Blog dedicado a la biografía breve de personajes destacados y curiosos de la provincia de Guadalajara, hasta el siglo XX, por Tomás Gismera Velasco.-correo: atienzadelosjuglares@gmail.com

viernes, noviembre 30, 2018

MEMORIA DE DON ANTONIO DE SANCHA. El impresor más conocido del siglo XVIII, fue natural de Torija


MEMORIA DE DON ANTONIO DE SANCHA.
El impresor más conocido del siglo XVIII, fue natural de Torija


   A Cádiz, a tomar los aires y recomponer el cuerpo, que lo tenía algo gastado por los males y la edad, acudía don Antonio de Sancha y Viejo hace algo más de doscientos años, el 30 de noviembre de 1790 cuando le comenzaron los ahogos. Contaba con setenta años de edad que, para su tiempo, ya eran años.

   No sabemos qué tendrían los aires de Cádiz en aquellos tiempos a la hora de devolver la salud, salvo que quizá su bien estuviera en la salinidad de las aguas. Probablemente y de conocer que aquello sería su final don Antonio de Sancha hubiese elegido otros aires y aguas más cercanas a Madrid, Guadalajara o Torija, su localidad natal, que las tenía.

   Sí, en Torija, a la sombra de su hidalgo castillo nació aquel hombre que el tiempo se ha ido encargando de deslucir, o de arrinconar su memoria a nivel provincial, al tiempo que ha crecido en lo nacional. Puesto que se le recuerda, en el mundo del libro, como a uno de los más grandes impresores o editores que ha dado la tierra patria. Acostumbrados como estamos a hablar de escritores famosos olvidamos que en algunas ocasiones detrás del escritor se encuentran el editor o el impresor, y si de impresores hay que hablar, en tiempos en los que la imprenta no es ni mucho menos parecida a lo que hoy conocemos, los nombres que con mayor simpatía se pronuncian son los de Joaquín de Ibarra y Antonio de Sancha.



   En la actualidad, si no se quiere, no hay que recurrir a la mano de hombres como en aquellos tiempos, pues todo lo hacen los ordenadores, desde la maquetación y elección de la letra, a la impresión, sea manual o bajo demanda con impresión láser, modalidad esta que crece día a día en beneficio del autor de la obra y perjuicio, puesto que cuando uno gana otro pierde, del librero o el editor. Cierto es que el autor obtiene en ello una mayor retribución económica a su trabajo al atajar el camino entre su obra y el lector, último eslabón de la cadena. El autor, que desde los tiempos de Maricastaña fue el personaje más maltratado de la historia del libro; en lo económico se entiende.

   Una fortuna hizo don Antonio de Sancha a cuenta de los muchos que imprimió, después de aprender junto a quien sería su cuñado, en el taller que aquel tenía en la calle de la Paz, frente al Correo. Antonio Sanz se llamó el cuñado, y Gertrudis la mujer de nuestro hombre.

   Contaba entonces don Antonio, cuando comenzó a abrirse camino en el mundo del libro en torno a los treinta años de edad; pues no se ponen de acuerdo los estudiosos de su obra, que los hay, en precisar el año exacto en que nuestro hombre comenzó a labrar su futuro por propia cuenta. Siendo conocido que nació en Torija el 11 de julio de 1720, como hijo de honrados campesinos de mediana fortuna, así se define a sus padres, Fabián de Sancha y María Viejo.

   Conocido es también que se trasladó a Madrid, con ánimo de labrarse un futuro mejor, a la sana edad de 19 años, esto es, en 1739; entrando a trabajar en el taller de quien más tarde se convertiría en su cuñado; donde conoció a quien sería su futura mujer y madre de sus hijos, la anteriormente citada Gertrudis Sanz, con quien contrajo matrimonio en la iglesia de la Santa Cruz el 3 de febrero de 1745 cuando aspiraba a dedicarse al comercio del libro, siendo algo así como un intermediario entre el autor, el editor y el lector final; lo que hoy conoceríamos, más o menos y para entendernos, como una especie de agente literario.



   El matrimonio con Gertrudis, natural de Cuéllar, abrió su posterior carrera en solitario, tras conocer las técnicas de impresión más modernas de la época, después de un viaje a París llevado a cabo diez años después, con el sano fin de adquirir mayor perfección y destreza en la encuadernación de libros en pasta, algo de lo que se cuenta estaba entonces España en ínfimo grado. El primer viaje lo llevó a cabo en 1755.

   Regresó, digo, con la lección muy bien aprendida, pues debía de ser entonces París el punto clave en aquello de la edición. Años después, en 1761, volvería nuevamente a la ciudad del Sena junto a su hijo Gabriel, a la sazón de 14 años de edad y quien a la larga sería su heredero, para que Gabriel aprendiese nuevas técnicas y regresara como alumno aventajado en un arte dominado en aquel tiempo por alemanes, ingleses y franceses, 23 años después de la partida.

   La librería e imprenta de Sancha, convertida con el pasar de los días en uno de los lugares más emblemáticos del Madrid de finales del siglo XVIII, fue recorriendo algunas de las calles más emblemáticas del centro de la ciudad; desde aquella calle o plazuela de la Paz, en donde laboró junto a su cuñado, hasta asentarse en la Plazuela del Ángel, y más tarde en la de Barrionuevo (actual calle de la Concepción Jerónima), de donde pasó a su definitivo emplazamiento en lo que fue Aduana Vieja, en la plaza de la Leña, junto a la calle de la Paz y a dos pasos de la plaza Mayor, la hoy conocida calle de la Bolsa.

   No llegó a tener imprenta propia hasta el año de 1770. Por lo que sus obras se imprimían en la de Joaquín de Ibarra, quizá el más acreditado del Madrid de entonces, y cuya fama alcanza a nuestros días. Imprenta que se situaba en la actual calle de Nuñez de Arce (antigua de la Gorguera), al lado de la plaza de Santa Ana, y frente a los balcones, casualidades del destino, de lo que fue la sede de los guadalajareños en Madrid, la ya prácticamente olvidada Casa de Guadalajara en la capital de España.

   Las artes de su imprenta las adquirió de otro impresor Gabriel Ramírez, cuando este dejó un oficio en el que estuvo trabajando por más de cincuenta años. Con las antiguas máquinas de la imprenta de Ramírez, compuesta de siete prensas, ya propia, imprimirá Sancha su primera obra, el tomo VI del Parnaso, en 1772; a partir de ahí el trabajo irá en aumento, al igual que las obras, convirtiéndose en seña de identidad para libreros y atores por la calidad de sus trabajos, hasta llegar a definirse su taller como la más rica y floreciente casa de imprenta y librería del reino. Tres o cuatro años después de iniciarse en el mundo de la imprenta, las siete prensas que adquirió de Ramírez habían aumentado hasta las diez y seis.

   Una casa que como nos recuerda una de sus mayores estudiosas, Matilde López Serrano, llegó a ser punto de reunión de lo más granado de la cultura de su época: Allí acudían casi diariamente, en gran tertulia, el conde de Aranda, Campomanes, don Vicente de los Ríos, Antonio Capmany, el calígrafo y paleógrafo Francisco Javier de Santiago Palomares, el médico Bernardes, los bibliotecarios Francisco Cerdá, Juan Antonio Pellicer y Miguel Casiri, el catedrático de griego de los Reales Estudios de San Isidro, Casimiro Flores Canseco, el poeta y dramaturgo Vicente García de la Huerta, Juan de Iriarte, Eugenio Llaguno, el Secretario Perpetuo de la Real Academia de la Historia, José Miguel de Flores, Juan López de Sedano, el abate Pedro Estala…

   Reunió en su taller, y en sus obras, a los mayores y mejores ilustradores de su tiempo, desde Mariano Maella a Luis Paret, a quien los hijos de Sancha, a modo de homenaje, encargaron un retrato gracias al cual conocemos su aspecto cuando rondaba los sesenta años de edad.

   Con uno de aquellos ilustradores que trabajaron para Sancha, Juan Moreno de Tejada, poeta además de grabador, emparentaría nuestro hombre al casar a su hijo Gabriel con la hija de aquel, Manuela, en 1785.

   Gabriel de Sancha, que fue quien a la larga se haría cargo de la imprenta a la muerte de nuestro hombre aquel 30 de noviembre de 1790 cuando marchaba camino de Cádiz en busca de reposo y encontró la muerte.



   Se encontraba viuda ya de Gertrudis Sanz, y probablemente porque la enfermedad le rondase, otorgó testamento el 30 de agosto de aquel año, dejando a Gabriel como continuador de su labor; y a sus hermanos, Manuel Gregorio (fallecido antes que su padre y a quien heredó su mujer, Francisca Cardín), Antonio Evaristo y María Francisca, la parte correspondiente de sus bienes; también mandó decirse, en la iglesia de la Santa Cruz, para después de su muerte, 500 misas rezadas en alivio de su alma, pagadas a tres reales cada una, según consta en el libro correspondiente (libro 15 de defunciones, folio 238), de aquella iglesia, donde se hace constar que recibió sepultura en la ciudad en la que le llegó la muerte, Cádiz.

   Dejó impresos varios centenares de títulos, y si por algunos se le recuerda es sin duda por los que firmase Miguel de Cervantes, desde su Quijote, a las Novelas Ejemplares, rescatando aquellas obras del olvido de los tiempos, entendiendo que, gracias a nuestro paisano, la obra del inmortal Cervantes se mantuvo viva. Como viva se mantiene su memoria siendo, al día de hoy sus obras, tesoro para los aficionados al arte del libro que, haberlos, haylos.

Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la memoria
Periódico Nueva Alcarria
Guadalajara, 30 de noviembre de 2018




domingo, noviembre 25, 2018

MANUEL SERRANO SANZ. EL HOMBRE QUE DESCUBRIÓ AMÉRICA.


MANUEL SERRANO SANZ. EL HOMBRE QUE DESCUBRIÓ AMÉRICA.

Tomás Gismera Velasco


    Para la literatura, los archivos y la historia, claro está, puesto que como Continente hacía ya unos cuantos años, o siglos, que estaba descubierta.

   Don Manuel nunca fue partidario, según él mismo confesaba, de bambollas y oropéndolas. De que le pasasen la mano por la espalda y alabasen su trabajo. Y puede que por ello en la mayoría de las ocasiones su trabajo, su obra, pasó desapercibida. Era el hombre tranquilo. El erudito. El personaje de la ciencia literaria que dedica sus horas al estudio, al trabajo silencioso, a entregar a los demás el fruto de la obra, sin esperar nada a cambio. Por ello la en ocasiones ingratitud española dejó de reconocer como debía su importante labor.

Manuel Serrano Sanz


   Salió don Manuel de ese pueblo alcarreño al que en alguna ocasión hemos viajado, y al que probablemente regresaremos. Salió de Ruguilla, donde nació un día de Corpus Cristi cuando los días de Corpus Cristi eran tenidos, por la iglesia y los religiosos, como uno de esos días en los que la magia divina se presenta a través de… gentes como don Manuel Serrano Sanz, quien nacía mientras las campanas de la iglesia llamaban a la procesión.

   La sanadora de Ruguilla dijo que, por nacer en tal día, circunstancias y hora, el Manuel, el chiquillo del Felipe y la María tenía que ser… ¡¡¡saludador!!!, o sanador, o santero o curandero y, prueba de ello, es que debía de tener, bajo la lengua, una cruz. Que nadie le encontró.

   Eso sí, tuvo vocación de eclesiástico y al efecto de llevar la vocación hasta el final, previo paso por los escolapios de Molina de Aragón, ingresó joven en el Seminario de Sigüenza, que dejó por los estudios civiles, en Madrid, de Filosofía y Letras, y de algunas cosas más. Incluso se permitió la licencia de hacer gorgojeos poéticos.

   Colgó los hábitos para opositar al entonces pujante cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, con destino a la Biblioteca Nacional; cuando llevó a cabo su ingreso en remodelación, para ser en ella uno de los hombres de su alma, junto a Menéndez Pelayo, Pérez Villamil, Menéndez Pidal, Ignacio Calvo, Paz y Mélia, Amador de los Ríos… La flor y nata de la investigación histórica española.

   En la Biblioteca Nacional ocupó puesto en la sección de manuscritos, continuando el estudio y accediendo, en 1905, a la Cátedra de Historia Universal de la Universidad de Zaragoza; capital, la del Ebro, en la que permanecería hasta la década de su jubilación. La de 1920.

   Para entonces, la década de su jubilación, había dado a la imprenta un centenar de obras literarias, en su mayor parte, en torno a la historia del Nuevo Continente. Obras que descubrían la historia para los historiadores, y la ponían al alcance de los neófitos en el tema.



   Don Manuel llevaba al hombre interesado a conocer a los Chiriguanes, los de Putumayo o Caqueta, los Cheroquis o los Chactas; y no sólo eso, sino que también era capaz de indicar, para quien no lo conociese, cuáles eran sus territorios. Y mostró, y descubrió, a los conquistadores que pisaron aquella tierra; dejó inscritos en el libro de la historia los nombres de los guadalajareños que fueron a América y, como le sobró tiempo, ordenó los Archivos de la Corona de Aragón.

   También desveló el lugar de nacimiento de Fernando de Rojas; publicó el “Compendio de Historia de América”, las “Autobiografías y Memorias”, o, como uno más, los “Apuntes para una Bibliografía de Escritoras Españolas”;  la “Historia de las guerras civiles del Perú”; las “Relaciones históricas y geográficas de la América Central”… y así, hasta cerca de un centenar de libros, y cientos y cientos de artículos y estudios.

   Con razón le dieron el nombre de “el erudito español”. El erudito español don Manuel Serrano Sanz, como fue conocido en el Continente Americano, ya que desde allí, en más de una ocasión, gobernantes de distintas naciones enviaron a sus embajadores para que les solventase aquellas cuestiones, principalmente de fronteras, que podían terminar, como en ocasiones terminaron, en guerras por un palmo más de tierra. También, don Manuel Serrano Sanz, trazó fronteras entre países, como hombre de paz, y evitó guerras.

   Suele suceder que los reconocimientos, cuando llegan, en ocasiones lo hacen tarde. Le sucedió a don Manuel, quien cuando en España y el mundo de la investigación era conocido como “el Menéndez Pelayo pequeño”, en Guadalajara, su provincia natal, apenas era conocido, salvo por ser el hermano del médico de Cifuentes; ser cuñado de uno de los genios de la política y la diplomacia provincial a nivel nacional José Antonio Ubierna, o por lo que fue, Catedrático en Zaragoza. Hasta que, fallecido Antonio Pareja Serrada en 1925 alguien pensó que podía ser el próximo “Cronista Provincial”. Y así se le hizo saber, y aceptó el cargo.

Despacho de Serrano Sanz en su casa de Sigüenza

    Ideó, como Cronista Provincial, la edición y estudió de unos cuantos tomos que desentrañasen la historia de Guadalajara, pero hete aquí que por un “quítame allá esas pajas”, dimitió de su cargo al  poco tiempo. A los señores representantes de la política provincial se les ocurrió que como don Manuel no necesitaba los emolumentos del cargo y los podían ellos emplear, en acción caritativa, a su capricho. Y don Manuel, que andaba tan escaso de tiempo como de fondos, lógicamente, se disgustó y dijo lo de “hasta aquí hemos llegado”.

   Tampoco el reino, de España, le fue agradecido con su obra. Ni las Reales Academias, de la Historia, Bellas Artes o Lengua Española, con las que colaboró. No era hombre, dicho está, don Manuel, de baboseo y besamano. Y así le fue.

   Tan sólo, cuando los años se le echaban encima, la Real Academia de la Historia lo nombró Académico para ocupar el sillón número 9, vacante al fallecimiento de don Pedro de Novo y Colson.

   Nuestro hombre, que recibió la comunicación en los primeros días del año de gracia de 1932 se dispuso a elaborar su discurso de ingreso, que comenzaba con un: “En el atardecer de la vida, casi cuando ya el sol de Poniente lanza sus últimos rayos llenos de melancolía…”

   Vivía entonces en Madrid, en la Costanilla de los Ángeles y, como tardase más de lo debido en salir de su despacho, una de aquellas noches de comienzos de noviembre, entraron a decirles aquello tantas veces repetido de: “Manuel, que es la hora de la cena”.

   Pero don Manuel ya era ausencia, había sufrido un derrame cerebral que terminaría con su vida pocas horas después de rayar el 6 de noviembre de 1932.

   Lo heredaba, en todo, su sobrino predilecto, Francisco Layna Serrano, y la humildad de su ser, su muerte pasó desapercibida. Porque era domingo, y el lunes de su entierro no se publicaron periódicos que contasen que don Manuel, a los sesenta y cuatro años de edad, había fallecido.

   Su sobrino, Francisco Layna, lo contó:

      Serían las ocho de la noche cuando comenzó a sentirse indispuesto, pesada la cabeza con ligera tendencia al mareo y al sueño más tarde; puso en orden las cuartillas recién escritas, salió con paso inseguro adonde estaban sus familiares, se acostó, y por consejo del médico que diagnosticó un amago de congestión, tomó un purgante. Pasaron las horas de la noche, silenciosas, inacabables, cruentas para los suyos, pues el enfermo no sufría al parecer; en su rostro de rasgos nobilísimos, ni el menor rictus espasmódico; en sus ojos medio abiertos con la mirada perdida, ausente del mundo exterior como de ordinario, ninguna expresión de físico padecimiento; sólo a las pocas horas, la respiración algo fatigosa y el embotamiento lento y progresivo de la sensibilidad, fueron denunciando el avance progresivo de la hemorragia cerebral por donde se le escapaba poco a poco la existencia. Antes de amanecer llegó a tiempo para absolverle su amigo y confesor fray Esteban Babín, abad de Cogullada, sin que mi tío pudiera ya verle, más si escuchar la absolución de sus culpas y estrechar por última vez con agradecimiento la mano amiga; a las ocho y media de la mañana del 6 de noviembre de 1932, sin un estertor, sin una contracción violenta, con la misma serenidad con que se cruza un camino llano y desierto, pasó de esta a la otra vida aquel hombre sabio, modesto y bueno, honra de España por su talento y tanto o más por sus virtudes, que se llamó Manuel Serrano Sanz; el 1º de junio de aquel año había cumplido los sesenta y cuatro años.

   Entonces España, y el mundo, supieron que habían perdido al gran americanista. Al hombre que descubrió, para la literatura y la historia, América, el Nuevo Continente.

   Manuel Serrano Sanz nació en Ruguilla (Guadalajara), el 1 de junio de 1866; hijo de Felipe Serrano y de María Sanz. Contrajo matrimonio con Mercedes Ubierna y Eusa; matrimonio del que nacieron tres hijos. Fue asiduo de los veranos de Ruguilla, de Cifuentes y de Sigüenza, y su nombre está inscrito, con letras de molde, en la historia de la provincia de Guadalajara.

(Tomado de: “Manuel Serrano Sanz, el hombre tranquilo. Notas biográficas”.