a medio camino entre los dos estudios que habitó nuestro personaje. El Ayuntamiento de Guadalajara lo hizo en 1906, lo de poner una calle a su nombre.

   Esto es, a grandes rasgos, un esbozo de su vida. De su biografía, aunque como escribiese poco tiempo después de su fallecimiento el ya citado Ramón Balsa de la Vega quien advirtió que aquel pajarraco que  pintó en su último y no terminado lienzo “La noche y el sueño”, un búho, era pájaro de mal agüero, nos tendremos que seguir preguntando aquello de: ¿Para qué hacer ahora su biografía? Olvidado el hombre, lo que importa es su obra.